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domingo, 24 de marzo de 2019

NOTICIA: Los personajes del tío Ful: Amelia, del molino de Villacelama

 Amelia González Llorente
Fulgencio Fernández y Laura Pastoriza | 23/03/2019

PERSONAJES. Molinera que no muele pues fue la dueña y tenía en Villacelama empleados pero sí es la memoria de un oficio, de unos tiempos, de una forma de vida.

Amelia González Llorente, que ya mira a la cara de los 90 años, pasea por ese magnífico marco que es el molino deVillacelama con el orgullo de verlo en pie. El mérito parece de su hija Paloma, que restaura que con sus propias manos, pero la causa ‘remota’ de que este histórico lugar «esté para funcionar» es de esta mujer que no quería ver su molino convertido en ruinas, como tantos otros de aquella ribera, y cuya primera referencia documental lleva el experto Javier Revilla hasta el siglo XII y con vida de molino maquilero evidente desde el XV, además de fábrica de luz, cuyos restos también se conservan en el lugar.

- Podría moler, no hay más que meterle el agua; insiste Amelia, claro que ahí ya entra en juego Confederación y eso ya es harina de otro costal. 

Se sienta Amelia en el magnífico portalón del molino, en la explanada presidida por una gran escultura de Amancio, y parece ver pasar el tiempo ante sus ojos y sus recuerdos. «En los tiempos del estraperlo, aquellos años tan duros, el harina era un bien tan preciado como el oro; venía gente de todas partes, desde Asturias, y muchos la llevaban camuflada debajo de sus ropas».

- ¿Y la guardia civil?
- Ya. La guardia civil, cierto que estaba muy perseguido, pero la gente tenía que vivir.

Y cuando mira Amelia al horizonte de su pueblo, de los pueblos vecinos, de los tiempos en los que tres molineros atendían el de la familia recuerda que también vivía allí otra familia, la del electricista «pues también fue fábrica de la luz, con un generador muy grande que llegó a dar luz a trece pueblos».

«Entonces todo el mundo tenía sus vacas, ahora sólo quedan unos pocos ganaderos pero tienen cientos de ellas, que con los tractores y todo eso se pueden atender» y añade, «no como antes, que todo era tan difícil», dice mientras repasa en las estancias del viejo molino los últimos trillos, yugos y tantos aperos... «y las piezas del molino, que podría funcionar, si tuviera agua».

Fulgencio Fernández y  Amelia González Llorente

domingo, 2 de abril de 2017

NOTICIA: Muestra de oficios en Botines

ramiro -

DÍA EUROPEO DE LA ARTESANÍA

diariodeleon.es
Coincidiendo con el Día Europeo de la Artesanía, la plaza de Botines acoge hoy una muestra de oficios, de 11.00 a 14.30 y de 16.30 a 20.00 horas. Participarán Artesanos Leoneses (taller de madera), María Teresa Morán (taller de reciclaje de objetos), Artesanos del Hierro S.L. Alberto Castrillo (taller de forja) y La Cárcel Artesanía (taller de perlas de vidrio). | dl

viernes, 13 de enero de 2017

NOTICIA: Luthier, el hacedor de la música

El luthier, uno de los más bellos oficios de la historia que conjuga unas manos increíbles para trabajar todo tipo de materiales, sobre todo la madera, y un amor por la música que le lleva a investigar hasta la perfección del sonido.

Una más que bella estampa de un antiguo taller de luthier con ventanal,
 que huele a madera y barnices; en ocasiones las melodías suenan a cielo.

Toño Morala | 09/01/2017
lanuevacronica.com
Tenía el que les escribe un vecino que era zapatero remendón y, a la par, reparaba instrumentos varios; él no fabricaba, solo restauraba… que si un clavijero, un puente, un mástil… cambiaba la piel a los tambores; también tocaba el saxofón en la banda municipal. Era una gran persona y alguna tarde de domingo nos llevaba al bombé a verles tocar; una maravilla para los oídos de un niño con más tapial que oído, pero bueno… así era la cosa. Alguna vez pasábamos por la zapatería y entrábamos a saludarle, y nos llamaba poderosamente la atención el olor de la pequeña zapatería, así como algunos instrumentos y maderas que tenía colgados del techo, al fondo del pequeño local. El buen hombre falleció a principios de los años setenta. Cuando pasábamos por la zapatería siempre nos acordábamos de él; hacía años que no recordaba ni siquiera su cara, pero al comenzar esta narración, me he acordado del buen zapatero, músico y reparador de instrumentos varios. También arreglaba algunos de la banda municipal, y casi siempre los de los chavales que comenzaban a dar clases en el conservatorio. El otro día hablé por teléfono con un quinto mío del barrio y le recordé la historia y lo recordaba entrañablemente; además él, mi amigo, trabajó un tiempo de aprendiz los sábados con el zapatero y me contó algunas cosas más; entre ellas, que daba cera y barnizaba muy cuidadosamente algunos instrumentos de cuerda… cambiaba las cerdas de los arcos de violín, el violonchelo, la viola o el contrabajo.
Hubo luthier que no supieron que lo era, como un recordado zapatero remendón
También que tenía varios puentes siempre fabricados y que muchos días iba a las carpinterías cercanas a rebuscar pequeñas maderas para múltiples usos, y que las cuidaba mucho. A su manera, y sin saberlo, quizás, era un maestro luthier a la antigua usanza; y seguro que alguna vez construyó algún instrumento desde el principio y no la sabíamos; en fin que la historia está contada. Hoy, también tendríamos que escribirles sobre las nobles maderas que sirvieron y sirven para fabricar artesanalmente multitud de instrumentos de todo tipo; pero lo importante es el maestro luthier, nombre bonito donde los haya, y que además acompaña a ese halo casi mágico y de cuento que tienen estas buenas gentes. Les quiero imaginar tranquilos y solitarios; siempre atentos a la buena mirada a las maderas con las que trabajan, y siempre pensando en fabricar un instrumento que suene muy bien y que el músico le saque todo el partido melódico que pueda o sepa. Lo de los músicos lo dejamos para otra ocasión. Cuando se escucha el sonido de cualquier instrumento musical, se piensa en primer lugar en la cultura a la que pertenece y en el virtuosismo del quién lo interpreta. Sin embargo, pocas veces se hace un reconocimiento a quienes con sus manos hacen posible que la música perdure y evolucione a través de la historia. Son los artesanos musicales o luthiers, los responsables de darle forma a los más diversos materiales, para que en las manos de consagrados intérpretes hagan posible el humano encuentro con las artes sonoras convertidas en ritual, en festejo o íntima contemplación.

En la Edad Media el artesano que construía instrumentos musicales se le conocía como ‘Hacedor’ de instrumentos, profesión que se consideraba unida a las de tañedor de instrumentos y maestro de danza. En el siglo XVI en España, esta profesión no se considera oficial, se le conoce como violero y guitarrero, posteriormente como lutero por asociación al luth o laúd, que era el instrumento más popular. En el siglo XVIII el luthier tenía el monopolio de la construcción de instrumentos de cuerda frotada y pinzada y desde esta época la lutería se asocia generalmente con las ciudades de Cremona, Mirecourt y París y a las familias: Amati (el padre y sus tres hijos, Cremona 1505 – 1684), Antonio Stradivarius y sus dos hijos (Cremona, 1644-1742) y los Vuillaume (Mirecourt y París, 1700-1875).

El gran mito del oficio fue sin duda Antonio Stradivari, de Cremona, el gran Stradivarius
El más famoso luthier de la historia nació en 1644 en la ciudad de Cremona, Italia. Tras abandonar frustrado su inicial deseo de llegar a convertirse en un gran violinista, entre los años 1667 y 1679 se convirtió en aprendiz de Niccolò Amati, otro famoso luthier italiano. En un principio, Antonio sólo se dedicaba a realizar tareas ordinarias y sencillas de reparación en el taller de Amati, pero su especial habilidad y talento lo llevaron a realizar cada vez trabajos de mayor importancia. A los 17 años, ya consiguió que se le encomendara la fabricación de un violín en su totalidad, demostrando haber alcanzado la maestría de su maestro Amati en un tiempo asombroso. Tuvieron que pasar otros tres años, hasta 1670, para que en los instrumentos del genial alumno apareciera el letrero prestigioso: «Antonius Stradivarius Cremonensis Faciebat Anno…» (Antonio Stradivari de Cremona, fabricado hacia el año…), seguido de la fecha de fabricación, una inscripción que, desde hace cientos de años, coleccionistas y músicos sueñan con leer algún día en un violín de su propiedad. En 1683 se instaló por su cuenta en la Piazza San Domenico de Cremona, el mismo edificio que su maestro, y pronto adquirió fama como creador de instrumentos musicales. Alcanzó la perfección que ha sido motivo de minucioso examen y estudio, particularmente en lo que atañe al fenómeno de la sonoridad. Sólo a sus violines se les reconocen las cualidades de todos sus predecesores en un solo instrumento: fuerza, dulzura, poder y expresión. Es precisamente entre 1700 y 1725 cuando construyó sus más preciados violines superando en calidad a los posteriores; se calcula que construiría alrededor de 13 al año. 

Stradivarius firmó su último violín a los noventa y dos años de edad. A partir de 1730, muchos violines fueron firmados Sotto la Desciplina d’Antonio Stradivari F. in Cremona, y fueron probablemente hechos por sus hijos, Omobono y Francesco. Tras haber tenido una fructífera y longeva existencia, murió en 1737, con 93 años, dejando 1,100 instrumentos entre violines, violonchelos y violas, de los cuales, cerca de 650 se conservan a fecha de hoy. Esta historia cuenta que el mismo Stradivari encontró un árbol dentro de un río de cuyo tronco de este árbol creó algunos de sus más renombrados instrumentos. Esta teoría se encuentra justificada a través del concepto de vibración que adquieren los materiales con el tiempo. Se dice que la propia madera adquirió la vibración del río, lo que le da un sonido único e irrepetible. También, la leyenda le persigue… Una poética que afirma que Stradivarius extraía sus materiales de la madera de los barcos naufragados. El insecticida… Las termitas y la carcoma eran un peligro constante e implacable en la época. El uso de unos polvos insecticidas desconocidos habría resultado ser el inesperado causante de su bello sonido.

Y para ir acabando. Les dejó un relato de la casa sobre el tema: El violín… Demasiado tiempo en aquel estuche de madera y terciopelo rojo; demasiado olor a polvo viejo y a resina descompuesta. Abierto a la vida después de tantos años, al luthier le sobrecogía tanta belleza entre sus manos. Nadie osó tocar, ni siquiera abrir el estuche con aquel viejo violín que el abuelo había regalado a su hija más pequeña desde que la tuberculosis se la llevó con apenas doce años. La tristeza en aquella casa fue el pan de cada día durante toda su vida. Al final, una sobrina ya muy mayor se hizo cargo del violín entre otras cosas, y a su vez, una nieta desempolvó el magnífico instrumento. El luthier miró tiernamente al violín; le quitó las viejas cuerdas, y lo dejó descansar sobre una mesa. Lo miraba fijamente, lo escrudiñaba lentamente; parecía que algo no le cuadraba, y así se pasó unas horas; limpió cuidadosamente el clavijero, desmontó el cordal y el puente… al diapasón le pasó varias veces la mano y sus dedos…, le dio un poco de cera sobre la caja y lo cubrió con un viejo trapo de algodón. A la mañana siguiente no estaba el violín. No entendía nada, lo había dejado desmontado… al rato llamó a la puerta un viejo con largo pelo lacio y largas patillas. Traía el violín de la niña. Se despojó de la capa, dejó el instrumento encima de la mesa ante la atenta mirada del luthier. Éste se quedó sorprendido… y le preguntó que quién era… el viejo se echó la capa encima y le dijo… «Anoche me llevé el viejo violín… y estuve tocando para la niña de las trenzas negras, entre las estrellas y la luna llena… y me llamo Niccolò Paganini…».

martes, 27 de septiembre de 2016

NOTICIA: Piedras que hablan con gran sabiduría

Maestros canteros, un oficio y un arte cargado de silencios y enigmas en sus formas.

La sabiduría de los maestros canteros, sacando la piedra de la madre tierra.

Toño Morala | 26/09/2016

¡Pero dejad… dejad que las piedras hablen… con tanta sabiduría! A San Miguel de Escalada. Qué inmensamente difícil es escribir sobre los maestros canteros, y no lo digo por no tener documentación, la hay y buena; lo difícil es conectar, unir la maestría de estas buenas gentes, de estos maestros que han ayudado y mucho a crear y mantener un patrimonio histórico e irrepetible a lo largo de cientos de años; lo verdaderamente difícil es hacer hablar a la piedras, en ese, su lenguaje de silencio y armonía, con esa rima que construye esa conexión con la arquitectura, con esa belleza suficiente para quedarse durante horas mirando y admirando estas grandes obras; esos añadidos a los sillares y unirlos con la levedad del uso o usos que muchos de estos edificios tuvieron; darles esas maravillosas formas inventadas por los maestros canteros, y que componían el arte dominando el mundo mágico de leyendas, dioses, diferentes religiones y multitud de alegorías para dejar su marca y dejar su maravillosa visión de la vida. Y tendríamos que intentar unir la historia con aquellas formas de trabajo tan duras y extremas  tan mal pagadas la mayoría de veces y tan mal reconocidas,- en muchos casos no sale ningún nombre de aquellos maestros canteros, en todos los ámbitos históricos y antropológicos. La cultura, a veces, se olvida de los hombres que sacaron adelante grandes obras en piedra, solamente en piedra… imagino, o quiero imaginarme la de años que trabajaron en una sola obra, en un solo proyecto donde los arquitectos de antaño tenían que ser drásticos y buscar, aparte de la belleza, el objetivo de aquellos edificios tan magníficos… y además en tiempos donde casi todo era mano de obra y poco más; casi todo era a base de fuerza humana y animal. Ahí entra la gran misión de aquellos inventores para elevar piedras; pero la mano del hombre y su inteligencia natural fueron capaces de doblegar con gran aprovechamiento aquella piedra que la propia naturaleza puso en prácticamente toda la tierra, y donde se trabajó tan limpiamente, tan brillantemente. Piedra y pensamiento, pensamiento y piedra, y en el entremientras, miles de obras de arte repartidas por todas las partes habitadas por el ser humano.


Intentaremos hacer este pequeño reconocimiento muy generalizado y muy planetario, pues como saben hay obras en todo el planeta llenas de una belleza magnífica y donde, muchos de aquellos maestros canteros, no dejaron su marca personal, ni muchos de aquellos pasaron a la historia, apenas unos cuantos salen en ella, y de forma muy casual. Se imaginan el duro trabajo de aquellos hombres con el cincel y la maza como herramientas casi únicas para labrar aquellas piedras del silencio, aquel ritmo acompasado, aquellas noches de cansancio y sueño para, al día siguiente, venga a seguir dándole a la maza y seguir realizando milímetro a milímetro, sutilmente, como si la vida les fuera en ello, y como si supieran que su trabajo callado fuera uno de los más importantes en la vida y existencia del ser humano; pocas cosas han dejado tanta huella en la historia como estas grandes obras de arte esculpidas y labradas en piedra; es como si los maestros canteros fueran resignadamente sabedores de su impronta e importante labor, de su maestría en ese oficio peculiar que era darle vida a las piedras olvidadas. 


Las marcas tenían, muchas veces, otro significado, aparte del evidente de firma
Muchos de los canteros y de los ‘Magíster muri’ tenían una firma o marca de cantero, como forma de identificarse como autor de la obra, ya sea de la construcción en sí, o de la talla de la piedra en cuestión. Como muchos de los signos usados por el hombre, estas marcas de cantero, tenían, a veces, otro significado, aparte del evidente. Así la firma segunda representa el ‘abacus’, un bastón de mango en espiral, usado tanto por los ‘magíster muri’, como por el ‘Gran Maestre del Temple’; las marcas son algunas de las representadas en iglesias, casi siempre relacionadas con el Temple. En relación con la Masonería, el ‘francmasón’ es en origen el ‘escultor de piedra franca’, es decir el escultor de la piedra que puede ser tallada y esculpida. Antes que los arquitectos se formaran en las Universidades, los antiguos gremios de masones o albañiles, constituían entidades reconocidas oficialmente, con derechos políticos y poseían la doctrina secreta del arte de la construcción. Los miembros de estos gremios viajaban libremente por Europa, manteniendo entre ellos estrechos lazos fraternales y de hospitalidad. Cuando el neófito solicitaba el ingreso, recibía un signo o marca de cantero, que debía reproducir en todos sus trabajos, y que era su marca de honor. Uno de los documentos más antiguos que hace referencia a tales marcas o signos de cantero de laBauhütte se encuentra en la Hüttenordnung (Ordenanza de Logia) de Röchlitz de 1462. Allí se menciona la ceremonia solemne en la que el Maestro transfiere o "comunica el signo" al oficial junto con una serie de enseñanzas alusivas, advirtiéndole de que carece del derecho a modificar su signo o a transferirlo a otro cantero. Marcas de las canteras de procedencia de la piedra. En algunas regiones la forma específica de organización del trabajo originó la costumbre de marcar las piedras en bruto que salían de las canteras para distinguirlas de las sacadas de otros yacimientos y poder calcular fielmente su número y precio. Por tanto, estas marcas de los canteros sacadores (marcas de cantería) no deben ser confundidas con los signos grabados en la piedra por los maestros canteros que trabajaban a pie de obra (marcas de canteros). Las marcas o signaturas personales o del taller para identificar el trabajo concluido han sido un sistema universalmente empleado.


En cualquier sitio, si se fijan, encontrarán el valor magnífico de aquellos antepasados
Las encontramos en todas las culturas y civilizaciones para identificar la autoría (por ejemplo, la alfarería), la propiedad del objeto marcado (la ganadería) o representar las denominadas marcas dinásticas o signos de familia. El precedente inmediato de las marcas de los canteros medievales se encuentra en los signos lapidarios romanos y singularmente en los utilizados durante laEdad Media en Bizancio. Estas marcas singulares todavía se conservan en la mayor parte de los edificios del Imperio romano de Oriente; en el teatro de Nicea, en el de Aezani, el acueducto de Éfeso, en la muralla de Salónica construido con el expolio de las ruinas de una antigua construcción, etc. Igualmente se localizan en las piedras de la cisterna de las Mil y Una Columnas de Constantinopla, o en Santa Sofía, en San Sergio, en la iglesia de San Juan, etc. También se han hallado sobre las caras talladas de piedras destinadas a desaparecer bajo el revoco o tras el repaso definitivo de los paramentos, lo que confirma que eran marcas de los canteros para poder ajustar su salario. En la Europa medieval, este fenómeno se generalizó por imitación de los escudos de armas de las casas nobiliarias (que daría lugar al desarrollo de la ciencia heráldica), expandiéndose a las corporaciones de oficios (herreros, armeros, talladores de madera, grabadores, impresores, fabricantes de papel, pintores, etc.). Y como muestra, independientemente de marcas en la Catedral de León, San Isidoro…. Cada medio día del año, la luz del sol incide lateralmente en el zócalo exterior de la capilla de San Fructuoso, pequeño recinto románico adosado al pórtico de la iglesia mozárabe de San Miguel de Escalada. Y por cualquier sitio que vayan, si se fijan, encontrarán el valor magnífico de aquellos antepasados, maestros canteros, que dejaron su impronta, y muchas veces sin firmar, en las piedras de la vida, esas con las que muchos tropezamos día a día en esa belleza tan inmensa y tan llena de silencio; es el silencio del paso de los años en la maestría de aquellos maestros canteros… ¡Pero dejad, dejad que las piedras hablen con tanta sabiduría…!

miércoles, 4 de noviembre de 2015

NOTICIA: El adiós de un pastor

Toño Bardón, de Guisatecha, con las ovejas que ha seleccionado para quedarse
con ellas y entretenerse después de la jubilación. / MAURICIO PEÑA

Fulgencio Fernández | 01/11/2015
Toño ‘el pastor de Guisatecha’ lleva 30 años con las ovejas, un oficio que le gusta pero que está muy mal. Se rinde, el día 12 hace 65 años y "no espero ni un día más, se ha puesto más que imposible"
Lo dice sin dudar: «El día 12 de diciembre cumplo 65 años y ese mismo día me retiro, no espero ni media hora más. Para perder dinero, que lo pierda el Gobierno, porque para mi tener las ovejas en invierno es perder dinero». Lo dice convencido, es Toño Bardón, uno de los últimos ganaderos de oveja de Omaña, de Guisatecha, su pueblo. No está cansado, le gusta su oficio, «y cuando esté jubilado voy a seguir andando 8 ó 10 kilómetros diarios por el monte, no lo dudes». Pero se rinde. «Entre los precios, que son ridículos, que en todo el invierno no vendes nada y la cantidad de papeles que te piden... anda hombre».

Lleva 30 años con las ovejas, le quedan más de 200, a las que ya buscó salida, llegó a tener más de 400. «No es cuestión de tener por tener, 420 ó 430 son las que yo puedo atender, porque yo las cuido, estoy con ellas. Y esas mismas son para las que hay terreno, que aquí el terreno es el que es».

- ¿Y el invierno?
- Pues si viene bueno, mejor; y si viene malo, te fastidias, pero yo no he sido nunca de los de bajar a la Ribera ni de subir a los puertos. Yo con rebaño como toda la vida en estos pueblos, cuando había vecera, lo que pasa es que ahora la vecera la tengo yo.

Toño es pastor a la vieja usanza. Da tabardo, cacha, mastín y radio. «Sí es verdad, la radio me entretiene mucho, pero no me da nada de miedo estar solo, pensando en mis cosas, escuchando...».

Con 14 años me fui a Madrid a trabajar, no tenía ningún derecho, han pasado cincuenta años y estoy igual. Y viaja con los recuerdos a cuando decidió dedicarse a las ovejas. «En casa siempre hubo ganado, y me gustaba, pero eran vacas».

Como todos los chavales de nuestro León rural un día ‘aventó’ los vientos de la aventura y con catorce años se fue para Madrid, a buscarse la vida. «Entré de botones en un restaurante, pero no aguanté demasiado porque aquello era duro para nada. El otro día, con esto de jubilarme, lo pensaba: Entonces no teníamos ningún derecho y ahora nos los han quitado. Estamos otra vez en el mismo punto».

Punto fijo del que no sale cuando recuerda por qué se decidió por las ovejas. «Las vacas también me gustaban y era lo que había en casa. Pero la inversión necesaria era mucho mayor y la leche tenía muchos problemas entonces (1985); es decir, estaban como ahora, tampoco en esto parece que ha pasado el tiempo».
Había estado también unos años trabajando en la autopista pero «me gustó lo de las ovejas, ser independiente, ser mi propio jefe».

Reconoce Toño Bardón que no fueron malos los inicios, que no eran malos tiempos para este tipo de ganadería. «Es cierto, hubo 15 ó 20 años que era rentable, le sacabas rendimiento, que es lo único que pides, pero después empezó una cuesta abajo tremenda. Y sigue sin acabarse la pendiente. Ahora mismo en invierno pierdes dinero. Después de aquellos años buenos, que vendías todo el año, llegaron unos en los que vendías por el verano y te ibas arreglando pero ahora es que ya ni el verano es  lo que era». Por eso él se apea, antes de que llegue el invierno, en todos los sentidos.

Pero no se va cansado del ganado sino de la administración, de la situación de los ganaderos, del olvido de tantos. De hecho, explica, «me voy a quedar con 8 ó 10 ovejas, para entretenerme, para ir con ellas al monte, para que limpien paciendo los terrenos de alrededor de la nave y la casa y no se conviertan en maleza y para si un día quieres comer un buen cordero tenerlo». E insiste, «que yo voy a seguir pateando el monte, que me encanta, lo que no me gusta es andar por las carreteras, me siento incómodo, como la soledad del monte... ¿Has visto cómo está estos días de otoño?».

- ¿Y los lobos?
- Ahí están.

- ¿Los ves?
- No los ves, te ven ellos a tí, el lobo es el animal más listo que te puedes echar a la cara.

- ¿Y los sientes?
- Yo no tanto, pero los perros se vuelven locos cuando sienten que están cerca.

- ¿Te han hecho mucho daño?
- Es la ley de vida del monte.

- ¿Eres cazador?
- Lo fui.

- ¿Te cansaste?
- Cuando empecé con el ganado y a disfrutar del monte como que lo miraba de otra manera lo de cazar. Y cada vez está peor, ahora lo de la caza es casi un seguro de accidente, sale mucha gente que tiene mucho miedo y nada más que se mueve algo dispara... Y no siempre es un jabalí.

Toño Bardón camina por el monte con una agilidad impropia de quien está a las puertas de la jubilación.

- No fumarás.
- Ahora no, fume mucho, pero lo dejé radical.

- ¿El médico?
- No, el tute y el mus. Es el vicio que tengo, la partida, y eso de salir a la calle a fumar, debajo de las goteras, no me gustó nada. Tenía que elegir entre el mus y el tabaco y elegí.

- Serás el campeón del mundo del mus o, al menos, de Omaña.
- Del mundo, con Elena la del bar de El Castillo es muy difícil que nos ganen, posible sí, pero complicado.

martes, 12 de abril de 2011

COLABORACIÓN: La Fragua.

LA FRAGUA

Relato dedicado a Ovidio García, Herrero de Matueca de Torio.
Que tuvo Herrería y Fragua en Palazuelo de Torio.(León)
Autor: Toño Morala

 El hierro sabe quién le trata con manos artesanas, con sentimiento del trabajo bien hecho; sabe que los golpes son tránsito para ayudar a la sobrevivencia del ser humano. De esa manera, sabe que no acabará en el montón de la chatarra; sabe que hoy es el protagonista junto a Ovidio, el Herrero de Matueca de Torio.

Golpe a golpe, silencio a silencio, en la fragua se van componiendo las herramientas y útiles de labranza;inventando las formas para morir más tarde y ganarle alguna batalla a la vida.

El abuelo Antonio había enseñado todo a Ovidio desde niño. Coger largo el martillo, golpes firmes y secos; le había enseñado el ritmo del aire en el fuelle, a tapar la boquilla con una pepita para asestar un rojo intenso sutil y perfecto al hierro, y así trabajarlo a su antojo.

Dar forma a la reja del arado romano, sacar puntas del desgaste de la dura tierra.

Horas de brazos partidos y manos rotas, horas de remaches y afilados en la piedra de pies cansados y agua tibia. De vez en cuando había que engrasar la badana del fuelle con manteca de caballo sin sal, los pliegues de la badana así no se resentían.

Sobre el suelo de tierra el tajo de roble, y sobre él, el yunque de dos cuernos sin ninguna embestida. Sobre el plano y con la tenaza apretada, la reja al rojo vivo; sobre el redondo, la herradura del caballo, al lado, el cubo de agua fría para dar un respiro...

o templar con sabiduría.

Fuera , la contienda con el potro, ahí no se movía la mula, ni la vaca...se herraba a conciencia para un trimestre de dura supervivencia. Llaman a hacendera, ahí Ovidio toma la forma de la luna y afila y rehace los hociles, las hoces, las azadas...todos a una y a la olla y a la bota de vino; llega la primavera; la carbonera se va quedando sin carbón vegetal y mineral; Ovidio mira el banco de trabajo y su herramienta hecha a conciencia; tenazas largas curvas y rectas, cortafríos, punteros, claveras, tajadera...Otro día de tertulia y trabajo...formones,orejas, navajas y forja artesana...cierra el ventanuco y la puerta para que descanse la fragua...que Ovidio es mucho Ovidio y le sobra templanza.

Y así pasó la vida entre mazas y martillos, fragua y duro trabajo...el Herrero que hacía hablar al hierro y que nunca se quejaba.