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jueves, 3 de junio de 2021

EDITORIAL: Se nos fue Toño Morala


Toño Morala, en el Museo de los Pueblos Leoneses.

Antonio Manuel Fernández Morala, Toño Morala, es una de esas personas que uno va conociendo a lo largo del tiempo y que te dejan huella por su generosidad, su compromiso social, por su bondad.

Toño Morala nos dejó con solo 61 años, después de una dura batalla contra la E.L.A. Su vida abarcó múltiples ocupaciones como obrero, articulista, poeta o relatador de la tradición popular. Colaboró con numerosas webs, diarios, revistas, así como en este blog.

Desde que el Museo Etnográfico Provincial de León , hoy Museo de los Pueblos Leoneses, trasladó su sede desde el Instituto Leonés de Cultura en León a Mansilla de las Mulas en lo que fue el antiguo convento de San Agustín, él siempre estuvo implicado en todas las actividades culturales llevadas a cabo por el Museo, desde colaborador incansable en este blog con artículos relacionados con la vida tradicional, contándonos todos los recuerdos de sus vivencias mezclándolos con investigaciones realizadas para hablar de distintos temas resultando unos textos magníficos donde nuestras vidas se veían  irremediablemente reflejadas.

En estos artículos él nos habla sobre la sobrevivencia. Hubo quien le quiso decir que supervivencia sería más correcto por ser más utilizado pero Toño no dejó nunca de utilizarla porque para él la sobrevivencia reflejaba mejor el desgarro del alma que la vida nos va dejando, la lucha incansable cuando uno está comprometido tanto en la vida social como en el ámbito cultural, como lo estaba él.

También participó en el Programa de la Pieza del Mes como investigador que con el título: “La bregadora. Panaderos del hurmiento”, nos dio a conocer los entresijos, símbolos, acciones y características de uno de los alimentos por excelencia de la Humanidad, el pan. Pan al que él dedicó un hermoso poema: “Olas de tierra…mar del pan”.

Hasta el último momento Toño estuvo implicado con el Museo contando con la ayuda de su compañera de vida, Mar Ferreras. Desde el Museo queremos reconocer toda su entrega y compromiso que tuvo con todo lo que tiene que ver con nuestras raíces quedando para siempre su impronta en nuestro recuerdo.

Reciban Mar, sus hijas y familia nuestras más sentidas condolencias.

viernes, 15 de enero de 2021

NOTICIA: Bajar a Mansilla de las Mulas

Grupo de escritores, libreras, artistas y gentes de buen gusto
 en la fiesta de la poesía en Escalada.

Por Félix Maraña
Sucedía que en las fechas de Navidad, los nuestros bajaban desde la montaña todos los años a Mansilla para repostar. Una reata de bueyes uncida a carros sobrecargados de urces componía aquella patrulla de comercio y ceremonia anual. Los nuestros vendían urces y leña de roble bajo, a cambio de harinas, semillas, piensos para el ganado y encomienda para seguir tirando. Las urces eran el oro de la montaña. Se las vendían a los panaderos, a los molineros y a los bares y cantinas y a dos o tres hacendados, que tampoco eran muchos. Nada más descargar, y entregados unos manojos de urce y algunos hatillos de leña en el cuartel de la guardia civil, se iban a la plaza mayor. Eran ofrendas que se hacían al poder armado, como quien ofrenda rosas del rosal a la virgen de la ermita. Con el tiempo, al conocer a Fer, nuestro humorista de guardia, supe que aquellas leñas de los míos calentaban su cuerpo y su imaginación en el cuartelillo.

Luego, los nuestros pasaban en grupo al mercado, a los soportales, a tratar con los tratantes de ganado, por si se terciaba comprar una pareja de cerdos de recría, que el dinero en los bolsillos pesaba mucho. Y era una compra festiva, porque Mansilla era una fiesta, de legumbres, queso, rosquillas, nueces, castañas y póngame también unas naranjas.

También algún oncejo, aperos de labranza, alfanjes y jabones y píldoras para las ovejas, que la droga es más vieja que la humanidad. Como viene Reyes, una pistola de pistones, de las de juguete, por si acaso, que los niños no digan que vamos con los manos vacías. Antes, almorzaban en la cantina o en la fonda, de caliente y cuchara.

Mansilla era la catedral entonces. Fue perdiendo casi todo, como sus murallas, aunque le queda un hórreo cultivado, un museo y buena gente, porque truchas ya ni en el Esla. Pero ante todo le queda una memoria. De la memoria se encargan gentes que son en sí patrimonio, como Toño Morala, a quien no conocí hasta junio de 2014, en San Miguel de Escalada, en un encuentro espiritual con poetas de carne y hueso, que organizaba Alfredo García. Compuse, y me emociona, la fotografía oficial de aquel encuentro, con Antonio Gamoneda, Morala, Eloísa Otero y Salvador Negro.

Toño Morala, Antonio Gamoneda, Salvador Negro y Alfredo
 García en San Miguel de Escalada en 2014. | FÉLIX MARAÑA
Mi maestro y amigo Julio Caro Baroja, en un curso que impartió sobre cultura y vida local en Bilbao, en los primeros setenta del siglo XX, abogaba por alentar el cultivo de la memoria, del patrimonio material e inmaterial de la cultura popular, sus usos, lenguaje, costumbres, oficios, manías, amores, trabajos, haciendas, ganados y pescados y pecados, árboles y peces, dentro de los escenarios donde todo discurrió. Y eso es lo que ha hecho Toño Morala entre nosotros hoy, alentar el conocimiento, difundir con verbo directo y con imágenes incontestables esa historia concreta, que explica lo local y lo universal a la vez, porque recrea y reconoce los valores de una comunidad en el tiempo. Si hubiera un Toño Morala en cada pueblo y comarca, con su empeño, entrega, pasión razonada y solidaridad con los suyos, la vida sería menos aburrida, más dinámica y gozosa. Quede mi reconocimiento y este abrazo para tarea tan noble, para hombre tan singular entre los nuestros. Quede así testigo de su testigo de la cultura popular.


Félix Maraña es periodista y escritor vasco de origen leonés.

domingo, 7 de junio de 2020

COLABORACIÓN: La carretilla…


La carretilla de mano que tanto ayudó… Foto: todocolección

Toño Morala. Micro-relato 

Los años pasaban, y en la casa siempre había trabajo a esgalla; que si la cuadra, las tierras, el ordeño, la hierba, enganchar los aperos a las vacas; en fin, que era un trajinar sin parar en todo el día, y menos mal que teníamos la carretilla de mano, que tan pronto se iba a por agua al caño, se llevaba la ropa al río para lavar, las cántaras de leche al punto de recogida… Al principio de la primavera, también se la cargaba de hierba fresca recién segada para los animales más pequeños, la burra, los conejos, las gallinas… hacía mucho avío el tener la carretilla de mano. Y cómo no… aquel día iban montados los tres hermanos pequeños, mientras el mayor les llevaba gustosamente. Las risas no paraban, menuda juerga que se traían los cuatro, hasta que se veía venir que alguno al final caería de la carretilla… y así ocurrió; no pasó nada, pero el abuelo que andaba al acecho, apareció y les montó la de San Quintín… agacharon la cabeza y enfilaron para casa a paso rápido. El abuelo se hizo cargo de la carretilla. Cuando llegó a la casa con cara de pocos amigos, de repente, le dijo al mayor - ¡A ver, llévame a mí en la carretilla…! El medio mozo no se lo podía creer; se pusieron a la faena, le llevaba despacio… - ¡Más rápido hombre! Así lo hizo el mozalbete, y fue todo un empezar de risas del abuelo y con las mismas, contagió al mozo. Cuando pararon, el abuelo tiró de un refrescante chorro de agua del botijo, y les dijo… - ¡Nunca había montado en carretilla de mano...! En los años de niñez del abuelo, no tenía carretilla casi nadie en las casas. La burra, era la gran aliada para esas faenas. 

miércoles, 19 de febrero de 2020

COLABORACIÓN: El peón caminero...

La casilla, una cuadrilla de peones camineros,y las herramientas…
                                    Fotos: de todocarretera…

Toño Morala. Microrrelato

Ya los días de febrero eran más grandes, y el tramo que tenía asignado aquel peón caminero, no era de los peores, pero tampoco de los mejores; su legua (algo más de 5,5 km.) tenía subida y bajada, algo de llano, y otra vez subida. El hombre, la espalda ya casi no la sentía, pues tiró de pala para quitar nieve y hacer los desagües, no fuera el agua entrando en la “carretera” y empeorara aún más la dichosa legua. Entre tapar baches y las piedras que salían… que las amontonaba cada cierta distancia para así tener para seguir tapando y quitando las roderas de algún camión y coche; pero los que más transitaban eran carros de todo tipo. Aunque fuera invierno, las mercancías se transportaban, y ahí la cosa se complicaba. Volvió a la casilla donde le esperaba su mujer y el pote… Estaba roto, se acostó un poco en la cama y empezó a sudar y sudar, luego la tiritona; su mujer no sabía qué hacer. El pueblo estaba a unos 6 Km. De repente, pican a la puerta, la abre, y era un hombre de buen vestir que pedía auxilio pues su coche había pinchado, con tan buena suerte que era médico. La buena mujer le explicó, le miró, y dijo que era una bronquitis, le puso una inyección, y que estuviera en la cama unos días; al rato llegó un compañero del peón caminero que ayudó al buen médico a cambiar la rueda. El compañero, se hizo cargo aquellos días de la legua del peón enfermo, pero cuando estaba cerca, la buena mujer le llevaba la parva para que entrara en calor. La solidaridad era la bondad y nobleza de los peones camineros, los que tenían bandolera y multitud de responsabilidades. Aquel año, febrero, no dio más de sí.

sábado, 28 de diciembre de 2019

COLABORACIÓN: La humildad de algunos Reyes Magos… El tajuelo…


Foto: Todo-colección-

Micro-relato-Toño Morala 

Andaba el invierno hurgando… que si un día de lluvia, otro de helada; pronto llegaría la nieve y las navidades. El abuelo tenía un nieto que le gustaba el ganado y la labranza; rondaba como unos ocho años, y le picaba la curiosidad montones de cosas que iba aprendiendo casi sin preguntar; pero lo que realmente a él le gustaba, era ordeñar a las dos vacas que había en la casa; pero claro, el abuelo no dejaba su tajuelo a nadie, no fuera que se lo pisara un animal, o se partiera una pata por mala posición. Al lado de la cuadra, tenía un pequeño galpón con un banco de trabajo y varias herramientas. Después de las labores, se ponía a serrar, a lijar, con el berbiquí primero con una broca pequeña, luego otra más gorda, no se fuera a abrir la madera… resoplaba, paraba, miraba la obra maestra que estuviera recta, le pasaba la mirada mil veces; que si estarían bien las patas… y llegaron los Reyes Magos, y por aquellos años, si traían una naranja, ya ibas bien. Cuando el chaval se levantó y vio el paquete a sus pies, se puso tan nervioso… - ¿Es para mí, es para mí…? A lo que el abuelo le contestó que sí. Lo abrió apresuradamente… y era un tajuelo que el abuelo había hecho en los ratos libres. Tan contento se puso, que fue a la cuadra y se puso a ordeñar con su nuevo tajuelo. Hoy en día, ese niño tiene casi sesenta años, y el tajuelo lo tiene en su salón con la foto de su abuelo todo sonriente.

martes, 26 de noviembre de 2019

Vivir con la iguala... hasta para bailar



Toño Morala | 16/09/2019

REPORTAJE. El cupón de la iguala o de los avenidos llegaba cada final de mes a tantos hogares; una forma de llevar la vida con pequeños pagos mensuales para el médico, el cirujano menor, el veterinario y hasta el salón de baile
«Quitando penas, quitando hambres, verde blanca y verde», decía Carlos Cano en una de sus canciones. Y qué razón más grande, y no son solo palabras al viento, son verdades de antaño, aún no tan lejano, donde las pobres gentes se las componían como podían para ir tirando de una vida corta más bien, y llena de penurias, enfermedades y mucho trabajo. El poco pan llenaba algo la barriga, pero eran necesarias otras cosas. Y en aquella España tan abandonada durante décadas, pues te tenías que avenir con una gran parte de lo más necesario en las casas, generalmente el médico y el veterinario en las poblaciones rurales. Y en las ciudades… era algo más llevadero con la gota de leche para los niños y las casas de socorro, así y todo, también se pagaban igualas a estos profesionales, pues de lo contrario te salía por un ojo de la cara la visita del médico a casa. Y también ocurría lo mismo con el herrero, el panadero, hasta algún cura para las misas de difuntos, el practicante, el barbero…el carpintero, el esquilador, las buenas gentes se avenían con un trato por un año prorrogable, y mensualmente, o cuando se podía, se pagaba religiosamente el recibo o cupón contratado; pero la mayoría de veces, al principio se pagaba en especie al cosechar las tierras… iba el mandado del médico, veterinario, herrero… y allí mismo se pagaba el trato del pasado año, y se componían los tratos del siguiente. No quiero ni imaginarme la cara de vergüenza, un año malo de cosecha, de los labradores, que al final tenían que utilizar los servicios de estos avenidos; no me lo quiero ni imaginar; aunque, salvo excepciones, generalmente eran atendidos y se pagaba la iguala cuando se pudiera. Otra cuestión diferente eran otro tipo de tratos, de trabajos en las fincas y casas de los médicos y otros; las mujeres para lavar la ropa y planchar, las hijas para ayudar en las labores domésticas en general, y de esa manera iba decreciendo el número de cupones o recibos por pagar. Y si no había posibles, eran los propios vecinos, entre ellos, los que llamaban a las autoridades de turno y contaban el problema, y al final si había arreglo, entraba de por medio también la iglesia. 

Sin iguala contratada te salía por un ojo de la cara la visita del médico a casa o del "cirujano menor". Es cierto que en las parroquias de los barrios había voluntarios practicantes y enfermeras que miraban a los niños gratuitamente, a los más necesitados de aquella terrible posguerra y la gran emigración interior de los pueblos a las ciudades en los años cincuenta y sesenta, y donde los mayores trabajaban en lo que podían y traían jornales muy bajos para las casas, generalmente alquiladas, y se vivía de la caridad recíproca entre vecinos y las pocas ayudas estatales que abundaban más bien poco; pasados unos años, por suerte y mucho trabajo, las cosas cambiaron. En los pueblos la cosa también andaba fastidiada, pero se tiraba para adelante… el herrero trabajaba mucho en primavera y verano, pero también lo hacía en el invierno, alrededor del calor de la fragua, con los parroquianos charlando, mientras el buen herrero iba fabricando rejas para los arados, así como herraduras y herraba a las caballerías y vacas, preparando la campaña… en fin, todo lo que un herrero pudiera hacer… pero lo de cobrar, ahí la cosa se complicaba dependiendo del año – imagino lo que rezaría el buen hombre para que los labradores tuvieran buenas cosechas.-
La iguala era una cantidad anual, previamente ajustada para pagar los servicios que se recibían de aquellos profesionales, que según cada caso y casa, cobraban las diferencias, en suma, se avenían, un apretón de manos, y a tirar para adelante. En los pueblos dedicados a la agricultura, la mayor parte de estos pagos se hacían en especie, siendo el trigo el producto más utilizado, pero también se pagaba con leña, paja, aceite, vino… Por poner un ejemplo, en la década de los años cincuenta, las cantidades que se pagaban eran, más o menos, al herrero por cada par de mulas que poseía en la explotación una fanega de trigo (44 Kg.), al herrador por cada par de mulas, media fanega y lo mismo al carpintero y esquilador. Al barbero por afeitar dos por veces en semana y corte de pelo cuando se necesitase, dos fanegas de trigo al año. Esta especie de trueque de palabra y obra, también se utilizaba en las tiendas, cambiando y admitiendo huevos, cereales, y también con algunos vendedores ambulantes que venían a la plaza. A los jóvenes de hoy, solo les suena lo de las igualas si son para el dentista, el abogado… y poco más; nada o poco saben de los avenidos; seguro que sus padres y abuelos les habrán contado algo, pero hoy en día no hay tiempo para nada, ni casi para nadie, de esa manera, se van perdiendo la cultura tradicional, la oralidad, las raíces, el de dónde venimos y… lo dejo aquí, sigo con la iguala de la botica o farmacia. Es de las más antiguas; he encontrado un documento y la pequeña historia de una de ellas, donde la iguala estaba sellada y firmada con fecha de 1 de agosto de 1915, el documento acredita la prestación farmacéutica anual del cual se harían perceptores dos personas de la familia, igualados, 6 pesetas, era el pago anual por la iguala. Pero lo curioso de aquella época, es que en el dorso aparecen las prestaciones… entre ellas, y las más variopintas, están benzonaftol (se utilizaba como desinfectante del tracto digestivo, nada más y nada menos), píldoras plateadas y doradas (una forma farmacéutica que se conseguía con el trabajo manual del boticario rematado con polvos talco), y si no tenías iguala, a pagar al contado las medicinas, salvo que se tuviera carné de la Beneficencia Municipal, como «pobre de solemnidad».



En 1942 se inicia el Seguro Obligatorio de Enfermedad y en 1944 se promulga la Ley Básica de Sanidad. Lo de los médicos y practicantes, más o menos lo mismo, solo que el médico (muchos) tenía en cada pueblo a un cobrador, que era el encargado de cobrar en dinero o en especie… el hombre, que sabía quién podía pagar y quién no, pues avisado el médico, se seguía dando servicio igual hasta que pudieran pagar el recibo. Al principio, cuando se cobraba en fanegas de trigo, el buen hombre tenía que contratar a un mulero para de la era, llevar el trigo al silo y allí ya cobraba en dinero… Luego, eran los propios labradores quien lo llevaba, y pagaban al cobrador o médico en metálico. Parece ser que el precedente más antiguo que se conoce sobre este sistema, se remonta al siglo XVI cuando se efectuaba el llamado «reparto del trigo de médicos» entre los vecinos, pues los honorarios de estos profesionales se percibían en trigo durante la época de la trilla.


Y vamos a dar una vueltina por nuestro querido León y provincia con esto de las igualas y los avenidos. Desde el colegio Oficial de Médicos de León, entre otras cosas, cuentan que «En 1942 se inicia el Seguro Obligatorio de Enfermedad y en 1944 se promulga la Ley Básica de Sanidad nacional. En 1947 se pone en vigor el Régimen de Igualas; en ese periodo era presidente D. Justo Vega Fernández». En otro apartado, y también fuera de León, vamos a poner lo que cobraban de media en el año 1965 a los que no tenían iguala; el médico, la visita de día 100 pesetas, y visita nocturna 150. El practicante cobraba, inyección a domicilio de día 20 pesetas, en consulta 10 pesetas y nocturna 50 pesetas. Y vamos a comentar algo sobre los herreros; cuenta un familiar de Manuel, uno de los herreros de la famosa herrería de Compludo… “En esos años también los habitantes de los pueblos cercanos de la Abadía de Compludo acudían a las manos del señor Manuel para arreglar herramientas, sus azadas y rejas de arado. Un trabajo que no siempre se pagaba en dinero porque, aclara su hijo, estaban los «avenidos», a los que cobraba en especie y le entregaban, por ejemplo, cuatro cuartales de centeno y tenían opción a arreglar la herramienta todo el año. «Las últimas rejas de arado las vendió por 37 pesetas». Y también, mi querido amigo y compañero de palabras, Fulgencio Fernández, en marzo de 2012 habló con Pepe, el Herrero de Valdespino de Somoza… «Hacía herraduras y herraba, rejas, cuchillos, hocines… y lo que quisiera mandar el cliente». También conoció viejas costumbres que hablan de la solidaridad de los pueblos, como la de «avenidos al pan del año», es decir, encargar trabajos y pagar en especies cuando se hiciera la cosecha. «Vete a ver si volverá el trueque, según dicen que está la cosa». Dejó escrito Pepe. Y recuerden… Matrimonio bien avenido, la mujer junto al marido…

domingo, 27 de octubre de 2019

COLABORACIÓN: La lumbre en la horneja...


FOTO: E. ALONSO

La lumbre en la horneja…

Toño Morala- micro-relato-

Aquel fuego que entre sombras tranquilas, acompañaba al hombre solitario. La estancia era una pequeña morada hecha de adobe y techo de cañizo y cuatro tejas árabes; el humero de barro y la horneja, y sobre ella, la lumbre, su mejor compañía y amiga. Un escaño con jergón de lana, y una pequeña mesa, era todo su capital; el resto, se lo regalaba la tierra, la noche y el día… y sus trabajadas manos. En los duros inviernos, solo el crepitar de la candela le daba conversación, mientras recostado sobre el escaño, le venían recuerdos de juventud, cuando en el monte, sobre la tierra y durmiendo al raso, la lumbre, tampoco, jamás le abandonó; había sido pastor guiado por estrellas, viento, agua de lluvia… no sabía leer ni escribir, pero era un sabio, uno de los más grandes sabios que habitaron la tierra… nunca le faltó la lumbre, ni el puchero con el caldo.

domingo, 1 de septiembre de 2019

COLABORACIÓN: Espigas de escanda.


Foto: del Huerto 2.0

Micro-relato- Toño Morala
Espigas de escanda…
La belleza se encuentra en lo más sutil, en lo más desapercibido de la naturaleza; el resto, ya de por sí, se muestra majestuoso ante los ojos de la vida. Al alba, junto al arrullo de las palomas, y la frescura que dejó la noche, el campo en todo su esplendor se va despertando entre el último ulular. Y en esa inmensa soledad, el hombre solitario y observador, va encontrando aquellas pequeñas cosas que le redimen el alma… aquella amanecida, encontró entre algunas espigas de escanda, una que le llamó poderosamente la atención; se dejaba bambolear por la suave brisa. Tan pronto se quedaba quieta, como parecía que bailaba sobre la tierra. Se le pasó por la cabeza el cogerla y llevarla para casa, pero al momento desistió… era más necesaria para la belleza en su suerte de tierra, que posada sobre un jarrón en una mesa. Al día siguiente volvió al mismo sitio y la espiga de escanda ya no estaba… el hombre se preguntaba qué podía haber pasado… de repente volvió la mirada hacia otro lugar y la vio; era la misma… no podía ser, no se explicaba cómo se pudo cambiar de lugar… Cuenta la leyenda, que por las noches, en algunos lugares, las espigas  de escanda con las que soñaban  los niños del hambre de antaño, se acercaban a las eras para ser mayadas… antes de ser pan.

martes, 18 de junio de 2019

NOTICIA: El yogur que fue hasta medicina



Toño Morala | 17/06/2019

REPORTAJES Menudo descubrimiento que fue el yogur en aquel León de cenas y desayunos de leche de vaca. Los expertos dicen que su aparición (se vendía en farmacias como un medicamento más) tiene mucho que ver con la evolución humana.

Algunos se fueron de este mundo sin probar un solo yogur de compra, y no hablo de hace siglos, hablo de aquellas buenas gentes que tenían buena leche de sus vacas allá por los años 50 y 60 del pasado siglo; y que un día por otro, o vaya usted a saber, se marcharon con el recuerdo y el trajín de darle vueltas al asunto de la leche… con buenos productos elaborados por ellos mismos, y no ha pasado nada. Es difícil el creer, aquí en Occidente, que haya alguna persona que no haya probado un yogur en su vida, salvo causas mayores como intolerancias y otros; otra cosa que me viene a la cabeza, es cuando pienso en los que pasan hambre por el mundo mal llamado ‘tercero’, y creo que la inmensa mayoría, tampoco han probado el yogur de compra, salvo excepciones que por diversos motivos todos entendemos. Quiere uno intentar el recordar a los abuelos con un yogur entre las manos, y no lo veo por mi memoria, lo que me da que pensar que muchos, en estas décadas pasadas, también se fueron sin probar el famoso yogur. Pero también hay que comentar, que el yogur era reemplazado por otros productos lácteos más o menos con la misma capacidad de servicio al estómago y la vida, y no ha pasado nada; pero hubo una época, según cuenta la historia, donde el yogur, era un producto que salvaba vidas , e incluso, retrasaba la muerte. Ello ocurrió en Bulgaria, donde los estudiosos de aquel tiempo se quedaron sorprendidos de la larga vida de muchos Búlgaros, y ahí comenzó otra etapa que ayudó, y mucho, a la sobrevivencia del que podía llevarse a la boca el buen yogur que curaba casi todo, y no se sabía el porqué, hasta que un buen hombre, encontró la clave entre la longevidad de los búlgaros en aquella leche fermentada que llamaban ‘Yoghourt’; pero no nos compliquemos la vida. Yogur, y todo el mundo sabe lo que es. Como iba escribiendo, fue un descubrimiento, parece ser, estudiando los hábitos alimenticios de los búlgaros; a aquellas tierras se acercó en 1905, el doctor Stamen Grigorov, que hizo la descripción del microorganismo lácteo-ácido que provoca la fermentación de la leche transformándola en yogur. Más tarde, las investigaciones realizadas por el biólogo ruso Iliá Méchnikov, premiado con el Nobel de Medicina en 1908 y que fue amigo de Pasteur, se especializó en estudiar los procesos de envejecimiento y le dio una importancia central a los procesos digestivos y especialmente a la acción del intestino. Dijo que era muy importante mantener una flora intestinal adecuada, eliminando la perjudicial y estimulando la flora donde predominaran los lactobacilos. Por ello recomendó una dieta rica en lácteos y especialmente yogur por la acción beneficiosa de sus bacterias. Pero también cuenta la historia, que este gran producto, se remonta a tiempos remotos, cuando se citaba en textos antiguos del Ayurveda de la India, la Biblia y otros escritos históricos. Tiene pergamino la cosa.

Pero si nos ponemos a tirar del hilo, llegamos a que el yogur ya se consumía antes del comienzo de la agricultura, y que fueron los pueblos nómadas los que transportaban la leche fresca que obtenían de los animales en una especie de odres, generalmente de piel de cabra. El calor y el contacto de la leche con la piel de cabra propiciaban la multiplicación de las bacterias ácidas que fermentaban la leche. La leche se convertía en una masa semisólida y coagulada. Una vez consumido el fermento, estas se volvían a llenar de leche fresca que se transformaba nuevamente en leche fermentada gracias a los residuos precedentes. El yogur se convirtió en el alimento básico de los pueblos nómadas por su facilidad de transporte y conservación. Sus saludables virtudes eran ya conocidas en la antigüedad. Unos siglos más tarde se descubriría su efecto calmante y regulador intestinal. Y tenemos que venir para esta nuestra patria y provincia, que también tuvieron lo suyo con el famoso yogur. «Leche cuajada Búlgara. Alimento vigoroso, desinfectante intestinal recomendado para los enfermos del estómago». Con estas palabras anunciaba La Vanguardia en 1911 un nuevo remedio que comenzaba a extenderse por Barcelona y que, un siglo después, se ha consolidado como un alimento imprescindible en nuestra dieta por sus múltiples propiedades nutricionales. «Las propiedades del Yoghourt se resumen en salud, belleza, juventud y larga vida». Y viajamos a la Barcelona modernista de inicios del siglo XX, en pleno proceso de apertura de la Vía Laietana, de la progresiva expansión del transporte público… Un día cualquiera, el empresario Raimon Colomer recibe la visita de un representante ruso para presentarle las bondades y los secretos de la elaboración de una especie de leche fermentada muy popular en los Balcanes. Tal es su interés por explorar el potencial de este remedio que en 1907 patenta el «procedimiento para la fabricación del producto alimenticio denominado Yogurt». Sí, los catalanes saben hacer buenos negocios, pero eso sí, para las clases más pudientes… fue toda una revolución, pero solo para los ricos, y de venta en farmacias y lecherías de alto postín. Relata el periodista Viader…: «Las personas que sufrían, por ejemplo, molestias estomacales, se podían dirigir a la farmacia y allí les vendían un yogur, o bien pastillas de fermentos lácteos». La popularización del yogur llegó de la mano de Isaac Carasso. En 1919, este joven español de origen griego judío fundó Danone, un laboratorio situado en el carrer dels Àngels de Barcelona. Danone, la marca lanzada «para distinguir leche cuajada, fermentada búlgara, llamada comúnmente Yoghourt» fue concedida el 1 de noviembre de 1921, impulsando la penetración escalonada del yogur en los hogares de toda España.

Grigorov describió en 1905 el microorganismo lácteo-ácido de la fermentación. Y cómo no vamos a escribir algo sobre aquella famosa factoría de Clesa en la Avenida Antibióticos de León, que fue una de las mejores fábricas de productos lácteos y otros del norte de España. Sin lugar a dudas y deudas, una gran referencia de prestigio nacional, y más aún con la rica leche de las buenas vacas y ovejas leonesas. Pero tras décadas sumida en un rotundo abandono y mala gestión, encima llegaron los de Nueva Rumasa… el resto ya lo saben. Pero aún quedan recuerdos en hogares, en pueblos que vendían su leche a la empresa, a sus más de 250 trabajadores que llegó a tener entre la fábrica de la carretera de Zamora, y otra en la Virgen del Camino, fabricando buenísimos quesos de oveja, principalmente; antes había sido referencia y casi pionero en la recogida de leche de vaca en la provincia de León, destino de lecheras. Más adelante comenzó a fabricar batidos y zumos. La de Valverde contaba con una moderna maquinaria para fabricar los buenísimos yogures y otros derivados lácteos. Y ahora es en Pontevedra donde el proyecto actual de Clesa da comienzo desde 2012, liderado por un grupo de cooperativas lácteas gallegas unidas en ACOLACT.

Pero luego, también llegó la yogurtera casera; tela con ella, comprabas un yogur, echabas leche en los vasos de cristal, una cucharadina de yogur, la enchufabas durante unas horas, y, como por arte de magia, tenías seis yogures cada día para las familias con posibles para comprar tamaño instrumento fabricante de yogures. Y ahora, pues hay yogures, yo creo que hasta de fabada asturiana… con bacilos y vacilantes, monocolores, saboreantes, frutos del bosque, rojos, bífidos… que parece ser que no es tanto la cosa; la máxima autoridad europea en seguridad alimentaria, la EFSA, nunca ha avalado las virtudes mágicas de activias, actimeles y demás inventos lactobacilescos. Y también lo dice el último meta-análisis de la Universidad de Copenhague, que dice textualmente: «No existen pruebas convincentes de que los probióticos tengan ningún efecto consistente en la flora intestinal fecal de adultos sanos». Les dejo, voy a merendar un trocín de chorizo con pan de hogaza, y luego un yogur… vaya usted a saber de qué…


jueves, 23 de mayo de 2019

COLABORACIÓN: ¡Hay que picar la guadaña… a cabruñar!

Micro-relato
Autor:Toño Morala

En Sosas del Cumbral… Elpidio en 1972, por Pichu…

- ¿Así que queréis aprender a picar la guadaña, eh…? Luego hay que afilarla con la piedra de agua que está guardada en el cachapo, y que va en el cinturón, a un lado con un poco de hierba para que no se caiga y se pierda… en otras tierras le llaman zapico, cuerna… Era y es un útil generalmente de madera o de un cuerno, donde se mete la piedra, para de vez en cuando y, dependiendo de muchos factores, el segador le pasaba a la guadaña un par de pasadinas con ella, y venga a segar. Los rapaces andaban detrás del paisano para ver alguna de las labores del campo… eran como ocho o diez; hicieron un pequeño corro alrededor del mismo… y sin más, clavó el yunque en la tierra hasta el tope del mismo… pegó un salivazo a la punta del martillo, cogió la guadaña o gadaño por la parte de afuera, puso el filo empezando por la punta sobre el yunque, y con una cadencia casi milimétrica comenzó el ritual del “toc-toc-toc…” hasta que terminó pasados unos quince minutos… -Ya está picada la guadaña… tengo aquí otra más vieja… ¿alguno quiere probar? Los rapaces andaban entre los once hasta los catorce años… y cómo no, siempre hay un valiente lanzado que levantó la mano. Se puso manos a la obra… “toc-toc-toc…” - ¡Para, para…! Le dijo el paisano. El chaval daba golpes con el martillo a diestro y siniestro sin más. - ¡Levanta el culo… a ver, otro con más maña…! Se acercó un chaval de unos doce años, muy callado, se sentó, cogió la vieja guadaña con la mano izquierda por lo ancho, y despacio, y después de darle el salivazo al martillo, comenzó a cabruñar con un toque sutil y moviendo muy despacio el filo de la guadaña sobre el yunque… tardó unos veinte minutos… y el paisano sonriendo le dijo… - ¡Serás un buen cabruñador! ¿Os habéis fijado? Se aprende observando y viendo, como se hizo toda la vida! El resto de chavales aprendieron la lec
ción. Cuando iban marchando, el paisano les dijo… - ¡Acordaros de que nunca hay que dejar de avanzar lentamente la guadaña, para que el filo sea uniforme… y cuando acabéis la campaña, siempre hay que enaceitarla para que no se oxide y se malforme!... -Y otra cosa, hay buenos cabruñadores que pican o cabruñan muy bien la guadaña, pero saben poco de segar, y al revés, grandes segadores, que no saben cabruñar bien el gadaño o guadaña…

En Sosas del Cumbral (León) Picando el gadaño,
 Foto de Raquel… 
El completo para afilar bien la guadaña…
 martillo, yunque, y cuerno 
para meter la piedra de afilar… 
Foto de Todocolección…

jueves, 28 de febrero de 2019

COLABORACIÓN: MICRO - RELATO

Las lágrimas de los barcillares… 


Por el corte podado de la cepa, en primavera, las viñas lloran.
Foto de Isabel Yuste


Autor: Toño Morala

-¡Arriba, que ya es la hora de ir al barcillar, a podar y recoger sarmientos para hacer manojos…! Era por mediados de febrero; el chaval había llegado de la capital para ayudar a su abuelo en esas tareas. Un buen tazón de leche con pan migado… las tijeras de podar abiertas sobre el hombro, y bien abrigados que el frío te entraba hasta los huesos. Ya en el barcillar, el abuelo comenzó a podar, mientras el chaval recogía los palos (sarmientos) podados y los ponía como el abuelo le mandaba. Entre el frío, el estar casi siempre agachado, las manos heladas… al tercer día, al chaval le habían salido sabañones en las orejas, las manos apenas las sentía, y encima no le salía un manojo bien trenzado ni rezando, mucho menos el atarlos. En conclusión, que hacía lo que podía, pero tenía que rematar la faena el abuelo entre risas y las palabras sabias de los hombres del campo. A primeros de abril, el chaval volvió para acompañar al abuelo; le gustaba hablar con él, estar a la orilla de la horneja, metiendo palos al fuego, y contando historias. Al día siguiente, el abuelo comentó que había que ir a los barcillares, a ver cómo iban. Cuando llegaron, el chaval exclamó… -¡Abuelo, abuelo, mire cómo lloran las cepas… eso ha sido por podarlas! El abuelo le explicó, sonriendo, que esas lágrimas o lloros, son la señal de un nuevo ciclo de la vida natural, y que ayudarán a los nuevos brotes y al nuevo fruto. Ya de camino hacia la casa, el abuelo le puso el brazo sobre sus hombros y le dijo… -¡Tienes que aprender que la naturaleza es la más sabia de la tierra… y hay que cuidarla mucho… de esa manera comeremos todos!




sábado, 6 de octubre de 2018

COLABORACIÓN. ORALIDAD.

VENTANAS… LA LUZ DEL OLVIDO, DE LA SOLEDAD Y EL SILENCIO…

La inmensa soledad de la  vida… 
  Fotografía de Elisa Muñoz… 

Relato 

Reportaje Gráfico: Elisa Muñoz 
Texto: Toño Morala 
El otoño y las tardes de radio y calceta, de deberes y de escoger lentejas en la esquina de la mesa, -que alguna piedrina también rechinaba entre los dientes al día siguiente-, de atizar el llar con sarmientos o palera. Tardes de trébede y, sobre ella, el pote con el caldo juguetón que hacía rugir el hambre en los menguados estómagos. Tardes de nostalgia por la pérdida de los seres queridos, de alguna lágrima rodando por las mejillas; otras tantas, en las que el pensamiento se quedaba quieto, mientras por la ventana entraba la noche vaga y meditabunda; era el tiempo de echar las contraventanas, las persianas de madera fina y los cuarterones, y te quedabas con la conversación de casi siempre, el murmullo lejano de la radio, el cansino tic-tac del reloj marcando unas horas casi perdidas; la cena lacia… y para la cama en aquellos colchones de lana o de hoja de maíz… y a soñar entre respingos y el recuerdo del pasado verano. Amanece la vida con un nuevo día, se abre la ventana para ventilar; quizás, para ventilar y airear los sueños despiertos escondidos en las madrugadas insomnes, quizás, para que entre el aire renovador y austero del otoño melancólico. 

La reja por donde escapaban los sueños… o entraban…
 Fotografía de Elisa Muñoz… 
Sí, las ventanas de las casas que se fueron quedando tan solas, que a veces, parecen fantasmas entre la penumbra y el ulular de la noche. Ventanas con rejas, no para que no entraran ladrones, sino para que no escaparan los supervivientes de tanta pobreza y hastío, de tanto sufrimiento y trabajos muy duros. Ventanas por donde se metían cuatro rayos de sol perezosos y taciturnos. Otras, si pudieran, escribirían las infidelidades de los ausentes… si pudieran, escribirían las noches de loco amor y pasión, de miradas cómplices y abrazos dormidos sobre la cresta de lo que llaman felicidad. Ventanas, por donde se asoman las caras satisfechas, las pesimistas, las del ceño fruncido, las caras de la inocencia que miran de reojo al lejano horizonte, no vaya a ser que los convenza para abandonar todo, e irse solitario por esos caminos donde solo se encuentran ventanas sin cristales y muy pequeñas con una reja de herrero en cruz y una sábana bajera de paja o hierba en el duro suelo; el resto, ya lo pones tú. Sí, ventanas que cruzan el mar en el intento de buscar una vida mejor; te asomas desde ellas al mundo, y te da vértigo, no la altura, sino la angustia del mañana. 

En fin, ventanas, por donde salen los sueños repetidos a airearse e inventar alguna cosa nueva, o por donde entra el frío y se empañan los cristales, y sobre ellos, escribimos un nombre y dibujamos un corazón… pero nunca es el nuestro. 

El señorío también se fue… 
Fotografía de Elisa Muñoz… 



jueves, 5 de julio de 2018

COLABORACIÓN: Bañistas de río, campamentos y colonias juveniles… Veranos de grandes recuerdos y amistad…

Chavales en el río, se lo pasan pipa.

Autor: Toño Morala
Lo que les voy a contar es tan verdad como el olor a lluvia. Corría el año sesenta y siete o sesenta y ocho; habíamos llegado a Matallana de Torío a casa de unos tíos… después de comer y dormir un poco la siesta, nos fuimos al río; era verano, había mucha gente por las orillas y en el agua; al cabo oímos un par de voces de una madre muy distraída; pero que nos llamó la atención, e incluso nos hizo sonreír…- “¡¡Pepe…Pepe, como te ahogues te mato…!!”. Así fue, y así lo recordé para comenzar este bonito paseo por los veranos de río, colonias y campamentos juveniles. Imagino que la buena madre quería apercibir a su hijo del peligro de los pozos en verano en el río Torío. En aquellos años, aunque ya había alguna piscina por ahí, la forma familiar de divertirse era preparar la merienda y al río a bañarse a lo bruto con los amigos y amigas, y hacerse el valiente delante de los padres y demás. Recuerdo aquellos niños y niñas con las sandalias de agua, el flotador de pato que te dejaba huella en la barriga, los pelos desaliñados y aquellos trajes de baño que secaban en un minuto y que eran tan cortos que casi se veían los compases del alma… y los de las niñas, para qué vamos a contar. La cuestión era salir al río; la vida en verano era estar casi todo el día entre el agua, los renacuajos, las piedras, los bocadillos de mortadela y chorizo, alguna que otra gaseosa fresca… y negros como tiznos; en aquella época parecía que el sol no hacía daño, te despellejabas y punto… el resto lo ponía el tiempo que estuvieras a la orilla del río. Y así pasábamos unos veranos llenos de aventuras y amistad; también había alguna discusión, pero al rato todo quedaba olvidado. Hay que comentar que se ahogaban algunos adultos y niños, y también había accidentes terribles donde algunos quedaron parapléjicos o tetrapléjicos tirándose desde puentes o rocas y pegándose el gran batacazo. Pero la vida continuaba para el resto de mortales, y la diversión en el río estaba asegurada.

Año 1935. Bañistas bailando en la ribera del río.
En otra ocasión estábamos en Mansilla, y vimos como algo mordió a un niño… como para no gritar; el pobre lloró todas las lágrimas de toda su vida. Le tuvieron que llevar al médico de guardia que en aquel entonces paraba en el hostal de La Estrella. En algunos ríos de nuestra Provincia había botes de madera y ya algunos hinchables que traían los asturianos generalmente; aquello sí que eran aventuras de capitanes y tripulaciones tremendas. A los buenos amigos y compañeros de navegación por los mares fantasmagóricos del silencio… lo peor era que el agua era escasa, pues todavía no se había embalsado en los pantanos de la montaña y el recorrido en barco era más bien corto, pero era lo que había y encantados de la vida. En otras ocasiones andábamos por entre el bosque de la ribera, en la orilla, y allí hacíamos casetas con ramas y hojas, y era nuestro cuartel general; no lo sabían ni madres ni padres; en alguna ocasión a alguno nos daban la gran bronca por marchar sin avisar; pero cómo íbamos a avisar… de esa manera nos descubrían el secreto de la caseta llena de lanzas y arcos de cuerda de las alpacas y flechas finas de avellano. Cuando se acababa el verano, nos poníamos tristes; los amigos se marchaban a sus ciudades… los abuelos también… y otra vez a la escuela.

Los niños participantes en el campamento de verano
 de Villamanín posan junto a sus monitores.

Lo de las colonias y campamentos juveniles era otra cosa; ahí había disciplina y orden; todo medido y ordenado; todo era muy preparado, y además, como casi todos los campamentos eran de colegios de curas, pues a la vez te iban enseñando lo que ellos creían como “valores humanos”. Aquí no me voy a meter, que igual salgo trasquilado. Pero la cuestión era que a lo largo de nuestra montaña y cerca de las riberas de los importantes ríos se hacían campamentos fijos o en tiendas de campaña… Villamanín, La Vecilla, El Condado, Boñar, Cistierna, Villablino… y un montón más de pueblos, recogían los niños y niñas, así como jóvenes de hasta diez seis años más o menos y se tiraban quince días haciendo múltiples actividades tanto deportivas como de formación. Casi todos eran de la cercana hermana Asturias, y un solo fin de semana, los padres y hermanos podían visitar a los intrépidos campistas. La formación y actividades las daban gente más mayor y experta en varias disciplinas deportivas, de marcha, sobrevivencia, y hasta les enseñaban la forma de montar las tiendas, y de organizarse en ellas. Aquí los cocineros del campamento o colonia tenían que ser muy vivos y buenos profesionales, pues dar de comer a tanta gente joven y con ganas, no debía de ser fácil. Muchos de ellos viajan durante una quincena a la localidad leonesa de Villamanín, gracias a becas de CajAstur, que a lo largo del verano acerca a las instalaciones a más de 300 jóvenes. La Fundación Alimerka también colabora con la iniciativa sufragando los gastos de 40 críos. A estos se suman los que no cuentan con ayuda económica y procedente de alguno de los pisos de Nuevo Futuro. En la segunda quincena de agosto conviven en el campamento algo más de 100 niños acompañados por una decena de monitores titulados. La mañana comienza con la limpieza de las cabañas. Una competición sirve para animar a los chavales y así la limpieza de las estancias recibe todas las mañanas una puntuación entre 0 y 10. En cada una de las cabañas duermen durante 15 días grupos de 10 chicos.

Equipo de fútbol en Villamanín (León), campamento que
organizaba el Orfanato de Mineros Asturianos. Año de 1950


Los más pequeños tienen su estancia en «la jungla», como se denomina en el campamento al grupo de barracones en los que los menores comparten estancia con uno de los monitores. La mañana está muy fría en la montaña, y es que viven un clima extremo.”Tenemos al lado el puerto Pajares y eso se nota. Por el día alcanzamos fácilmente 30 o 35 grados, y de noche puede bajar hasta dos bajo cero, el típico clima de la meseta, en palabras de un monitor de 30 años”. Las actividades comienzan después del desayuno. Los muchachos se dividen en grupos y se dirigen a un prado cercano para montar en buggie, skarts y quad. Estas actividades son de las que más atraen a la chavalería. A continuación, y aprovechando al máximo la mañana, pueden montar a caballo. Los más pequeños suben a la grupa con un profesor ecuestre que les da varias vueltas a un campo cercano de los barracones. Todos los niños quieren repetir a lomo de los animales, que se comportan de manera muy dócil y están perfectamente cuidados. “Hoy ha tocado paseo a caballo, pero otros días realizan actividades acuáticas en un pantano cercano, donde navegan en lanchas o se suben a enormes plátanos hinchables y flotantes, siempre con los equipos adecuados y con los chalecos salvavidas que permiten que las caídas se conviertan en risas”.

Campamento de Vegacervera.

La seguridad es una de las obsesiones de los organizadores del campamento y así todos los niños y jóvenes participantes viajan con su tarjeta de la Seguridad Social y cuando abandonan las instalaciones portan, colgada del cuello, una tarjeta identificativa con su fotografía y datos personales. Pero lo más importante es la diversión y la convivencia. Algunos de los que acuden a Villamanín lo hacen alentados por amigos. Es el caso de uno de 14 años, que es la primera vez que participa en esta experiencia de convivencia. Le ha convencido su gran amigo, todo un experto que lleva seis años acudiendo a Villamanín. En lo que todos coinciden es en que “los monitores son los mejores”, como apunta uno de los chavales, que también debuta en el campamento y que, encantado, apostilla: “Se liga mucho”.

En  La Vecilla…  la famosa tirolina.



martes, 30 de enero de 2018

NOTICIA: Viajes a la luna... de miel

CULTURA. Los viajes de novios, las históricas lunas de miel, han sido el momento más recordado de tantos matrimonios de aquellos tiempos en los que lo exótico era París y lo habitual... a ordeñar.


lanuevacronica.com
Toño Morala | 29/01/2018
¡Ay, ay, ay, el amor, el cortejar, somos novios, nos casamos…! Todo un rito de ritos desde tiempos inmemoriales; la mujer y el hombre fueron fraguando toda una serie de costumbres y de modas en todas las épocas; épocas aquellas donde todo era muy sencillo y pobre en las tierras de la tierra; pero algunos siempre se salieron del tiesto, eran los mandamases, los del poder, los que gobernaban el designio de las plebes y de los que pagaban tributos a diestro, siniestro, dioses, y vaya usted a saber cuántos más tributos y quién se los llevaba; más o menos como ahora, solo que ahora lo enmascaran con otras cosinas más sutiles; nos damos cuenta, pero los dejamos pasar cortésmente; pero seguro que algún día cambiarán las cosas y la tortilla se dará la vuelta y nos pillará debajo, como dicen las sabias abuelas. Pero esa es otra historia.

Como iba escribiendo, las liturgias, las vestimentas, ajuares varios, alguna tierra para labrar, cuartos pocos… pero aquello del viaje de novios o luna de miel; tela. Aquí sí que se podría comentar las vicisitudes de algunos en aquellos maravillosos viajes de novios, pero eso sí, viaje a la cuadra a ordeñar al ganado, a la hierba cuando tocaba embarazo… aquí hay que decir que las bodas se celebraban casi siempre después de acabar las duras jornadas del campo, desde la recogida de la hierba, la mies, la vendimia… en las ciudades la cosa iba de otra manera, precisamente un poco al contrario, verano era la estación donde más se casaban las buenas gentes. Pero después de los fastos de la boda, algunos iban de viaje de novios o luna de miel… qué bonito, conocer lugares nuevos, el romanticismo de aquellos días para el recuerdo, la ilusión de los novios; bueno y, si escribimos sobre cómo iban las parejas de viaje de novios, no habría periódico para llenar anécdotas y risas, alguna desgracia, y menos cosas raras de las que parecen. Ir, por ejemplo, de viaje de novios en la Lambretta o la Vespa, ella de lado, y en el portabultos una pequeña maleta de aquellas de cartón cubierto de tela de maleta, inconfundible aquella tela, y la novia con la pañoleta y las gafas de sol al viento y, ¡hala!, a conocer el mar por el puerto de Pajares abajo hasta llegar a Gijón, y ver aquella inmensidad de agua salada, y las olas, y el puerto… y comer sardinas con sidrina, y remangarse el pantalón, para y, cogidos de la mano, pasear por la playa de San Lorenzo románticamente enamorados, y luego ir a una de aquellas pensiones de calles de segunda línea de playa, y pasar unos días de viaje de novios inolvidables. La vuelta en la Vespa y subiendo el pajares, mejor no comentarlo. 

Y ya puestos, pues también recordar aquella luna de miel, de ir al cine y al teatro… otros tiraban de coche de línea desde el pueblo hasta la estación del norte, y de ahí rumbo en tren a lugares más lejanos como Madrid, Barcelona… los que tenían coche, aquellos eran unos privilegiados, viajaban hasta que se acababan las perras, algunos iban sin rumbo fijo, a la buena de dios, y como dios; eso sí, tiraban de bocadillos de chorizo y salchichón como estaba mandado y la bota al fresco amarrada al retrovisor del coche; también, muchos novios, iban a las casas de familiares que se marcharon a la emigración tanto de interior como en el extranjero. Más para acá, ya se hacía el viaje de novios comprado en una agencia de viajes, y si había posibles pues se iba a las Islas Canarias, a Mallorca; y a lugares idílicos como el Caribe, casi nada.

El origen de la luna de miel tiene varias versiones, entre ellas están por ejemplo la proveniente de Babilonia, hace más de 4000 años, donde el padre de la novia le daba al novio toda aquella cerveza de miel que pudiera beber durante un mes (una luna). Entre los romanos, la madre de la novia dejaba en la alcoba nupcial cada noche durante un mes o una luna, una vasija con miel para los recién casados. Se dice que fueron los Teutones en Alemania, quienes comenzaron con esta tradición; ellos celebraban sus bodas solamente bajo la luna llena y luego del evento, los novios bebían licor de miel durante los 30 días posteriores a la boda. Este período entonces llegó a conocerse como Luna de Miel. Por otro lado se dice que la expresión «Luna de Miel», data del siglo XVI, es de origen escandinavo y viene de una antigua costumbre de Europa septentrional, que significa «el primer mes» o «la primera luna» después de la boda. Durante este período, los novios acostumbraban tomar hidromiel, bebida elaborada a base de vino y miel que aumentaba la fertilidad. Así también para la comunidad septentrional de Europa, la luna de miel significaba aislamiento, ya que cuando un hombre de este lugar secuestraba a una joven de un poblado cercano, éste era obligado a ocultarla durante un tiempo; el único que sabía dónde estaba era el «padrino». Cuando la familia de la novia dejaba de buscarla, el hombre regresaba a su poblado. Por otro lado las parejas recién casadas, tenían tantas obligaciones cotidianas que les era imposible pasar algunos días o semanas disfrutando de un viaje y de su pareja. Caso totalmente contrario a como es hoy. Hoy en día la luna de miel, es algo totalmente diferente, ahora suele consistir en un viaje a algún lugar romántico y, a menudo, lejano y exótico; es uno de los momentos más esperados y placenteros para los recién casados, en el cual se aíslan para iniciar su vida matrimonial.

En ciertas tendencias religiosas, se considera que “Dios” escogió la miel como símbolo del casamiento durante siglos por tratarse de un alimento perenne e incorruptible, y que se torna aún más dulce con el paso de los años. Asimismo, se cree que la tradicional luna de miel podría tener sus raíces en costumbres de la burguesía inglesa del siglo XIX, puesto que los recién casados solían viajar luego de efectuado el matrimonio, con el propósito de visitar a aquellos parientes que por algún motivo no habían podido concurrir a la celebración. Mediante estas visitas, los novios se presentaban formalmente como pareja, aprovechando la ocasión para conocer nuevos destinos al tiempo que daban inicio a su vida conyugal. Esta costumbre se expandió rápidamente por el resto de Europa, y se popularizó aún más durante el siglo XX, gracias a los avances de los medios de transporte y el desarrollo de la actividad turística.


Hubo también alguna película que llegó al éxito a través de estas componendas de viajes de novios. Una de ellas fue… “Los asesinos de la luna de miel…” La cinta nos presenta a dos personajes: Martha, jefe de enfermeras del Hospital de Mobile en Alabama, con sobrepeso, soltera y una falta de cariño más que evidente. Ray es un inmigrante de origen hispano, el típico gigoló que utiliza agencias para citarse con mujeres, aprovechando la situación para robarles. La pareja se conoce gracias a una broma de la mujer que cuida de su madre. La chica se enamora de Ray, pero él no está muy por la labor; tras el engaño inicial, ambos se unirán para escoger a sus víctimas, mujeres solteras y viudas, a las que Ray seduce en primera instancia, haciéndoles creer que se va a casar con ellas, para matarlas posteriormente de forma macabra. Martha, que se hace pasar por su hermana, tendrá que hacer grandes esfuerzos para aguantar los celos y vigilar que su amado no cometa el acto sexual con sus futuras víctimas. Qué tétrico. Antiguamente, las latas se colgaban porque, como sucede en otras muchas tradiciones, se creía que su sonido ahuyentaba a los malos espíritus que podrían enturbiar el futuro feliz de los recién casados. La magia, los ritos, las costumbres, la cultura de los ancestros… viaje de novios, de luna de miel. Y los que en su día no han podido ir, que lo manden todo al carajo, y se vayan unos días de luna de miel, como lo manda la tradición, el amor, y la siempre maravilla de ser joven con ochenta años, o menos…

COLABORACIÓN: EL ORUJO

ALQUITARAS Y ALAMBIQUES; LA RAZÓN DE SER DEL ORUJO...
ORUJEROS, CAÑEROS Y POTEIROS, LOS ALQUIMISTAS DEL HOLLEJO DE LA UVA… LOS RITOS DEL AGUA DE FUEGO


Alquitara para destilar orujo.

El orujo saliendo de las alquitaras…
Autor: Toño Morala
Aquí hay mucha chapa cortada y remachada; más tarde soldada y con junta de barro… escribir sobre la ancestral forma de destilar orujos y licores espirituosos para ayudar a llevar mejor la vida tiene su aquel; demasiadas palabras que significan más o menos lo mismo, demasiadas maneras de preparar los licores para, tan pronto sirvan para calmar la dura vida en su proporción justa o, bien, para ayudar en muchos casos a la salud. Aquella salud que no estaba a prueba de nada y, mucho menos a prueba de la pobreza y sus graves consecuencias. 
Los alquimistas de la sabiduría popular tuvieron durante siglos, las fórmulas guardadas que pasaban de padres a hijos y al espíritu santo, nunca mejor dicho. Tales espirituosos salían de la cocción en potas de cobre y chapa, tan pronto remachadas por hojalateros de calle y taller en los soportales de la vida. 

Vieja manera de extraer orujo con alquitara  muy tradicional.

Más tarde, se soldaban para que tuvieran menos pérdidas tanto de calor como de presión. Las connotaciones rituales y mágicas de aquellas pócimas sanadoras del cuerpo y del alma están arraigadas en los mismos orígenes de la civilización. Todavía uno recuerda aquella sana costumbre de los abuelos cuando iban al tajo, bien al campo, a la mina… “La Parva”, hasta el nombre tiene esa belleza que las palabras del pueblo llano y sencillo han ido alumbrando con el paso de los años. Pues bien, la cuestión era que con el desayuno y, al finalizar el mismo, con un trozo de pan se metía entre espalda y garganta un trago de orujo para que calmara la rabia, el frío y, a veces, la tristeza de aquellos inviernos de mirada helada y noches de aullidos del viento.
 La "parva", un pequeño trago de orujo que,  en los días
 invernales, venía muy bien.
De esos orujos sale el aguardiente obtenido por destilación de los sobrantes del pisado de la uva, las partes sólidas de la vendimia que no tienen aprovechamiento en la previa elaboración del vino… hollejo se denomina en varias partes o comarcas, en otras, borra, bagazo... La técnica de elaboración aparentemente es sencilla, pero tiene su intríngulis y su forma de hacer con lentitud, maestría y paciencia. Con la destilación de orujos no se pretende una simple extracción de alcohol, sino más bien una extracción fina y selectiva de los componentes aromáticos contenidos en los orujos, mediante la concentración del alcohol y con el adecuado obtener una bebida placentera para los sentidos, respetuosa con una tradición y una cultura, y que defina en sus características la personalidad diferenciada de la materia prima de la que procede.
Cestas con el hollejo para echar en el alambique.

Aguardiente: con los restos de la uva, éste se metía en el alambique o alquitara, se echaba un cántaro de agua y se ponía al fuego hasta que hervía; la parte de arriba del alambique tenía una especie de cabeza donde se ponía agua, que cuando estaba muy caliente se cambiaba por fría; entonces por el cambio de temperatura caía el vapor de agua convertido en aguardiente por un tubo que iba desde la cabeza a otro recipiente; esta operación duraba unas dos horas y la cantidad de aguardiente que salía era variable, dependiendo del tamaño de la alquitara, que solía ser de unos cinco litros; el alambique era más industrial.
Alambique más industrial
Su fabricación es tradicional de las zonas gallegas y del Bierzo, el sur de León, y en la comarca de los picos de Europa, en Potes (Cantabria), entre otras muchas comarcas. Su forma de fabricación puede ser destilada en alambiques o alquitaras. El sistema es muy parecido siendo este último más lento y artesanal. La técnica y el arte de la destilación consisten en regular el aporte externo de energía (calor), para conseguir un ritmo de destilación lento y constante, que permita la aparición de los componentes aromáticos deseados en los momentos adecuados. En algunas comarcas, la obtención del aguardiente de orujo de ollejo de uva tenía esa parte ambulante de los “cañeros”, hombres de la zona del sur de Lugo que llegaban con sus potas en caballerias a pueblos, aldeas y barrios del Bierzo, y por turno, iban quemando en sus inventos para destilar el preciado aguardiente.

Destilando lentamente, gota a gota, lágrimas para hechizar…
En el Bierzo, los abuelos acondicionaban el “alpendre” (lugar techado donde se guardan aperos de labranza, animales, leña…) y para ello hacían una especie de cortina para que no entrara el frío, se hacía el sitio para colocar la pota, se colocaba en el suelo que, generalmente era de tierra y se hacía un pequeño agujero donde se hacía la lumbre y encima iba la pota. El agujero se tapaba y quedaba para el año siguiente; días antes se traía una buena carga de leños grandes para el fuego. El “cañero” se quedaba mínimo una semana, dependía de los vecinos que habitaban los pueblos; y según las potadas (cada vez que se llena y se vacía es una potada). El “cañero” dormía en el alpendre, un espacio con pajas de maíz secas y colocaba el jergón encima.

Alquitara convencional con lumbre en el suelo…

El fuego no se podía apagar y menos mientras se estaba destilando. Se tardaba de 4 a 6 horas en cada destilado, manteniendo la temperatura; además había que ayudarle a cargar y a descargar todo el proceso y, a la hora que fuese, pues venían generalmente sólos. Ayudaba también el banco de la matanza para hacer trasiegos y otras labores. El vecino que ese día le tocaba hacer “orujo” era el encargado de alimentar al “cañero”, al turno del desayuno… había que llevárselo, pero si a la hora de comer ya estaba laborando con la vecina, en otra casa, la vecina le traía la comida y el vino. Y así todos los días que se quedaba. Lo interesante era por las noches cuando se reunían todos los vecinos en el “alpendre” y empezaban a contar batallas de juventud… en esos días se asaban castañas al lado de la pota y, las abuelas, era cuando más pan horneaban en el horno de leña. Hacían unos panes de maíz con arenques de muerte lenta; pero si el “cañero” era de paladar fino, pues no le servía cualquier comida y protestaba… las abuelas no se complicaban y les hacían cocido y el “cañero” encantado. Los mayores se acercaban con un vaso a aquel palo donde caía aquella “agua” y bebían.

Diferentes hierbas para dar sabor y color al orujo…
En la elaboración del aguardiente de hierbas, se empleaban un mínimo de tres especies de plantas. Se permite el uso de cualquier especie apta para uso alimentario, entre las que se citan, por ser de uso más tradicional, las siguientes: menta, manzanilla, hierba luisa, romero, orégano, tomillo, cilantro, azahar, hinojo, regaliz, nuez moscada y canela. La elaboración podrá ser por maceración de las hierbas, por destilación en presencia de las mismas o por una combinación de ambos métodos.
Impartiendo la paciencia del saber hacer orujo para las penas 
y las alegrías.
Los destiladores tradicionales (poteiros, cañeros) recurrían a procedimientos artesanales para determinar el destilado aprovechable; agitaban una muestra en un vaso para observar la persistencia de las burbujas y lo frotaban entre las palmas de las manos valorando el olor. Aún admitiendo que la experiencia y destreza de los poteiros les permite alcanzar un notable grado de exactitud, dicen los expertos que parece más correcto, medir con alcohómetro las graduaciones de salida, para separar correctamente, cabezas, corazones y colas. El porcentaje promedio por una uva de buena calidad lo consideran los expertos en un compuesto de un 28% de raspones, 40% de hollejos, 30% de pepitas, 2% de otros elementos. El orujo se ha de conservar un tiempo para que los azúcares que contienen se trasformen en alcohol, también el excesivo prensado de las uvas influye sobre el rendimiento y la calidad de la destilación. La ruptura de las pepitas, ricas en aceite, puede trasmitir aroma y gusto a rancio. 
El alambique...
El alambique es el sistema de destilación más utilizado. Da mejores rendimientos técnicos que la alquitara, con calidades no inferiores y a veces superiores. Es una considerable mejora técnica sobre la alquitara, al separar las fases de vaporización y condensación, lo que permite un mayor control del proceso. Al igual que en la alquitara, el condensador refrigerante lleva dos orificios de entrada y salida de agua (grifo), que se mueve a contracorriente de los vapores en el serpentín. En ciertas regiones como Galicia (tampoco León se queda a la zaga) es de uso muy común entre los labradores, dando lugar a las célebres queimadas nocturnas, extendidas después junto con los “conxuros” que las acompañan; se celebran con gran afluencia de público en fiestas en honor a esta bebida milenaria. Y recuerden… “vino, orujo y piqueta… todo lo da la cepa”.

Alambique de columna.