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miércoles, 8 de noviembre de 2017

COLABORACIÓN; TELEFONISTAS: ¡Dígame…aquí Mansilla!

Autor: Toño Morala

Menuda tela…aquí la operadora tenía trabajo a mansalva.

La implantación del teléfono se produjo casi simultáneamente con su invención. La llegada de los ferrocarriles, del telégrafo, del propio teléfono, de los coches y otros avances, transformó y modificó los espacios locales, regionales y nacionales. Las innovaciones tecnológicas tuvieron un papel fundamental para la industrialización y el comercio, pues permitieron la disminución de las distancias existentes entre los diferentes puntos del territorio. Uno de los inventos más necesarios fue el del teléfono, pues la comunicación entre las personas para hacer negocios, o esa necesidad de comunicarse a través de la voz, esa calidez y cercanía, no la tenían las cartas, y mucho menos los telegramas.

La simpatía y buena educación eran primordiales
 a la hora de trabajar de telefonista.

 Y de estos avances nacieron nuevos oficios, nacieron nuevas formas de expresión y cultura; nacieron las Telefonistas. Mujeres que al frente y de frente a una centralita, rodeadas de cables, clavijas, con los auriculares colgados, una simpatía a prueba de malas leches y malos humores, conectaban a los usuarios de varios pueblos o ciudades. Cuando se inventó el teléfono no existía un método automático de conectar las líneas. Antes de que aparecieran las primeras centrales mecánicas el oficio de telefonista era respetado, pero con el perfeccionamiento de los aparatos telefónicos y de las centrales, esto ya no ocurrió y la operadora cortaba la comunicación cuando el abonado le enviaba una señal. El proceso era simple: los aparatos telefónicos estaban conectados a la central telefónica por uno hilo, el aparato tenía una manivela que el abonado movía para llamar a la telefonista en la central, y ella hacía la conexión. Al terminar, el abonado movía la manivela en sentido contrario y la telefonista recibía la señal de desconectar. Con el aumento del número de abonados fue necesario dividir las centrales por sectores geográficos y, consecuentemente, aumentar el número de trabajadoras.

Línea de unas señoritas telefonistas en plena faena.

Las telefonistas en España aparecieron en 1881, cuando la empresa de telefonía comenzó a utilizar las centrales manuales. En los primeros años este trabajo fue realizado por hombres, que fueron rápidamente sustituidos por mujeres. Las primeras telefonistas trabajaban de pie, frente al cuadro de comunicación y eran supervisadas por otra persona; normalmente la supervisora sabía de memoria el nombre y el número de todos los abonados, y cuando no lo sabía lo tenía apuntado en una libreta. 

A finales del siglo XIX, y las jefas de operadoras
 vigilando el tinglado.

Con la modernización de las centrales telefónicas las telefonistas pasaron a trabajar sentadas. Las primeras telefonistas no necesitaban ser especialmente hábiles, ya que solo habían de hacer un trabajo repetitivo, conectando y desconectando los cables. Tenían que ser, en cambio, extremadamente discretas, pues eran las únicas personas que conocían todo lo que se hablaba por teléfono. Eran ellas las que realizaban la conexión entre los abonados; la persona llamaba a la telefonista, informaba con quien le gustaría hablar, y a través de los cables de la mesa la operadora conectaba con el otro aparato. Las primeras telefonistas no sabían cuando la persona terminaba de hablar y era habitual que intervinieran en medio de la conversación.

Menudo lío de cables y clavijas.

Los centros telefónicos en las áreas rurales aparecen como una articulación entre el mundo urbano y el mundo rural. El teléfono permitía este contacto, pero resultaba demasiado caro conectar solamente una línea de un punto a otro; era preciso crear mecanismos que facilitasen las comunicaciones y que no fueran costosos para el propietario. La solución encontrada fue la construcción de centrales telefónicas rurales que estarían conectadas a la central telefónica en el núcleo urbano. La telefonista de las centrales rurales tenía el mismo régimen de trabajo que la de las telefonistas urbanas, pero como atendía a pocos abonados, muchas veces ella era la fuente de información del pueblo; informaba de los resultados de las elecciones, de la avería del coche de línea, de la llegada de los trenes; funcionaba generalmente como si fuera la radio. Muchas veces las telefonistas rurales tenían la central telefónica instalada en una habitación de su casa, y los horarios y el ritmo de trabajo eran realizados de acuerdo con la cantidad de llamadas, por lo que era más libre y flexible. Tenían una buena consideración social y su retribución en general, aunque peor que en los puestos similares de la C.T.N.E. era superior al del resto de las ocupaciones femeninas de parecido cometido.

Dando línea a un pueblo desde la cabecera de comarca. 

A principios de los años 30 las encargadas ganaban 300 ptas. al mes, las telefonistas de segunda 250 ptas. y las de tercera (locutorios sin abonados) 150 ptas. En un principio, para trabajar en las empresas telefónicas las mujeres habían de ser solteras, tener entre 16 y 26 años de edad, además de tener agilidad en los brazos para alcanzar los números de la parte alta de la central telefónica. Las compañías telefónicas pedían un certificado de buena conducta expedida por la autoridad local; certificación facultativa expedida por dos médicos, constando que la interesada no tenía ningún defecto físico que le impidiese cumplir los deberes de su cargo, exhibir la cédula de identificación personal y la indicación firmada por alguna familia pudiente, lo que llevó a muchas señoritas de las clases medias a trabajar como telefonista, pues tenían una buena educación; sabían leer, escribir y hablar algún idioma. Al contrario de las telegrafistas, normalmente en las centrales telefónicas no existían las cuotas para las viudas, hijas y hermanas de los funcionarios o con grado de parentesco, y muchas telefonistas eran despedidas al contraer matrimonio. Cuando la llamada duraba tres minutos, la telefonista avisaba al abonado (salvo en los casos que él pedía que no se hiciera), reiterándole la advertencia a los 6 minutos y así sucesivamente cada vez que transcurría este intervalo de tiempo.

En la centralita de la casa…
y con el Telefunken en la mesa.

En los pueblos la cosa era de otra manera. El conocerse todos los vecinos, los hijos e hijas emigrados que llamaban de vez en cuando a los padres y hermanos, sobre todo por navidad, o cuando además pedían unos dineros, pues o bien se había acabado el trabajo, o bien los pedían para volver. La cuestión era fácil, una llamada conferencia para que dieran aviso al vecino; la telefonista mandaba aviso por alguno que pasara en el momento, o se acercaba un guaje hasta la casa con el recado que en media hora llamaban del extranjero…y algún que otro enamorado que estaba también fuera y llamaba a la novia.

Maruja y su madre Claudina en la inauguración de la Centralita
 de Teléfonos de Mansilla en 1955. Hermana y madre
 de Jesús Fernández Salvador, el carnicero ilustrado.

En Mansilla, la central telefónica se inauguró oficialmente en 1955, en un principio la llevaban Claudina y sus hijas Maruja y Pilar, pero dado el inmenso trabajo de telefonía, rápidamente tuvieron que contratar a operadoras para atender la gran demanda de más de 22 pueblos, los negocios y los particulares. Todo un rosario de nervios y emociones a través del teléfono.

En el centro Lucia, a la derecha Carmina
 y al fondo Pacita, tres de las operadoras de Mansilla.

Lucia con los auriculares y Orencio Cuesta, el celador 
de la Comarca de Telefónica.

Y no olvidemos el cortejar a las telefonistas…esta historia es verdadera…"Don Emiliano, adorador de Rosita, la telefonista, era un hombre ancho de espaldas, cuellicorto, algo apoplético y más bien calvo. Tenía unos cincuenta años y llevaba unas gafas con montura dorada, de mucho aumento. Estaba en La Robla desde hacía un año, como representante de una compañía de minas asturiana. Era viudo y sus dos hijos de dieciocho y veintidós años, estudiaban en Oviedo, donde vivían con sus abuelos maternos. La telefonista se daba cuenta de la pasión que había encendido en el corazón del cincuentón. El buen señor se pasaba todo el día solicitando conferencias, cuanto más complicadas mejor, lo cual le facilitaba una excusa para permanecer horas enteras sentado en una banqueta, delante de la ventanilla, viendo cómo su adorada Rosita manipulaba las clavijas con sus ágiles dedos. Todo el pueblo se había dado cuenta de lo que ocurría en el teléfono, pero Rosita se hacía la ingenua y se dejaba obsequiar continuamente por el asturiano. Al principio, los regalos eran de poca importancia: unos caramelos traídos del famoso Diego Verdú, un pañuelo con un pajarito bordado, un alfiletero de hueso a través de cuya tapa, cerrando un ojo, se veía la imagen de la Macarena, una cajita de cartón cubierta de conchas..." 

Una simpática operadora de una villa ya grande.

Una de las que trabajaron de telefonista fue Clara Campoamor, la defensora de los derechos de la mujer y principal impulsora del sufragio femenino en España logrado en 1931, y ejercido el derecho en las elecciones de 1933.



jueves, 2 de junio de 2016

COLABORACIÓN: LA BERTOLINI, EL PIVA, Y EL BARREIROS La revolución en el campo

Colaboración: Toño Morala

Una cosechadora y limpiadora (majadora en los años 60) fija a motor.

El proceso de modernización de la agricultura española en el periodo que siguió a la guerra civil estuvo fuertemente limitado por la existencia de severas restricciones a la importación de maquinaria. En este sentido, basta comparar los datos del censo de maquinaria agrícola de 1932 con los de recuentos posteriores, como los publicados por la Dirección General de Agricultura a partir del año 1955, para llegar a esta conclusión. Ante las dificultades existentes para importar, la procedencia de estos bienes fue prácticamente de exclusiva nacional.

Un impresinante tractor Lanz de aquellos tiempos con arranque manual…
buscando la compresión y a tirón de volante.

Los cambios técnicos que tuvieron lugar en la agricultura española en las décadas de 1940 y 1950, fueron posibles por la existencia en el país de una industria capaz de proporcionar a los agricultores las máquinas que demandaban.  

Y en esta nuestra querida provincia tan olvidada de todas las manos existentes, aún fue peor, pero así y todo, el ingenio y las ganas de prosperar hicieron que muchos agricultores se sumaran al hierro y motores de fuerza para ir capeando el temporal; además no hay que olvidar que en aquellos años, había que vender toda la cosecha al estado y a unos precios, en algunos años, que tela marinera. 

Publicidad de tractores Barreiros.
La fabricación de maquinaria agrícola constituye uno de los sectores peor conocidos de la industria española. Según el censo industrial de 1958, más de mil seiscientos establecimientos y casi dieciocho mil quinientos trabajadores pertenecían a este grupo de la clasificación nacional de actividades económicas.La agricultura fue hasta la década de 1960 el soporte principal de la economía española, pero actualmente emplea solo alrededor del 4 % de la población activa, por lo que España, ya no es un país agrario.

Una vieja máquina para casi todo.

 Pero hay que volver a la chapa y el acero, a los  motores Piva y Campeón para sacar el agua de los pozos y poder regar y producir más toneladas de cosechas de todo tipo, hay que volver a los primeros tractores Ebro y Barreiros, a  la segadora mecánica Bertolini y otras marcas…que fueron retirando a los animales de tiro, así como ayudaron a los buenos agricultores a trabajar menos y con más tierra cultivable.
Dos autenticas joyas de los  años 60.

Vamos a empezar con el que sería la revolución agraria según algunos agricultores, el motor mecánico y bomba para regar. Aquí además confluye que a partir de los años sesenta, teníamos fábrica, la misma era Piva Motor. Un montón de modelos para cada característica de  riego. Esta empresa leonesa  comienza con la fabricación casi artesanal de motobombas para la extracción y bombeo de agua por parte del ingeniero alemán Heinz Pitschel, que llegó a León como jefe de mecánicos de la Legión Cóndor.

Un motor para sacar agua y regar Piva, la revolución.
 En 1956 Pitschel vende la empresa a su actual  propietario, Antonio Vázquez, comenzando la producción de los triciclos con motores de poca potencia que permite el traslado de pequeñas mercancías. (Cuando yo era pequeño las hormigoneras de las obras tenían un motor de gasolina Campeón). Otra empresa puntera fue Motores Campeón, S.L., lleva trabajando desde 1946. Su actividad fundamental es la fabricación y distribución de motores y motobombas de gasolina de 2 y 4 tiempos, y en la actualidad a parte de fabricar bombas, también fabrican otros productos para el sector de la jardinería y el campo en general.

Un motor para acoplar útiles  

Otra de las joyas fue la segadora a motor…aquí se pasó de aquellas hoces, guadañas y segadoras de tiro animal, a la mecanización. Fue inventada por Cyrus Hall McCormick (1809–1884) en 1831. Este hombre, hizo uno de los inventos muy significativos para la prosperidad de EE.UU. Al pasar un tiempo, él hizo una demostración de su cosechadora mecánica en la Taverna Steele en Virginia. La cosechadora podía cortar 10 acres por día, el equivalente al trabajo de cinco hombres. Más tarde proporcionó un curso de auto-recolección que permitía que un hombre cortase 40 acres en un día. Él patentó la cosechadora en 1834. Una de las marcas punteras es la Bertolini con su peine para segar a todo trapo.

Una Bertolini segadora de peine.
 Y como colofón a este recuerdo  a la revolución agraria, comentaremos sobre los tractores que tanto ayudaron a trabajar manualmente menos en el campo. Unas máquinas  que algunos envidiaban;  muchos vecinos no tenían acceso económico y había que seguir trabajando con tiro de animales, o sea, a motor de cebada.

 Para paliar el atraso de la agricultura española y mejorar la producción, el Gobierno decide en 1952 convocar un concurso que “facilite el establecimiento en España de fábricas de tractores”. Ese mismo año, Ford Motor Ibérica presenta su solicitud y, en agosto de 1953, el Ministerio de Industria resuelve a favor de esta empresa una de las concesiones.

El paisano sonriente con el tractor, y los vecinos…
Ford Motor Ibérica, es en esa época una compañía muy asentada en el país. En un local de la zona franca, inicia el ensamblaje de camionetas, automóviles Ford T y tractores Fordson. Gracias al soporte técnico de Ford, y al amparo de las ventajas del decreto ley que declaraba a la industria de tractores como de “interés nacional”, Motor Ibérica estará en poco tiempo en condiciones de montar sus tractores. Así, en mayo de 1955, saldrá de la factoría de Barcelona la primera unidad producida por esta compañía. Se trata de un tractor designado como modelo Ebro. Cuenta inicialmente con una potencia de 38 CV y está fabricado a partir del modelo Fordson New Major  que se produce en la factoría de Dogenham, y que goza de gran éxito de ventas en el mercado europeo. Este tractor, comúnmente designado como “Ebro 38”, se ofrecerá también en futuras versiones con potencias de 42 y 44 CV.

Uno de los primeros tractores Ebro en los años 50.

 Más adelante monta un novedoso motor de gran prestigio con 4 cilindros y 3.6 litros de cilindrada, transmisión de 6/2 marchas y frenos de zapata. Y como no, hay que hacer una mención especial al Tractor Barreiros, español cien por cien; salido de aquella fabrica de Madrid a partir del año 1960. Todo un Hanomag Barreiros (1961-1963). La transformación de motores de gasolina en diesel, le dio a Barreiros la fama y el dinero. Comenzó con el EB-2, motor de dos cilindros para tractores, del que se vendieron 480 unidades durante el primer año. Pero el éxito fue la fabricación del motor EB-6 basado en la evolución de motores Perkins. Y alguno de ustedes se acordara de arrancar el tractor con aquel volante a mano buscando la compresión del motor, y al toque seco arrancaba. De esta manera, y con mucho trabajo, imaginación y empeño, se modernizó con buena maquinaria el campo español.

Dos jóvenes encima del tractor; quitaba mucho trabajo.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

COLABORACIÓN: LA PICADURA… LA PETACA… Y EL CHISQUERO


Los abuelos sí  sabían lo que fumaban
Toño Morala
 
Picadura, aquella que llamaban también cuarterón
 
          Qué tiempos aquellos donde fumar era todo un lujo, y donde el tabaco todavía era una cuestión muy natural; no como ahora, que parece ser que los cigarrillos llevan veneno en sus adentros. Hay que decir de antemano que el tabaco mata, eso está muy claro, pero también matan otras cosas…y casi nadie dice nada. Vaya por delante que el que les escribe no es fumador desde hace más de veinte años, y además me encanta entrar en los lugares públicos y que no haya humo. Dicho lo dicho, vayamos al meollo de lo que hoy nos concierne que no es ni más ni menos que aquel tabaco que fumaban los abuelos y  alguna abuela también. Aquellos años de cartilla de racionamiento para el tabaco y para casi todo; y donde la picaresca y el estraperlo hacían de las suyas  para que una población pudiera tener acceso al tabaco y sus elaborados. Algunos después de la dura contienda y posguerra, llenaban sus pechos y calentaban manos y boca con cigarrillos.
Tarjeta de fumador de Alipio Riol, de Reliegos, cartilla de
racionamiento para el tabaco
   Algunos era  lo que metían por la boca durante horas, pues no había  prácticamente nada que comer; duro, muy duro decir esto, pero era la realidad. Los mayores de 18 años podían adquirir la “cartilla de fumador” con sus correspondientes cupones. Como los certificados de defunción tardaban en llegar a los estancos, fumaban hasta los difuntos.
No hacen falta comentarios
Algunos que no fumaban, compraban un cuarterón o tres cuarterones (tabaco de liar con palos que rompían el papel de fumar) o varios paquetes de “caldo de gallina” y los cambiaban por una hogaza de pan de estraperlo (mercado negro). Las elaboraciones de Tabacalera por aquel entonces se podían considerar infumables, tanto por la pésima calidad del tabaco como por lo defectuoso de su elaboración. Recordarán una marca de cigarrillos liados que llevaba el pomposo nombre de “Extrafinos” y que vulgarmente se conocía como “mataquintos”. Raro era el cigarrillo que no llevara un “tronco” dentro (tronco llamaban a las astillas de madera), lo que hacía que se apagara constantemente, y si intentaban arrancarle la astilla corrían el riesgo de que se vaciara entero y se quedaran sin él.
La Sin Bombo, Sublimes, Caprichos,
Celestiales, Chic, España...
También había el tabaco picado para liar; la llamada “Picadura Selecta”, a la que el fumador llamaba “paquete verde” por el color de la envoltura. Con la picadura se podía hacer una selección por medio del cernido, o sea, con un cedacillo fino se le quitaba el polvillo y con otro más  vasto  los troncos, operación que necesariamente se tenía que realizar en lugar adecuado y pacientemente. Como además de malo, estaba racionado, el tabaco de estraperlo constituía la principal fuente de ingresos  para muchas mujeres que a la vez comerciaban con otras historias.
Ya casi al final del racionamiento 1952
Al principio esas cartillas de racionamiento eran por unidad familiar, pasando más adelante a ser individuales. Para liar estas estacas, se utiliza papel de fumar de diversas marcas, entre ellas el Bambú, Jean y el Abadíe; o aquel otro de papel de arroz Smoking. Paquetes de cigarrillos apenas si se elaboraban. Solo "mataquintos", posteriormente Ideales de color amarillo y el "caldo de gallina", que también es necesario liar, aunque el papel lo trae ya el cigarro. Los "estraperlistas" de tabaco siempre actuando a escondidas y siempre en peligro de ser detenidos, tenían  su centro de operaciones en las plazas y calles más concurridas, y se hacían  de señas y tenían sus códigos para que no les pillaran las autoridades; los ricos ese problema no lo tenían, pues siempre había buen tabaco cubano para ellos.
Papel de arroz para liar cigarrillos

 Con tanta  escasez, algunos fumaban de todo lo que fuera natural, picado y para adelante. Tan pronto salguera y virlotos, hojas secas  que se sembraban  en los alrededores del pueblo, y se liaba con hojas de maíz. “Había pobres que recogían las colillas por la calle, juntaban el poquito de tabaco de cada una, lo liaban y lo vendían a los que no podían comprar paquetes”, me comenta un mayor fumador de picadura liada. Entre las pocas mujeres que fumaban, la mayoría se relacionaban con clases altas…Y me sigue comentando…  “Mi otro compañero era el paquete de Ideales, descendiente del Caldo de Gallina y de los tabacos de picadura que daban con la cartilla de racionamiento. Un tabaco áspero y con unas estacas que bien podrían usarse como leña para la lumbre o tizones apagados para  escribir en cualquier parte…” y se echa a reír a carcajadas.
 

Cigarrillos ideales, caldo de gallina..original tabaco que era un lujo

La planta del tabaco fue introducida en Europa por los españoles en su conquista a América. Las primeras semillas se plantaron en campos de Toledo por orden de Felipe II. Utilizado por los indios en sus rituales, además de fumarse,  se podía  masticar, beber o untarse sobre el cuerpo. A  los guerreros antes de la batalla se les soplaba el humo de la planta en la cara. También se echaba a los campos para la cosecha… Y de guajes, de chavales lo de la fumadera nos traía locos; menuda atracción que tenía lo del tabaco, era como si nos quisiéramos hacer los mayores. Los mecheros y cerillas producían una atracción insana por su capacidad de producir fuego, ante el que siempre nos quedábamos atónitos y del que debíamos mantenernos alejados según decían los mayores pues si no… “nos mearíamos en la cama“.
Una de aquellas cajas de cerillas
Las petacas de picadura que se abrían como bocas y se cerraban con un ruido sordo y seco después de depositar en la mano un montoncito de picadura que dejaba en el aire un aroma  del placer que parecía embargar a los fumadores, era un objeto deseable. Ya de mozos aquella famosa frase… “vamos a echar un pito” era lo más leal que existía en la amistad de los pantalones de elefante y la camiseta de Marylin Monroe. Y si en aquellas películas del oeste, los jefes indios firmaban la paz fumando, ¿por qué el tabaco era malo..? nos preguntábamos de niños ya con granos en la cara.

Petaca de tabaco traída desde África (1922)

Anécdotas sobre el tabaco de liar hay para parar un tren, les cuento  una  de mi abuelo…el hombre tenía en el portalón un banco de trabajo con usillo de carpintero también de madera; algunas herramientas, y sobre la pared en horizontal una estrecha  estantería, pero muy larga. Pues bien, le recuerdo con el cigarrillo siempre apagado en la comisura de los labios y todo rechupeteado; así como sobre la estantería, una  veintena de colillas de liado apagadas, y que el hombre iba consumiendo pacientemente. Le daba vueltas a lo que estaba haciendo mientras con el chisquero de mecha, prendía pacientemente las estacas. Sacaba aquel humo por la boca y con aquel olor a tabaco que apestaba se sonreía pícaramente, al ver mi cara de casi asco… me daba unas perronas o pesetas y me mandaba con un  pequeño tubo al estanco a comprar las piedras para el buen mechero contra viento y marea.
Colección chisqueros a chispa y mecha, el contraviento y marea

jueves, 29 de octubre de 2015

COLABORACIÓN: ¡AQUÍ SÍ HAY BACALAO… Y DEL BUENO!

Los buenos platos de salazones… los arenques… unas buenas patatas guisadas con bacalao… al ajoarriero… y esas croquetas…

Antigua tienda de ultramarinos con las bacaladas colgadas.

Autor: Toño Morala
          ¡Te conozco, bacalao, aunque vengas disfrazao!; uno de esos refranes que el pueblo llano y sencillo, sabio y conocedor de la vida, usa para fines múltiples, pero que nosotros le vamos a dar el sentido de la sal; el salazón por antonomasia; ese  pescado que se tiende a secar en los grandes secaderos como si fuera  ropa al  viento, y que durante largas épocas y en tiempos de fastidio, ayudó y mucho al sustento de casas enteras. Eran años donde el bacalao era parte habitual de los platos de los más necesitados, y que se vendía muy barato.  Con el paso de los años, hubo un tiempo en el que se quedó casi en el olvido; pero hace algunas décadas ha vuelto con mucha fuerza y maestría. Está presente en las cartas de los grandes restaurantes y casas de comidas; lo adereza para  tapas en algunos bares y tascas, y vive de maravilla en esos potajes y buenos guisotes. Las abuelas de este plato sabían y aprovechaban todo, desde la buena piel y sus propiedades, hasta las espinas y colado el caldo para hacer arroces y todo tipo de platos. Aquí hay que escribir algo sobre las cazuelas de pereruela, ese barro refractario tan ancestral, pero que ayudó en su cuenco a cocinar unos platos terribles de buenos, y entre ellos el bacalao. Como iba comentando, las abuelas eran unas grandes cocineras, de cualquier cosa daban de comer a una recua de entre siete hasta la docena y media y más de bocas hambrientas y cansadas, sin grandes recursos económicos, y además  guardaron esa cultura culinaria y fueron pasando de generación en generación recetas que si no estarían en el olvido. 

Unas buenas patatas con bacalao y las penas a la barriga.
Allá las quiero imaginar untando de ajo a la pereruela, echando algo de aceite o manteca para ir haciendo el sofrito para al rato dejar caer suavemente un trozo de cebolla, picado gordo un pimiento verde y un par de tomates desmenuzados… esa hoja de laurel que flotaba como una galera en el  mar, soltando el sabor previsto para darle gusto a la vida; al poco, y después de haber desalado durante un par de días el bacalao, y muy bien escurrido… se le acerca al fuego, mientras las patatas van entrando a la cazuela, la abuela las revuelve con delicadeza, y al rato de fuego vivo… los trozos de bacalao se tutean con  las patatas… la abuela tapa la cazuela… la aparta delicadamente con dos rodeas, pues ya saben que son delicadas estas pereruelas; deja reposar lo justo hasta que cesa de hervir y que suba el color y el olor para escribir una oda a la abuela, a la cazuela, a las patatas, al laurel… y al bacalao. Algunas también echaban un puñado de arroz en las entrañas y un pico de guindilla. Y cuidado de cocer mucho las patatas en la cazuela de pereruela, hay que quitarlas del fuego cuando están tiesas, que la pereruela sigue ardiendo y hace puré las patatas… el resto se lo imaginen, que este que les escribe, ya las tiene aliñadas y esperando a la mujer para llenar el plato y rebañar hasta el fondo.

Antigua fábrica de salazones
Diferentes formas de cortar el bacalao para su cocinado.
Si nos metemos en harina de trigo, centeno y algo de maíz, entonces ahí la preparamos; de eso en el Bierzo saben la luna en verso… esas empanadas de bacalao, o de cocochas…  mejor pasamos a otra historia. Los primeros en secar el bacalao fueron  los vikingos que habían viajado de Noruega a Islandia, Groenlandia y Canadá y no es coincidencia que éste sea exactamente el ámbito que abarca el bacalao del Atlántico. En el siglo X, Thorwald y su conflictivo hijo, Eric el Rojo, desterrados de Noruega por un asesinato…  y vuelta con la burra al trigo, la volvieron a preparar, y otra vez desterrados… y así aparecieron en Terranova e inventaron el bacalao seco. 

Al rico bacalao y salazones

A diferencia de los vikingos, los vascos tenían sal y, como el pescado salado antes de secar era comestible durante más tiempo, sus marineros podían navegar aún más lejos que los nórdicos. Además tenían otra ventaja; cuanto más duradero era un producto, más fácil resultaba comerciar con él. Hacia el año 1000, los vascos habían ampliado el mercado del bacalao hasta convertirlo en un auténtico comercio internacional que llegaba mucho más allá de los límites de su hábitat septentrional. El catolicismo proporcionó a los vascos su gran oportunidad. La iglesia medieval impuso días de ayuno en los que estaba prohibido mantener relaciones sexuales y comer carne. En cambio, se permitían los alimentos fríos. Como el pescado venía del agua, se le consideraba frío. Los vascos ya vendían carne de ballena a los católicos esos días de abstinencia, que eran todos los viernes (ya que éste había sido el día de la crucifixión de Cristo), la Cuaresma entera y varios días más, señalados en el calendario religioso. En conclusión, la carne estaba prohibida casi la mitad del año y esos días de abstinencia se convirtieron finalmente en días de bacalao salado. El bacalao casi se transformó en icono religioso, en cruzado mitológico de observación cristiana. Hasta la invención del frigorífico en el siglo XX, la comida echada a perder había constituido una maldición crónica y había limitado en gran medida el comercio de muchos productos; incluso el bacalao salado y seco se estropea si permanece demasiado tiempo en un ambiente húmedo y caluroso pero, en el Medievo, resultaba extraordinariamente duradero. Era un milagro, comparable al descubrimiento del proceso de congelación rápida en el siglo XX, que también se inició con el bacalao, éste no sólo se conservaba más que otros pescados salados, sino que tenía mejor sabor.

La imprescindible cortadora de bacalao
en las tiendas tradicionales.

Tiramos ahora de la memoria de mi señora suegra Aurora, y de ese privilegio de comer un buen bacalao al ajoarriero, que ella siempre lo hizo sencillo y humilde, y de ahí la sabiduría de llevarse tan bien con todo el mundo, y que nos pasamos unas risas de aquí te espero hablando de estas cosas que tanta falta nos hace recordar. De ella he pillado la receta del bacalao al ajoarriero. Después de desalar en condiciones y de escurrir un buen tiempo, y ya cortados los ajos y con el aceite un poco caliente, meto el bacalao con la piel para abajo, a fuego medio… va soltando esa poca agua… y cuando se reduce, le meto los ajos doradines y con pimentón por encima,  hecho previamente en otra sartén pequeña… y entre los huecos de las tajadas de bacalao, le arrimo unos huevos… tapo durante unos minutos para que se escalfen, y retiro del fuego… toda la operación  dura no más de quince  o veinte minutos.

El famoso bacalao al ajo arriero de León.

Para el que no sepa lo que son los arenques de los de toda la vida, esos que en casa se ponían en el borde de la puerta y se aplastaban envueltos en papel de estraza o de periódico para poder limpiarlos… pues esos, generalmente eran sardinas en salazón y ahumadas. De línea muy estilizada, el dorso del arenque es azul-verdoso oscuro, su vientre plateado y sus escamas se desprenden fácilmente. Los mejores ejemplares son los llamados por los pescadores "palmeños"; es decir aquellos que miden un palmo, o unos 20 cm., aunque pueden alcanzar los 40 cm. Las hembras son muy fértiles pues cada una puede poner hasta 30.000 huevas en cada puesta, dos veces al año. Los arenques forman parte de la dieta humana desde la antigüedad. Este pescado de la familia de las sardinas tiene un alto contenido en proteínas y ácidos grasos omega. El tipo de arenque más apreciado y el más graso es la clase "Matjes", que se vende en salazón húmedo y se conserva en grandes barriles, un tipo de arenque que al servirse suele acompañarse con patatas en cachelos, a ser posible nuevas, con cebolla cruda muy picada y un tomatín... Los arenques en salazón  se desalan mejor poniéndolos en remojo, durante unas 2 ó 3 horas, en leche fresca. Estos buenos platos aderezados en condiciones, pero sin grandes dosis de aliño; aceite, vinagre y sal están de pegada…  "Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal… está en nuestras lágrimas y en el mar". (Khalil Gibran).

Los arenques en tino, manjar tremendo.


miércoles, 22 de abril de 2015

COLABORACIÓN: ¡A LA HIERBA…!

Por nuestra montaña, de junio a agosto, hay que recoger la hierba para el duro invierno

 Autor: Toño Morala

Con el rastrillo amontonando la hierba
 
Ya no quedan varas de hierba o balagares por los prados de nuestra montaña, apenas si queda ganado en los puertos, y apenas si hay gentes en los pueblos. Acabaron  con todo los malos políticos, los intereses particulares y personales… y lo que es peor, engañaron a un montón de personal diciéndoles que en las ciudades se vivía de maravilla. Ya no comento más al respecto.
 


Amontonando la hierba para llevar a las tenadas o hacer balagares


Antaño, se iba a la hierba desde junio hasta principios del mes de agosto, dependía de las zonas, del tiempo, de cómo estuvieran los prados para segar, y un largo etcétera que no viene al caso; pero el caso es que había que trabajar de lo lindo para que los animales tuvieran hierba para el duro invierno. Los paisanos y paisanas se preparaban para llegar a los prados, algunos muy pindios; llegaban en carro de vacas hasta donde llegaba el camino, después, tiraban de caballerías y forcaos, o  angarillas encima de burros o caballos.
 
Forcao en Retuerto
 De esa  manera recogían la hierba y la bajaban para las tenadas, heniles,  y cuando  no había sitio, hacían los balagares o varas de hierba  en prados más cercanos a las cuadras. La Bertolini, todavía no había llegado… y cuando llegó, solo la usaban para los prados más suaves; para los de cuesta arriba… ahí no había nada que hacer, a segar a guadaña, que previamente a la puerta de la casa, o debajo de cualquier soportal, el paisano la picaba con paciencia y sabiduría. Cabruñar llaman en sitios varios a este trabajo, y también llevaban el pequeño yunque y el martillo especial para hacer ese trabajo en los prados. Al cinto o atado con una cuerda siempre el segador llevaba el cachapo, también llamado zapico, canao, depende de las comarcas…  es un recipiente de madera, cuerno o metal destinado a transportar la piedra de afilar la guadaña durante la siega. Si eres diestro, siempre se lleva en el lado izquierdo de la cintura. El filo de la guadaña pierde su capacidad de corte durante el uso, y debe afilarse cada cierto tiempo, para lo que la piedra debe guardarse en agua. Es un utensilio exclusivamente europeo, asociado a la guadaña, la siega y la ganadería generalmente bovina. Hay que meterle un poco de hierba para que haga de cuña y no se pierda la piedra de afilar que va adentro.

Un paisano picando la guadaña. Queda muy poca gente que sepa
cabruñar la guadaña.
 
 Podríamos hablar y escribir largo y tendido sobre la recogida de la hierba; los más mayores todavía se acordarán de segar a guadaña, de picarla, de afilarla, de saber sostenerse en los prados más pindios, y de tener mucho cuidado de no rebanarse una pierna o mano al apoyarse sobre los inclinados prados. A veces, la guadaña estaba por encima de la cabeza, uno tenía que saber muy bien lo que hacía pare evitar graves accidentes. 
Después de segar, hay que bajar la hierba hasta el camino transitable; las maneras de bajarla iban desde poner unas cuerdas o maromas cruzadas en el suelo, atarlas y cargarlas sobre los hombros; cargar el burro o caballo garañón sobre las angarillas, unos soportes que se cargaban a tope, apenas se veía el animal, o aquellos forcados con suelo de madera a modo de trineo, y que enganchados a los animales entraban en estos lugares tan inaccesibles para los carros. 
Carga de hierba sobre angarillas. Década de los 50
Las praderías de alta montaña tienen como denominador común su riqueza  en buenos henos para el ganado, de ahí que algunas ganaderías minifundistas se instalaran en esas zonas. Ahora parece ser que ya no les quieren recoger la leche, el ganado de carne vale poco dinero, y apenas es rentable tener animales en los puertos, quedan cuatro buenos ganaderos, y en cuanto se jubilen, a ver quién tira del ganado. Algún joven hay por ahí, pero si las administraciones  no hacen más por mantener este tipo de explotaciones, se acabará por abandonar los pastizales y los montes, y lo comunal, y ya  no habrá quién lo cuide.
Toda la familia a la hierba hasta el perro.


Recogida de la hierba en Morgovejo

La ubicación de los prados seguía las vertientes de los arroyos que bajaban de los montes, los alrededores de los manantiales y las vaguadas húmedas. “Cuando los prados se tenían en renta, en el mes de enero era cuando había que dejarlos. Hasta enero eras tú dueño de ellos, a no ser que el dueño te lo requiriese. Había gente que llevaba de renta tierras y prados. El pago era en dinero, pero poco…”, comenta un pequeño ganadero de montaña. Se madrugaba mucho para ir a segar y hacia las nueve se paraba para tomar "la parva" o almuerzo que llevaban las mujeres para el prado, pues se empezaba a segar al amanecer. Los hombres, a continuación, seguían segando hasta mediodía; bebían vino de las botas que los niños se encargaban de que estuviesen llenas y frescas. Cerca del medio día, paraban de segar y "revolvían"(daban la vuelta) a la hierba que se había segado la víspera y después "almorzaban" a base de cocidos, embutidos, etc. Eran las mujeres y los niños quienes, por regla general, daban la vuelta a la hierba, después se amontonaba; a la mañana siguiente y ya con sol, se volvía a esparcer hasta su curación. Había que ser un experto en cargar el carro… de lo contrario es mejor no hablar de la que se podía preparar. Y el duro trabajo de ir a la hierba se terminaba cuando los heniles estaban llenos, y el ganado estaba brillando por los buenos pastos de la montaña.

Bajando por el prado, con el freno de la sabiduría.

Como tantos símbolos, la guadaña encierra un significado dual: representa la muerte pero también la cosecha, acabamiento y renacimiento, consumación y esperanza. Principio y fin. Pero el cine ha eclipsado otra iconografía de la guadaña que no sea la muerte, desde Vampyr (1931) de Carl Theodor Dreyer hasta  La cinta blanca (2009) también titulada El lazo blanco, de Michael Haneke, en la que un campesino destroza con la guadaña un campo de repollos, como si cercenara cabezas; una escena que pone los pelos de punta. Uno se resiste a ver a la guadaña como símbolo de muerte… les cuento una pequeña historia. “De niño, podía pasarme horas viendo a mi abuelo segar un  prado de hierba y, de hecho, me las pasaba contemplando la danza de la guadaña: el giro de la cintura con el trazo elegante del semicírculo de derecha a izquierda, el magnífico compás, el siseo en el tajo de la hierba... Y el perfume de la hierba que yo recogía en brazados e iba formando pequeños montones mientras mi abuelo segaba. Cada cierto tiempo, le daba la vuelta a la guadaña y la apoyaba en el extremo del mango, sacaba la piedra de afilar que llevaba sujeta entre el cinto y el pantalón de mahón, y la pasaba por el filo de la cuchilla, dos veces de izquierda a derecha por encima y dos veces de derecha a izquierda por debajo del corte, y otras dos veces por cada lado. A menudo, mientras afilaba la guadaña, silbaba “ay Carmela”. Luego volvía a meter la piedra de afilar en el cinto, daba la vuelta a la guadaña y seguía la danza de la siega”. Y además no se daba nada de importancia; siempre le recuerdo sonriendo y guiñando el ojo en plan broma.
Vara de hierba en Villamanín
 
 Era muy amigo de muchos asturianos… y contaba otra bonita historia… esta vez con ironía,  pero con buen corazón. “Lo cierto es que en la montaña leonesa, el asturiano es objeto de broma: el que hizo el molino de Juan Horcadas, en un cerro, sin agua, fue un asturiano; el que se empeñó en coger la Luna, antojándosele que era un queso, porque estaba reflejada en el río grande desde el puente Torteros, y llevó un chapuzón, fue un asturiano; los asturianos no comen más que boroña (pan de maíz), y beben vino cuando pasan el Puerto. Y están envueltos siempre en niebla, y tienen brujas y duendes, y sus vacas y sus ovejas son pequeñas… los males que ocurren aquí son causados por asturianos. Si el Cierzo hiela los arbejos (guisantes) y las patatas, es que el asturiano se puso la montera; si llueve en primavera, es que lloran los asturianos. Es el asturiano “loco y vano, poco fiel y mal cristiano”, según la copla leonesa.   Mancebo Valbuena, J. J., Lazo de almas, León, 1936, 1960. Sería muy bueno saber qué opinan los vecinos asturianos de las gentes de la montaña de León. Sé que hay grandes lazos de unión entre las buenas gentes, entre hermanos hijos del carbón y de la montaña. “Unce las vacas Ramona, que nos vamos para la hierba, échame un zapico de leche que tengo seca la lengua… segador que estás segando debajo de la burrina, si  no corta la guadaña… saca la piedra y afila”
Sin vara de hierba no hay vida.