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miércoles, 22 de abril de 2015

COLABORACIÓN: ¡A LA HIERBA…!

Por nuestra montaña, de junio a agosto, hay que recoger la hierba para el duro invierno

 Autor: Toño Morala

Con el rastrillo amontonando la hierba
 
Ya no quedan varas de hierba o balagares por los prados de nuestra montaña, apenas si queda ganado en los puertos, y apenas si hay gentes en los pueblos. Acabaron  con todo los malos políticos, los intereses particulares y personales… y lo que es peor, engañaron a un montón de personal diciéndoles que en las ciudades se vivía de maravilla. Ya no comento más al respecto.
 


Amontonando la hierba para llevar a las tenadas o hacer balagares


Antaño, se iba a la hierba desde junio hasta principios del mes de agosto, dependía de las zonas, del tiempo, de cómo estuvieran los prados para segar, y un largo etcétera que no viene al caso; pero el caso es que había que trabajar de lo lindo para que los animales tuvieran hierba para el duro invierno. Los paisanos y paisanas se preparaban para llegar a los prados, algunos muy pindios; llegaban en carro de vacas hasta donde llegaba el camino, después, tiraban de caballerías y forcaos, o  angarillas encima de burros o caballos.
 
Forcao en Retuerto
 De esa  manera recogían la hierba y la bajaban para las tenadas, heniles,  y cuando  no había sitio, hacían los balagares o varas de hierba  en prados más cercanos a las cuadras. La Bertolini, todavía no había llegado… y cuando llegó, solo la usaban para los prados más suaves; para los de cuesta arriba… ahí no había nada que hacer, a segar a guadaña, que previamente a la puerta de la casa, o debajo de cualquier soportal, el paisano la picaba con paciencia y sabiduría. Cabruñar llaman en sitios varios a este trabajo, y también llevaban el pequeño yunque y el martillo especial para hacer ese trabajo en los prados. Al cinto o atado con una cuerda siempre el segador llevaba el cachapo, también llamado zapico, canao, depende de las comarcas…  es un recipiente de madera, cuerno o metal destinado a transportar la piedra de afilar la guadaña durante la siega. Si eres diestro, siempre se lleva en el lado izquierdo de la cintura. El filo de la guadaña pierde su capacidad de corte durante el uso, y debe afilarse cada cierto tiempo, para lo que la piedra debe guardarse en agua. Es un utensilio exclusivamente europeo, asociado a la guadaña, la siega y la ganadería generalmente bovina. Hay que meterle un poco de hierba para que haga de cuña y no se pierda la piedra de afilar que va adentro.

Un paisano picando la guadaña. Queda muy poca gente que sepa
cabruñar la guadaña.
 
 Podríamos hablar y escribir largo y tendido sobre la recogida de la hierba; los más mayores todavía se acordarán de segar a guadaña, de picarla, de afilarla, de saber sostenerse en los prados más pindios, y de tener mucho cuidado de no rebanarse una pierna o mano al apoyarse sobre los inclinados prados. A veces, la guadaña estaba por encima de la cabeza, uno tenía que saber muy bien lo que hacía pare evitar graves accidentes. 
Después de segar, hay que bajar la hierba hasta el camino transitable; las maneras de bajarla iban desde poner unas cuerdas o maromas cruzadas en el suelo, atarlas y cargarlas sobre los hombros; cargar el burro o caballo garañón sobre las angarillas, unos soportes que se cargaban a tope, apenas se veía el animal, o aquellos forcados con suelo de madera a modo de trineo, y que enganchados a los animales entraban en estos lugares tan inaccesibles para los carros. 
Carga de hierba sobre angarillas. Década de los 50
Las praderías de alta montaña tienen como denominador común su riqueza  en buenos henos para el ganado, de ahí que algunas ganaderías minifundistas se instalaran en esas zonas. Ahora parece ser que ya no les quieren recoger la leche, el ganado de carne vale poco dinero, y apenas es rentable tener animales en los puertos, quedan cuatro buenos ganaderos, y en cuanto se jubilen, a ver quién tira del ganado. Algún joven hay por ahí, pero si las administraciones  no hacen más por mantener este tipo de explotaciones, se acabará por abandonar los pastizales y los montes, y lo comunal, y ya  no habrá quién lo cuide.
Toda la familia a la hierba hasta el perro.


Recogida de la hierba en Morgovejo

La ubicación de los prados seguía las vertientes de los arroyos que bajaban de los montes, los alrededores de los manantiales y las vaguadas húmedas. “Cuando los prados se tenían en renta, en el mes de enero era cuando había que dejarlos. Hasta enero eras tú dueño de ellos, a no ser que el dueño te lo requiriese. Había gente que llevaba de renta tierras y prados. El pago era en dinero, pero poco…”, comenta un pequeño ganadero de montaña. Se madrugaba mucho para ir a segar y hacia las nueve se paraba para tomar "la parva" o almuerzo que llevaban las mujeres para el prado, pues se empezaba a segar al amanecer. Los hombres, a continuación, seguían segando hasta mediodía; bebían vino de las botas que los niños se encargaban de que estuviesen llenas y frescas. Cerca del medio día, paraban de segar y "revolvían"(daban la vuelta) a la hierba que se había segado la víspera y después "almorzaban" a base de cocidos, embutidos, etc. Eran las mujeres y los niños quienes, por regla general, daban la vuelta a la hierba, después se amontonaba; a la mañana siguiente y ya con sol, se volvía a esparcer hasta su curación. Había que ser un experto en cargar el carro… de lo contrario es mejor no hablar de la que se podía preparar. Y el duro trabajo de ir a la hierba se terminaba cuando los heniles estaban llenos, y el ganado estaba brillando por los buenos pastos de la montaña.

Bajando por el prado, con el freno de la sabiduría.

Como tantos símbolos, la guadaña encierra un significado dual: representa la muerte pero también la cosecha, acabamiento y renacimiento, consumación y esperanza. Principio y fin. Pero el cine ha eclipsado otra iconografía de la guadaña que no sea la muerte, desde Vampyr (1931) de Carl Theodor Dreyer hasta  La cinta blanca (2009) también titulada El lazo blanco, de Michael Haneke, en la que un campesino destroza con la guadaña un campo de repollos, como si cercenara cabezas; una escena que pone los pelos de punta. Uno se resiste a ver a la guadaña como símbolo de muerte… les cuento una pequeña historia. “De niño, podía pasarme horas viendo a mi abuelo segar un  prado de hierba y, de hecho, me las pasaba contemplando la danza de la guadaña: el giro de la cintura con el trazo elegante del semicírculo de derecha a izquierda, el magnífico compás, el siseo en el tajo de la hierba... Y el perfume de la hierba que yo recogía en brazados e iba formando pequeños montones mientras mi abuelo segaba. Cada cierto tiempo, le daba la vuelta a la guadaña y la apoyaba en el extremo del mango, sacaba la piedra de afilar que llevaba sujeta entre el cinto y el pantalón de mahón, y la pasaba por el filo de la cuchilla, dos veces de izquierda a derecha por encima y dos veces de derecha a izquierda por debajo del corte, y otras dos veces por cada lado. A menudo, mientras afilaba la guadaña, silbaba “ay Carmela”. Luego volvía a meter la piedra de afilar en el cinto, daba la vuelta a la guadaña y seguía la danza de la siega”. Y además no se daba nada de importancia; siempre le recuerdo sonriendo y guiñando el ojo en plan broma.
Vara de hierba en Villamanín
 
 Era muy amigo de muchos asturianos… y contaba otra bonita historia… esta vez con ironía,  pero con buen corazón. “Lo cierto es que en la montaña leonesa, el asturiano es objeto de broma: el que hizo el molino de Juan Horcadas, en un cerro, sin agua, fue un asturiano; el que se empeñó en coger la Luna, antojándosele que era un queso, porque estaba reflejada en el río grande desde el puente Torteros, y llevó un chapuzón, fue un asturiano; los asturianos no comen más que boroña (pan de maíz), y beben vino cuando pasan el Puerto. Y están envueltos siempre en niebla, y tienen brujas y duendes, y sus vacas y sus ovejas son pequeñas… los males que ocurren aquí son causados por asturianos. Si el Cierzo hiela los arbejos (guisantes) y las patatas, es que el asturiano se puso la montera; si llueve en primavera, es que lloran los asturianos. Es el asturiano “loco y vano, poco fiel y mal cristiano”, según la copla leonesa.   Mancebo Valbuena, J. J., Lazo de almas, León, 1936, 1960. Sería muy bueno saber qué opinan los vecinos asturianos de las gentes de la montaña de León. Sé que hay grandes lazos de unión entre las buenas gentes, entre hermanos hijos del carbón y de la montaña. “Unce las vacas Ramona, que nos vamos para la hierba, échame un zapico de leche que tengo seca la lengua… segador que estás segando debajo de la burrina, si  no corta la guadaña… saca la piedra y afila”
Sin vara de hierba no hay vida.
 
 

martes, 30 de enero de 2018

NOTICIA: Viajes a la luna... de miel

CULTURA. Los viajes de novios, las históricas lunas de miel, han sido el momento más recordado de tantos matrimonios de aquellos tiempos en los que lo exótico era París y lo habitual... a ordeñar.


lanuevacronica.com
Toño Morala | 29/01/2018
¡Ay, ay, ay, el amor, el cortejar, somos novios, nos casamos…! Todo un rito de ritos desde tiempos inmemoriales; la mujer y el hombre fueron fraguando toda una serie de costumbres y de modas en todas las épocas; épocas aquellas donde todo era muy sencillo y pobre en las tierras de la tierra; pero algunos siempre se salieron del tiesto, eran los mandamases, los del poder, los que gobernaban el designio de las plebes y de los que pagaban tributos a diestro, siniestro, dioses, y vaya usted a saber cuántos más tributos y quién se los llevaba; más o menos como ahora, solo que ahora lo enmascaran con otras cosinas más sutiles; nos damos cuenta, pero los dejamos pasar cortésmente; pero seguro que algún día cambiarán las cosas y la tortilla se dará la vuelta y nos pillará debajo, como dicen las sabias abuelas. Pero esa es otra historia.

Como iba escribiendo, las liturgias, las vestimentas, ajuares varios, alguna tierra para labrar, cuartos pocos… pero aquello del viaje de novios o luna de miel; tela. Aquí sí que se podría comentar las vicisitudes de algunos en aquellos maravillosos viajes de novios, pero eso sí, viaje a la cuadra a ordeñar al ganado, a la hierba cuando tocaba embarazo… aquí hay que decir que las bodas se celebraban casi siempre después de acabar las duras jornadas del campo, desde la recogida de la hierba, la mies, la vendimia… en las ciudades la cosa iba de otra manera, precisamente un poco al contrario, verano era la estación donde más se casaban las buenas gentes. Pero después de los fastos de la boda, algunos iban de viaje de novios o luna de miel… qué bonito, conocer lugares nuevos, el romanticismo de aquellos días para el recuerdo, la ilusión de los novios; bueno y, si escribimos sobre cómo iban las parejas de viaje de novios, no habría periódico para llenar anécdotas y risas, alguna desgracia, y menos cosas raras de las que parecen. Ir, por ejemplo, de viaje de novios en la Lambretta o la Vespa, ella de lado, y en el portabultos una pequeña maleta de aquellas de cartón cubierto de tela de maleta, inconfundible aquella tela, y la novia con la pañoleta y las gafas de sol al viento y, ¡hala!, a conocer el mar por el puerto de Pajares abajo hasta llegar a Gijón, y ver aquella inmensidad de agua salada, y las olas, y el puerto… y comer sardinas con sidrina, y remangarse el pantalón, para y, cogidos de la mano, pasear por la playa de San Lorenzo románticamente enamorados, y luego ir a una de aquellas pensiones de calles de segunda línea de playa, y pasar unos días de viaje de novios inolvidables. La vuelta en la Vespa y subiendo el pajares, mejor no comentarlo. 

Y ya puestos, pues también recordar aquella luna de miel, de ir al cine y al teatro… otros tiraban de coche de línea desde el pueblo hasta la estación del norte, y de ahí rumbo en tren a lugares más lejanos como Madrid, Barcelona… los que tenían coche, aquellos eran unos privilegiados, viajaban hasta que se acababan las perras, algunos iban sin rumbo fijo, a la buena de dios, y como dios; eso sí, tiraban de bocadillos de chorizo y salchichón como estaba mandado y la bota al fresco amarrada al retrovisor del coche; también, muchos novios, iban a las casas de familiares que se marcharon a la emigración tanto de interior como en el extranjero. Más para acá, ya se hacía el viaje de novios comprado en una agencia de viajes, y si había posibles pues se iba a las Islas Canarias, a Mallorca; y a lugares idílicos como el Caribe, casi nada.

El origen de la luna de miel tiene varias versiones, entre ellas están por ejemplo la proveniente de Babilonia, hace más de 4000 años, donde el padre de la novia le daba al novio toda aquella cerveza de miel que pudiera beber durante un mes (una luna). Entre los romanos, la madre de la novia dejaba en la alcoba nupcial cada noche durante un mes o una luna, una vasija con miel para los recién casados. Se dice que fueron los Teutones en Alemania, quienes comenzaron con esta tradición; ellos celebraban sus bodas solamente bajo la luna llena y luego del evento, los novios bebían licor de miel durante los 30 días posteriores a la boda. Este período entonces llegó a conocerse como Luna de Miel. Por otro lado se dice que la expresión «Luna de Miel», data del siglo XVI, es de origen escandinavo y viene de una antigua costumbre de Europa septentrional, que significa «el primer mes» o «la primera luna» después de la boda. Durante este período, los novios acostumbraban tomar hidromiel, bebida elaborada a base de vino y miel que aumentaba la fertilidad. Así también para la comunidad septentrional de Europa, la luna de miel significaba aislamiento, ya que cuando un hombre de este lugar secuestraba a una joven de un poblado cercano, éste era obligado a ocultarla durante un tiempo; el único que sabía dónde estaba era el «padrino». Cuando la familia de la novia dejaba de buscarla, el hombre regresaba a su poblado. Por otro lado las parejas recién casadas, tenían tantas obligaciones cotidianas que les era imposible pasar algunos días o semanas disfrutando de un viaje y de su pareja. Caso totalmente contrario a como es hoy. Hoy en día la luna de miel, es algo totalmente diferente, ahora suele consistir en un viaje a algún lugar romántico y, a menudo, lejano y exótico; es uno de los momentos más esperados y placenteros para los recién casados, en el cual se aíslan para iniciar su vida matrimonial.

En ciertas tendencias religiosas, se considera que “Dios” escogió la miel como símbolo del casamiento durante siglos por tratarse de un alimento perenne e incorruptible, y que se torna aún más dulce con el paso de los años. Asimismo, se cree que la tradicional luna de miel podría tener sus raíces en costumbres de la burguesía inglesa del siglo XIX, puesto que los recién casados solían viajar luego de efectuado el matrimonio, con el propósito de visitar a aquellos parientes que por algún motivo no habían podido concurrir a la celebración. Mediante estas visitas, los novios se presentaban formalmente como pareja, aprovechando la ocasión para conocer nuevos destinos al tiempo que daban inicio a su vida conyugal. Esta costumbre se expandió rápidamente por el resto de Europa, y se popularizó aún más durante el siglo XX, gracias a los avances de los medios de transporte y el desarrollo de la actividad turística.


Hubo también alguna película que llegó al éxito a través de estas componendas de viajes de novios. Una de ellas fue… “Los asesinos de la luna de miel…” La cinta nos presenta a dos personajes: Martha, jefe de enfermeras del Hospital de Mobile en Alabama, con sobrepeso, soltera y una falta de cariño más que evidente. Ray es un inmigrante de origen hispano, el típico gigoló que utiliza agencias para citarse con mujeres, aprovechando la situación para robarles. La pareja se conoce gracias a una broma de la mujer que cuida de su madre. La chica se enamora de Ray, pero él no está muy por la labor; tras el engaño inicial, ambos se unirán para escoger a sus víctimas, mujeres solteras y viudas, a las que Ray seduce en primera instancia, haciéndoles creer que se va a casar con ellas, para matarlas posteriormente de forma macabra. Martha, que se hace pasar por su hermana, tendrá que hacer grandes esfuerzos para aguantar los celos y vigilar que su amado no cometa el acto sexual con sus futuras víctimas. Qué tétrico. Antiguamente, las latas se colgaban porque, como sucede en otras muchas tradiciones, se creía que su sonido ahuyentaba a los malos espíritus que podrían enturbiar el futuro feliz de los recién casados. La magia, los ritos, las costumbres, la cultura de los ancestros… viaje de novios, de luna de miel. Y los que en su día no han podido ir, que lo manden todo al carajo, y se vayan unos días de luna de miel, como lo manda la tradición, el amor, y la siempre maravilla de ser joven con ochenta años, o menos…

domingo, 16 de julio de 2017

Noticias: Olvidadas roperías



Las roperías, hoy olvidadas, fueron un elemento fundamental en los tiempos de esplendor de la trashumancia y los rebaños de ovejas, en ellas se hacía posible toda la intendencia, desde hacer el pan , guardar la hierba y enseres... vivir

| MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 16/07/2017
lanuevacronica
  La cabaña real de El Escorial era la propietaria de la \"señorial\" roperíade
 Truébano de Babia que ahora es de un particular. 
En la temporada coincidían varios roperos. Así, que me vengan a la mente ahora, recuerdo a dos que eran de Tejerina, otro de Prioro, y a Faustino, que estuvo varios años y era de Remolina. Además, mi marido estaba allí siempre que hacía falta. Hacía las labores de ayudante del ropero. Debía presentarse los días que se amasaba y cocía el pan. Y la única paga que recibía por ello era un mollete. Por tanto, existía un cargo que pudiéramos llamarle ropero mayor, que sería el encargado directo de fabricar el pan, repartirlo y ocuparse de toda la intendencia de los pastores del rebaño. Y otra función sería la del ropero ayudante, que era mi marido, que sólo atendía el horno durante el verano». La explicación de la mujer del ropero ayudante de Retuerto (seguramente la única que queda en la provincia como tal, con ese nombre) nos da una idea de la importancia de estos edificios que estuvieron sembrados por todas las montañas que recibían sobre todo rebaños trashumantes.

          Parece simple pero abundando en las explicaciones se recuerda que esta de Retuerto (Valdeburón) era la ropería ‘central’ de las cabañas ganaderas de Rojas, la famosa Condesa de Bornos. Esta importante ganadera alquilaba hasta las décadas centrales del pasado siglo más de quince puertos y cuarenta majadas por lo que, explica la buena mujer, «igual se juntaban más de cien pastores que trabajaban para la condesa. Por tanto, el ropero no se aburría al tener que dar de comer a tanto personal». El testimonio de esta mujer de Retuerto está recogido en el libro de vivencias de pastores ‘Las palabras de la soledad’, de Enrique Valdeón, Carlos Martínez Mancebo y José Manuel Regalado.

          Es muy apropiada la descripción de la ropería y los recuerdos de la de Retuerto por ser, por una parte, la que aún permanece aunque sin actividad y, por otra, por haber sido una de las más importantes en una de las comarcas por excelencia de la ganadería de ovino, Valdeburón. La otra sería Babia, también con varios edificios similares al de Retuerto. Las explicaciones de la mujer nos llevan a otros usos de la ropería, al margen de vivir allí el ropero: Tenían allí su dormitorio, un cuarto con una cama. En la misma parte derecha hay un almacén para la harina y también se guardaba la masera y el cedazo para cerner la harina, que se traía desde Tierra de Campos en carros tirados por vacas. El horno estaba nada más entrar a mano derecha», en lo referente al pan. «A mano izquierda se guardaba la sal y cosas de los chozos: cencerros, avíos de las merinas y otras cosas que no se llevaban a los puertos. En la parte alta estaba la tenada para guardar la hierba, pues a las yeguas, que servían para transportar el pan hasta los puertos, había que darles algo de comer. En general bajaban los motriles, haciendo el viaje de ida y el de vuelta en el mismo día».

          Ya está hecho el dibujo de la ropería tipo y los oficios que acarreaba, pero de la importancia de las mismas puede dar otro dato interesante lo que parece una anécdota: «A veces, si el ropero era aparente y tenía ganas de juerga, la cocina servía como lugar de reunión, a modo de hila, y allí acudían los mozos y gentes del pueblo». 

          Señala el experto en ganadería ovina y rebaños Manuel Rodríguez Pascual que las roperías son «ejemplos de una muy interesante serie de edificios que fueron propiedad de grandes ganaderos o instituciones». El propio Jovellanos, en 1792, recogía muchas en sus escritos (aunque confundió a los propietarios de las de Truébano y Quintanilla): «En Babia se apacientan en verano como trescientas mil cabezas de ganado merino, y son del Paular, Guadalupe, Perella, Escorial, Salazar, Sesma, Dusmet, Albas de Salamanca, Muro (Someruelos), Ondátegui (Hospital de Segovia). El Paular tiene su ropería en Truébano, El Escorial en Quintanilla, Guadalupe en Beberino, Sesma en Riolago y Salazar y Ondátegui allí. Fernández Nuñez, en la Mesa, Infantado en Torrestío, Negrete en Valdeburón». A ellas habría que añadir las de la montaña de Riaño, pues el Marqués de Perales tenía en Las Salas, hoy viviendas familiares, y en la comarca de Gordón se conserva la de Beberino, perteneciente al monasterio de Guadalupe, como ‘delata’ un retrato de la Virgen Morena de Guadalupe que se conserva en la fachada de la parte de la ropería que aún se conserva. Estos monjes Jerónimos parece que alquilaban la mayor parte de los puertos de la cercana Tercia. Ya en la ribera del Torío, al lado del puente medieval de Serrilla, podemos ver un centro de turismo rural bautizado como lanuevacronica., rehecho hace pocas décadas. 

          Una más que interesante serie de edificios (hay bastantes más) que nos recuerdan mejores tiempos para lo que fue un motor de nuestra economía, la ganadería ovina.

domingo, 7 de junio de 2020

COLABORACIÓN: La carretilla…


La carretilla de mano que tanto ayudó… Foto: todocolección

Toño Morala. Micro-relato 

Los años pasaban, y en la casa siempre había trabajo a esgalla; que si la cuadra, las tierras, el ordeño, la hierba, enganchar los aperos a las vacas; en fin, que era un trajinar sin parar en todo el día, y menos mal que teníamos la carretilla de mano, que tan pronto se iba a por agua al caño, se llevaba la ropa al río para lavar, las cántaras de leche al punto de recogida… Al principio de la primavera, también se la cargaba de hierba fresca recién segada para los animales más pequeños, la burra, los conejos, las gallinas… hacía mucho avío el tener la carretilla de mano. Y cómo no… aquel día iban montados los tres hermanos pequeños, mientras el mayor les llevaba gustosamente. Las risas no paraban, menuda juerga que se traían los cuatro, hasta que se veía venir que alguno al final caería de la carretilla… y así ocurrió; no pasó nada, pero el abuelo que andaba al acecho, apareció y les montó la de San Quintín… agacharon la cabeza y enfilaron para casa a paso rápido. El abuelo se hizo cargo de la carretilla. Cuando llegó a la casa con cara de pocos amigos, de repente, le dijo al mayor - ¡A ver, llévame a mí en la carretilla…! El medio mozo no se lo podía creer; se pusieron a la faena, le llevaba despacio… - ¡Más rápido hombre! Así lo hizo el mozalbete, y fue todo un empezar de risas del abuelo y con las mismas, contagió al mozo. Cuando pararon, el abuelo tiró de un refrescante chorro de agua del botijo, y les dijo… - ¡Nunca había montado en carretilla de mano...! En los años de niñez del abuelo, no tenía carretilla casi nadie en las casas. La burra, era la gran aliada para esas faenas. 

martes, 10 de enero de 2017

NOTICIA: Así se gobernaban los pueblos

El rescate y edición de las Ordenanzas de Abelgas de Luna prueban cómo el concejo regulaba antaño cada detalle de la vida cotidiana y el uso racional de los recursos.

El viejo crucero ubicado junto a la puerta de la iglesia.
- club xeitu

E. GANCEDO | LEÓN
diariodeleon.es
Cómo y cuándo se podía cortar leña del monte. Cuánto debía pagar el infractor o aquel que prendiese fuego sin causa justificada. Qué ganado componía cada vecera y quién debía hacerse cargo de ellas. De qué tipo de impuestos estaban libres los ‘pobres de solemnidad’ y cómo podían ayudarles el resto de los vecinos...

Las ordenanzas de Abelgas de Luna constituyen, y lo dice el autor del libro, «un material inédito y un interesantísimo ejemplo de ordenamiento concejil en la Montaña Occidental durante el siglo XVIII». Pablo García Cañón, natural de Salientes, licenciado en Geografía e Historia y profesor del IES Obispo Argüelles de Villablino, ha sido el encargado de redactar el estudio previo y de transcribir estas antiguas leyes a partir de documentos rescatados por el Club Cultural Xeitu para producir un libro (tercero de los Breviarios del Cuvachín) que da buena cuenta de cómo se han venido organizando por sí mismos nuestros pueblos antes de la llegada de la modernidad.

Sin partidos políticos y mediante usos asentados en el perfecto conocimiento del terreno, la localidad montañesa regulaba —entre todos los vecinos y con ayuda de derecho consuetudinario a veces puesto por escrito tal y como revela este libro— cada brizna de hierba y cada porción de terreno fértil para procurar el más perfecto equilibro entre presencia humana y equilibrio natural. De este modo, las ordenanzas «por las que se rige y gobierna la villa de Abelgas, concejo del mismo nombre, Montañas del Reino de León» —como reza el texto original— «constituyen una fuente histórica y documental de gran valor que nos permiten conocer en profundidade los numerosos parámetros sociales y económicos que rigieron aquellas sociedades campesinas del occidente astur-leonés en el Antiguo Régimen», continúa en el estudio preliminar Pablo García Cañón.

En concreto, el volumen recupera el concejo general, reunido a toque de campana, celebrado en Abelgas el 30 de diciembre de 1759, estando presentes el juez ordinario (Juan Álvarez de Omaña), el síndico general (Pedro Álvarez), el escribano (Baltasar Alejo Flórez), dos regidores (Domingo Álvarez y Manuel Álvarez) y otros tantos vecinos, quienes acuerdan encargar a Andrés Álvarez y Francisco Álvarez Melcón que procedan a redactar las ordenanzas, «por ser ambas personas de la más satisfación e inteligencia». Posteriormente, este cuerpo legislativo, como repasa García Cañón, «debía ser refrendado por los vecinos en concejo». Se suceden a continuación 85 capítulos en los que se regulan «con una meticulosidad y casuística abrumadora, aspectos diversos del comportamiento de una comunidad en los múltiples campos de la vida cotidiana».

De la vecera al monte

Veamos unas muestras. Si el lector se fija en las veceras, comprobará que en Abelgas había, al menos en esa época, «vecera de vacas, añojos, yeguas, cabras, ovejas, carneros, machos cabríos, corderos machos y lechones, quedando exento de vecera los gochos, el caballo de silla del párroco, un caballo padre, los toros destinados a cubrición, un verrón y las dos reses que se le concedían al vecino que tenía el perro mastín».

O por ejemplo los pastos, como las boerizas, que eran los de mejor calidad, allí donde pastaban los bueyes de labor. En las ordenanzas existen normas muy detalladas «de su acotamiento, de las fechas a partir de las cuales esta clase de ganado puede pastar en esos lugares y de otras cuestiones —narra el autor—. Por ejemplo, se establece que los bueyes puedan entrar en las boerizas a partir del día de Nuestra Señora de Septiembre; sin embargo, la normativa prohíbe bajo fuertes penas pecuniarias la introducción de otra clase de ganado, tanto de la villa como foráneo, salvo los toros ya capados, y esto sería del ocho de septiembre en adelante».

Especial cuidado observan estas leyes a la hora de mantener en buen estado los montes: «Se sanciona a las personas que incendien el bosque y se establecen cotos de madera en los que ésta no se puede coger sino es con permiso expreso del concejo», ejemplifica García Cañón, haciendo ver que las disposiciones forestales giran en torno a dos preceptos: potenciar la plantación de masas arbóreas y promover su conservación. Se obliga a los vecinos a plantar al menos tres plantas de álamo o de otra especie cada año, penaliza la deforestación incontrolada y los incendios, etc. Sin embargo, en ciertos parajes «se autorizaba talar madera cuando se construyese una casa nueva, para arreglar alguna que corriese peligro o por extrema necesidad». Todo, así pues, bien razonado y explicitado.

El arriendo de los puertos a los rebaños trashumantes de ovejas merinas (que anualmente rendían a Abelgas la nada desdeñable cantidad de 12.750 reales de vellón), el vino (la única taberna del pueblo no podía quedarse sin suministro más de ocho días y no podía negar la venta de vino a nadie, excepto pasada la medianoche) son otros asuntos de los muchos incluidos, algunos de ellos tan curiosos como el hecho de no permitirse en la villa la presencia simultánea de más de dos mastinas, para evitar así que los machos abandonasen sus lugares de vigilancia y se enzarzasen en peleas durante la época de celo. Además de eso, se penalizaba sabiamente «a todo aquel vecino o forastero que de cualquier forma maltratase a estos animales».

sábado, 25 de agosto de 2018

NOTICIA: Nava a Nano, un recuerdo para un caballero

Luis Bayón, el organizador; Felipe León, el exluchador Porfirio Bayón y Luis
Pedro, hijo de Nano, en La Panera que acoge la muestra sobre Nano Urdiales.

lanuevacronica.com
Fulgencio Fernández | 22/08/2018

LUCHA LEONESA Nava de los Caballeros rinde homenaje con una exposición al más grande luchador de la localidad, Nano Urdiales, ‘El caballero’.

Bien parecía que el nombre del pueblo estuviera hecho para componer el apodo del más grande luchador que en él nacio. Así Nava de los Caballeros, que éste es el lugar, pasó a formar parte de esos apodos que en la lucha dicen tanto en Eutiquiano Urdiales, a quien la megafonía de la época anunciaba como Nano Urdiales, El caballero de Nava de los Caballeros. Porque si algo fue Nano, además de uno de los más grandes de este deporte, fue un caballero sobre la hierba de los corros.

Y eso es lo que le quisieron reconocer en el pueblo donde nació en 1926 a Nano Urdiales con una entrañable exposicón de fotografías, póster, recuerdos, recortes de prensa, que se inauguró el pasado domingo por la mañana a continuación de un corro de lucha de base y femenina que sirvió de prólogo a unos emotivos momentos, con la familia de Nano presente y ex luchadores que pudieron glosar al Caballero, gente como Felipe León o Porfirio Bayón, su paisano. 

Son muchos los recuerdos que se recogen y rememoran en esas fotos y en esos recortes pues Nano fue uno de los luchadores que se mantuvo en activo hasta una edad más avanzada, ya tenía 45 años cuando se retiró en 1971 y unos meses antes de hacerlo había derrotado en Lillo a un chaval que entonces empezaba y que marcaría la siguiente época en la lucha leonesa: Bernardo Álvarez, Nardi el de Villarmún. Muchas veces lo ha contado el derrotado: «Fui un poco sobrado y ni miré para él cuando vi a un paisano ya mayor... menudo paisano, cuando me di cuenta me había enroscado como una chaqueta».

Mil títulos y mil recuerdos, desde que con 15 años ganó 75 pesetas en Sahechores por ser el que más rivales tiró; la memoria de aquel combate en 1945 con Benitín el de Las Salas cuando ganó un reloj de pulsera, y que guardaba en casa «aunque ya no anda»... Por esos recortes andan sus rivales: Felipe, Cayo, Celerino, Orestes, Miguelín, Lavín, León Rodríguez...

Para saber de la nobleza de Nano hay que decir que cuando le contabas lo de Bernardo en Lillo siempre añadía: «Ya, pero al día siguiente me dio dos costaladas en Mansilla... Era muy bueno».

Nano siempre hablaba de lo buenos que eran los demás. El Caballero.

jueves, 27 de octubre de 2016

COLABORACIÓN: ES TEMPORADA DE SETAS…

De cardo, boletus, senderilla, San Jorge, níscalo…

"El mejor setero no es el que llega a casa con más cestas llenas, sino aquél que después de salir del bosque, no deja ningún resto o huella visible de su estancia"

Autor: Toño Morala

En el año 1961 ya se comercializaban setas en Castilla y León.
Hoy el otoño trae y tiene setas, muchas setas. Ya es temporada de setas, y andan los seteros con las cestas abiertas y navaja encorvados y con trajes de agua y botas cuando llueve. Ya les ves de lejos, mirando al suelo de tierra y poca hierba y matojos. Pero eso sí, hay que tener mucho cuidado y saber bastante de micología, esa ciencia que estudia setas y hongos; no se pueden coger a la ligera sin tener ni idea salvo que le metas a la barriga un buen susto lleno de retortijones y demás, e incluso la terrible muerte envenenado por las malas setas no comestibles. De ahí la necesidad de ante cualquier duda ponerse en contacto con las buenas gentes de asociaciones seteras y micológicas para que den su opinión sobre si son comestibles las recogidas en los buenos campos de nuestra provincia. León es un sitio magnífico para la recolección de estos manjares tan apreciados por los buenos paladares y gourmets. Hay buenos pinares y campos para las diferentes especies de hongos. El tiempo cuando acompaña, es un gran aliado para que nazcan sin ningún problema; algunos asocian la luna con el nacimiento y mejora del crecimiento de setas. Algo habrá cuando los entendidos hablan y comentan al respecto. “Con luna creciente cesto menguante, con luna menguante cesto abundante”, dice el refranero popular. 

Boletus de álamo a  esgalla, más de 50 kg.

Desde el inicio de los tiempos, los hongos y el hombre han ido evolucionando conjuntamente a lo largo de la vida. Los hongos han sido utilizados como alimentos, como elementos transformadores de los mismos, para la cura de enfermedades e incluso se han utilizado como sustancias alucinógenas en fiestas y ceremonias religiosas. Procedentes de las culturas prehistóricas han aparecido vestigios donde ya los pobladores europeos empleaban los hongos y setas. Los restos arqueológicos descubiertos han permitido rescatar de sus ropas y vestimentas, hongos secos utilizados como base para encender fuego y como alimentos propios, tal es el caso del hombre primitivo hallado congelado en los Alpes Suizos. Los relatos procedentes de la civilización Micénica hace unos 3.500 años, indican que su propio nombre puede deberse a una seta. Los egipcios ya tenían en cuenta a los hongos y podrían haberse utilizados con fines rituales, como así lo demuestra una pintura mural egipcia de la tumba del faraón Amenemhet que data de 1450 a. C. y también recogidos en forma molida en vasijas de las tumbas faraónicas, donde se les suponen fines curativos para realizar el gran viaje del muerto hacia la otra vida. Así mismo, producían pan y cerveza, en los que sus procesos de fermentación eran consecuencia de la intervención de hongos microscópicos. 

Riquísimos boletus y vadinias.

El naturalista romano Plinio el Viejo, establece en sus escritos las primeras normas para distinguir los hongos comestibles de los venenosos. Durante la Edad Media, como consecuencia de la enorme influencia religiosa, los conocimientos procedentes de los naturalistas griegos y romanos pasaron al olvido. Esta característica produjo un enorme retraso en el conocimiento de los hongos y aunque no se produjo ningún avance significativo en su conocimiento, sin embargo estuvieron muy presentes en la vida medieval. Su consumo además se vio afectado al aparecer el hongo parásito de los cereales (Claviceps purpúrea).

Una  cesta de Boletus reticulatus  y pinicula.

Una buena y correcta limpieza es fundamental. Si la riqueza y peculiaridad de aromas, sabores y texturas que poseen es lo que hace que las setas se consideren un manjar apetecible, las setas que más se han conseguido reproducir con éxito son los Champiñones (Agaricus bisporum) desde hace 100 años; el Pleorotus ostreatus (la seta “gris” de los supermercados), el Agrocibe Aegerita (seta de chopo) y en China y Japón el Shitake (Lentinus) que desde más de 200 años se consigue cultivar. A la hora de escoger los ejemplares para conservar hay que tener presentes algunas cosas; es necesario utilizar ejemplares jóvenes y no parasitados; debemos escaldarlos siempre al menos durante 5 minutos en agua hirviendo. Si se quieren setas congeladas en casa (las industriales es otro tema), esta forma de conservar se puede realizar de dos maneras, con las setas “al natural” o congelando las setas ya cocinadas. Hay que saber que las setas con láminas quedan algo peor y que no debemos de congelar las setas en crudo, y menos lavarlas, ya que al descongelarse se convertirán en una masa gelatinosa. En caso de querer congelar al natural, debemos escaldarlas, secarlas muy bien, y guardarlas en bolsas o recipientes especiales para congelador. Cuando congelemos setas cocinadas, debemos de hacerlo inmediatamente después de su preparación (una vez frías) y en un buen congelador.

Unas buenas setas


 Setas secas; aquí hay que hablar de nuestro gran amigo Simón López Quero, que allá en Valcuende las recoge y cuelga… no todas las setas valen para secarse. Hay que escoger setas que no sean parasitables (Rebozuelo; Marasmius; Colmenillas, Boletus en lonchas…). Si las setas no son muy gruesas las secaremos enteras, sino las laminaremos. El proceso de secado se puede realizar ensartando o atando las setas con hilo y colgándolas, o bien extendiéndolas sobre un papel de periódico o de embalar. En ambos casos hay que hacerlo en lugar seco y aireado. Una vez secas las podemos guardar en bolsas o tarros bien cerrados o bien molerlas para hacer polvo de setas, óptimo para condimentar guiso o sopas. Las setas secas hay que consumirlas en el año si no se ponen rancias. Estas son algunas de las setas comestibles que podemos encontrar por nuestra provincia: Boleto del pino, Bola de nieve, Champiñón, Hongo comestible, Matamoscas, Níscalo, Parasol, Pie azul, Seta de caña, Seta de chopo negra, Seta de los caballeros, Perrochico o Seta de San Jorge, Seta blanca de chopo, Seta de cardo, Senderilla....  Consejos; ante la mínima duda, no la coja. Si no está seguro de que es comestible, déjela o si la ha cogido tírela. No consuma las setas fermentadas, incluso las comestibles, podrían ser indigestas.

Setas de cardo

 No recoja todas las setas, deje siempre algunas para que así se dispersen sus esporas, y en los próximos años siga habiendo setas. Cortar las setas con navaja. No las arranque para no estropear el micelio subterráneo que en la próxima temporada dará más setas. No usar recipientes cerrados, utilizar cestas de mimbre abiertos (si tienen agujeros mejor) porque así reciben el aire y no fermentan tan rápidamente. Nunca utilice bolsas de plástico. Algunos de los buenos cocineros han puntuado de esta manera a las diferentes clases de setas; ponemos algunos ejemplos: Amanita cesaria (8-10), Agaricus campester (7-10), Boletus aereus (8-10), Boletus pinicola (8-10), Boletus reticulatus (8-10), Cantharellus cibarius (6-10), Coprinus comatus (6-10), Lactarius snguifluus (7-10), Macroepiota procera (8-10), Russula cyanoxanta (8-10), Tricholoma portentosum (8-10)… y así hasta un buen montón de setas riquísimas para cocinar de mil y una de maneras. 
Qué se puede decir…
 Boletus Pinicula.
                                             



Un ejemplar de Macrolepiota.













Y ahora tenemos que hablar de este gran amigo, Ángel Pescador; setero, gran cocinero y mejor persona, y que nos pone siempre de tapas en su taberna de Mansilla, desde buenísimas tortillas de patatas, cebolla y varias clases de boletus, ensaladas varias en crudo con manzana, kiwi, e incluso con melocotones de su propia cosecha. Unos revueltos de setas varias con huevo a la plancha que quita el hipo a un dinosaurio, y varios guisotes con setas como ingrediente principal, y eso sí, siempre frescas, pues se levanta pronto y se marcha a ellas, y es muy difícil que venga de vacío; de esa manera, casi siempre tiene algo bueno que ofrecer y además muy abundante. A las buenas setas… “A la plancha o revueltas, son una caricia que el paladar aprecia. Delicado manjar de carne carnosa… un emparedado de Macrolepiota. Guisadas con patatas o gratinadas con puerros, espero que te gusten. ¡Y buen provecho!”.

Otra buena cesta de setas de San Jorge.

martes, 30 de enero de 2018

COLABORACIÓN: EL ORUJO

ALQUITARAS Y ALAMBIQUES; LA RAZÓN DE SER DEL ORUJO...
ORUJEROS, CAÑEROS Y POTEIROS, LOS ALQUIMISTAS DEL HOLLEJO DE LA UVA… LOS RITOS DEL AGUA DE FUEGO


Alquitara para destilar orujo.

El orujo saliendo de las alquitaras…
Autor: Toño Morala
Aquí hay mucha chapa cortada y remachada; más tarde soldada y con junta de barro… escribir sobre la ancestral forma de destilar orujos y licores espirituosos para ayudar a llevar mejor la vida tiene su aquel; demasiadas palabras que significan más o menos lo mismo, demasiadas maneras de preparar los licores para, tan pronto sirvan para calmar la dura vida en su proporción justa o, bien, para ayudar en muchos casos a la salud. Aquella salud que no estaba a prueba de nada y, mucho menos a prueba de la pobreza y sus graves consecuencias. 
Los alquimistas de la sabiduría popular tuvieron durante siglos, las fórmulas guardadas que pasaban de padres a hijos y al espíritu santo, nunca mejor dicho. Tales espirituosos salían de la cocción en potas de cobre y chapa, tan pronto remachadas por hojalateros de calle y taller en los soportales de la vida. 

Vieja manera de extraer orujo con alquitara  muy tradicional.

Más tarde, se soldaban para que tuvieran menos pérdidas tanto de calor como de presión. Las connotaciones rituales y mágicas de aquellas pócimas sanadoras del cuerpo y del alma están arraigadas en los mismos orígenes de la civilización. Todavía uno recuerda aquella sana costumbre de los abuelos cuando iban al tajo, bien al campo, a la mina… “La Parva”, hasta el nombre tiene esa belleza que las palabras del pueblo llano y sencillo han ido alumbrando con el paso de los años. Pues bien, la cuestión era que con el desayuno y, al finalizar el mismo, con un trozo de pan se metía entre espalda y garganta un trago de orujo para que calmara la rabia, el frío y, a veces, la tristeza de aquellos inviernos de mirada helada y noches de aullidos del viento.
 La "parva", un pequeño trago de orujo que,  en los días
 invernales, venía muy bien.
De esos orujos sale el aguardiente obtenido por destilación de los sobrantes del pisado de la uva, las partes sólidas de la vendimia que no tienen aprovechamiento en la previa elaboración del vino… hollejo se denomina en varias partes o comarcas, en otras, borra, bagazo... La técnica de elaboración aparentemente es sencilla, pero tiene su intríngulis y su forma de hacer con lentitud, maestría y paciencia. Con la destilación de orujos no se pretende una simple extracción de alcohol, sino más bien una extracción fina y selectiva de los componentes aromáticos contenidos en los orujos, mediante la concentración del alcohol y con el adecuado obtener una bebida placentera para los sentidos, respetuosa con una tradición y una cultura, y que defina en sus características la personalidad diferenciada de la materia prima de la que procede.
Cestas con el hollejo para echar en el alambique.

Aguardiente: con los restos de la uva, éste se metía en el alambique o alquitara, se echaba un cántaro de agua y se ponía al fuego hasta que hervía; la parte de arriba del alambique tenía una especie de cabeza donde se ponía agua, que cuando estaba muy caliente se cambiaba por fría; entonces por el cambio de temperatura caía el vapor de agua convertido en aguardiente por un tubo que iba desde la cabeza a otro recipiente; esta operación duraba unas dos horas y la cantidad de aguardiente que salía era variable, dependiendo del tamaño de la alquitara, que solía ser de unos cinco litros; el alambique era más industrial.
Alambique más industrial
Su fabricación es tradicional de las zonas gallegas y del Bierzo, el sur de León, y en la comarca de los picos de Europa, en Potes (Cantabria), entre otras muchas comarcas. Su forma de fabricación puede ser destilada en alambiques o alquitaras. El sistema es muy parecido siendo este último más lento y artesanal. La técnica y el arte de la destilación consisten en regular el aporte externo de energía (calor), para conseguir un ritmo de destilación lento y constante, que permita la aparición de los componentes aromáticos deseados en los momentos adecuados. En algunas comarcas, la obtención del aguardiente de orujo de ollejo de uva tenía esa parte ambulante de los “cañeros”, hombres de la zona del sur de Lugo que llegaban con sus potas en caballerias a pueblos, aldeas y barrios del Bierzo, y por turno, iban quemando en sus inventos para destilar el preciado aguardiente.

Destilando lentamente, gota a gota, lágrimas para hechizar…
En el Bierzo, los abuelos acondicionaban el “alpendre” (lugar techado donde se guardan aperos de labranza, animales, leña…) y para ello hacían una especie de cortina para que no entrara el frío, se hacía el sitio para colocar la pota, se colocaba en el suelo que, generalmente era de tierra y se hacía un pequeño agujero donde se hacía la lumbre y encima iba la pota. El agujero se tapaba y quedaba para el año siguiente; días antes se traía una buena carga de leños grandes para el fuego. El “cañero” se quedaba mínimo una semana, dependía de los vecinos que habitaban los pueblos; y según las potadas (cada vez que se llena y se vacía es una potada). El “cañero” dormía en el alpendre, un espacio con pajas de maíz secas y colocaba el jergón encima.

Alquitara convencional con lumbre en el suelo…

El fuego no se podía apagar y menos mientras se estaba destilando. Se tardaba de 4 a 6 horas en cada destilado, manteniendo la temperatura; además había que ayudarle a cargar y a descargar todo el proceso y, a la hora que fuese, pues venían generalmente sólos. Ayudaba también el banco de la matanza para hacer trasiegos y otras labores. El vecino que ese día le tocaba hacer “orujo” era el encargado de alimentar al “cañero”, al turno del desayuno… había que llevárselo, pero si a la hora de comer ya estaba laborando con la vecina, en otra casa, la vecina le traía la comida y el vino. Y así todos los días que se quedaba. Lo interesante era por las noches cuando se reunían todos los vecinos en el “alpendre” y empezaban a contar batallas de juventud… en esos días se asaban castañas al lado de la pota y, las abuelas, era cuando más pan horneaban en el horno de leña. Hacían unos panes de maíz con arenques de muerte lenta; pero si el “cañero” era de paladar fino, pues no le servía cualquier comida y protestaba… las abuelas no se complicaban y les hacían cocido y el “cañero” encantado. Los mayores se acercaban con un vaso a aquel palo donde caía aquella “agua” y bebían.

Diferentes hierbas para dar sabor y color al orujo…
En la elaboración del aguardiente de hierbas, se empleaban un mínimo de tres especies de plantas. Se permite el uso de cualquier especie apta para uso alimentario, entre las que se citan, por ser de uso más tradicional, las siguientes: menta, manzanilla, hierba luisa, romero, orégano, tomillo, cilantro, azahar, hinojo, regaliz, nuez moscada y canela. La elaboración podrá ser por maceración de las hierbas, por destilación en presencia de las mismas o por una combinación de ambos métodos.
Impartiendo la paciencia del saber hacer orujo para las penas 
y las alegrías.
Los destiladores tradicionales (poteiros, cañeros) recurrían a procedimientos artesanales para determinar el destilado aprovechable; agitaban una muestra en un vaso para observar la persistencia de las burbujas y lo frotaban entre las palmas de las manos valorando el olor. Aún admitiendo que la experiencia y destreza de los poteiros les permite alcanzar un notable grado de exactitud, dicen los expertos que parece más correcto, medir con alcohómetro las graduaciones de salida, para separar correctamente, cabezas, corazones y colas. El porcentaje promedio por una uva de buena calidad lo consideran los expertos en un compuesto de un 28% de raspones, 40% de hollejos, 30% de pepitas, 2% de otros elementos. El orujo se ha de conservar un tiempo para que los azúcares que contienen se trasformen en alcohol, también el excesivo prensado de las uvas influye sobre el rendimiento y la calidad de la destilación. La ruptura de las pepitas, ricas en aceite, puede trasmitir aroma y gusto a rancio. 
El alambique...
El alambique es el sistema de destilación más utilizado. Da mejores rendimientos técnicos que la alquitara, con calidades no inferiores y a veces superiores. Es una considerable mejora técnica sobre la alquitara, al separar las fases de vaporización y condensación, lo que permite un mayor control del proceso. Al igual que en la alquitara, el condensador refrigerante lleva dos orificios de entrada y salida de agua (grifo), que se mueve a contracorriente de los vapores en el serpentín. En ciertas regiones como Galicia (tampoco León se queda a la zaga) es de uso muy común entre los labradores, dando lugar a las célebres queimadas nocturnas, extendidas después junto con los “conxuros” que las acompañan; se celebran con gran afluencia de público en fiestas en honor a esta bebida milenaria. Y recuerden… “vino, orujo y piqueta… todo lo da la cepa”.

Alambique de columna.

viernes, 26 de febrero de 2021

La trucha

 

ALEJANDRO SANTOS FUENTES (MÁS QUE PÁJAROS S.L.)

BEATRIZ BLANCO-FONTAO | MÁS QUE PÁJAROS SL
diariodeleon.es
Nadie cruza el puente de los Campos de Lugueros sin echar un ojo, especialmente ahora que ya se ve a las truchas fregar. Unos años sin pesca con muerte en los tramos libres y ya parece que se ven los frutos. Veo, al menos 6 truchas, tres de ellas hermosas, que compiten por la posición mientras limpian y ateclan su porción del lecho del río y no puedo evitar la sonrisa de la emoción de descubrirlas. Todas ellas, hembras. Volvieron las aguas a su curso, limpias y frías, oxigenadas en un lecho cambiante, justo lo que necesitan las truchas, que así, reciben la señal que marca el arranque de su estación reproductiva.
 La freza, friega en la montaña, es la preparación para la fecundación externa de la trucha común Salmo trutta: las hembras golpean con la cola un trocito del lecho del río para limpiarlo de verdín, fieles año tras año al mismo sitio, un lecho de grava donde depositan miles de huevos que, acto seguido, son regados con el esperma de uno o varios machos. Unos pocos de esos alevines fruto de la fecundación, llegarán a adultos. León no tiene costa pero tiene muchas orillas, los ríos vertebran la geografía de la provincia, nombran las comarcas y los pueblos, conforman el paisaje y dan carácter a los valles, a las riberas y a las montañas. Más de 3000 km de orillas, más del doble de km que km de costa tiene Galicia entera y, en ellos, el pez de agua dulce por excelencia, la trucha común. Más de 3000 km de ríos trucheros, se dice pronto. Y en los puentes que comunican orillas en esos ríos, los paisanos buscándolas en las horas muertas de las mañanas soleadas.

Los puntos del lomo, negros, grandes y muchas veces rodeados de una areola más clarina nos ayudan a diferenciar a la autóctona, de la arco iris Onchorrynchus mykiss, traída de otras latitudes, con los puntos más pequeños, sin areola y con el lomo iridiscente que le da el nombre. En los cauces más fríos, rápidos y oxigenados, aguas arriba de esa línea que une riberas y montaña, sólo vamos a encontrar estas dos especies de peces soportando las corrientes.


En otros tiempos, no muy lejanos, las truchas fueron una de las principales fuentes de proteína que ayudó a sacar familias adelante en los pueblos de las orillas. Sólo con nombrarla, la trucha evoca pescatas épicas en la tradición oral de estos paisajes. La maña y el ingenio rondaban desde la pesca a mano en las calas o usando el tenedor, hasta el uso de butrones y nasas o los envenenamientos a base de una hierba cunetera, el gordolobo Verbascum pulverulentum , o lejía y electricidad, en los peores casos. Nada muy convencional y más bien alejado de la imagen de pescador de caña con todos los posibles accesorios. La presión pesquera fue alta en ese momento, y también años después cuando los pescadores estilo Jara y Sedal poblaban todos los recodos de los ríos. Hoy, nuestros ríos y nuestras truchas no se pueden permitir esa presión de pesca, los cambios en los cauces, en la temperatura del agua y los efectos de la sobreexplotación han mermado las poblaciones y no, los cormoranes y las nutrias, a los que es muy fácil echar la culpa para evitar nuestras propias responsabilidades. Como en muchos casos, las repoblaciones, y otras medidas de conservación intervencionistas no tienen el éxito que tiene la simple no intervención, la veda, en la recuperación de las poblaciones.

Aguas abajo, en Villabúrbula, ribera del Porma, un pescador sonríe mientras libera una trucha que pesó 2kg ante la mirada atenta y escondida de la nutria con la que comparte aguas y corrientes. Parece que algo está cambiando en los ríos de León, y parece que por ahora es un poco a mejor.

domingo, 25 de agosto de 2013

NOTICIA: Violeta se va a los puertos

Una paramesa es la única mujer que hace la trasterminancia entre la ribera y la montaña de Luna con su rebaño merino.

diariodeleon.es
ana gaitero | abelgas de luna 25/08/2013
Violeta Alegre pastorea las ovejas en el puerto pirenaico de Fueyo del Agua
 desde mediados de julio a primeros de septiembre. Es la única mujer entre casi
cincuenta pastores trasterminantes en la provincia.
ramiro

Si para ser pastor hay que haber nacido entre las ovejas, Violeta Alegre es una excepción. «Las ovejas me entraron con el matrimonio», comenta la mujer, que pastorea en un puerto pirenaico con el rebaño de merinas, en su mayoría negras, otra excepción, que cada año suben al puerto de Abelgas de Luna ‘a pastar’ el verano.
Vienen desde el Páramo, la tierra de Violeta. La única mujer que hace la trasterminancia en León emparentó con el linaje de los trashumantes al casarse con el luniego Gregorio Fidalgo. Ahora las ovejas son «mi oficio y mi medio de vida», afirma. Cuando su padre la veía atender a las ovejas en la majada en la época de la paridera recuerda que le decía: «¡Ay, hija! Este no es trabajo de mujeres pero tú estás hecha de otra pasta».
Violeta Alegre está al frente, a partes iguales con su marido, de Fial. Y no es por las capitulaciones matrimoniales ni el acuerdo de bienes gananciales. Son la única pareja del campo leonés que se ha acogido a la titularidad compartida. Otra excepción.
En los primeros tiempos, ella no subía sola a la montaña con las ovejas. Pero desde hace diez años es la pastora principal del rebaño en el puerto de Foyo del Agua, de Abelgas de Luna. «Gregorio se queda abajo, en San Pelayo, para la paridera», explica. Es un trabajo «más duro», sobre todo cuando se tiene la espalda tocada por alguna lesión, como le sucede a ella. Lo dice mientras conduce el todoterreno con el que se acerca cada mañana a la majada, como si manejar un rebaño por el puerto fuera coser y cantar. «Al principio subía andando y sin conocer con mucho miedo a lo desconocido y a la soledad», admite.
Tasio, su suegro, hizo de guía. «Me ayudó mucho. Se sentaba en aquella pared y, a voces, me decía: ‘Ponte por encima de ellas (las ovejas) que te tiran las piedras encima». Ahora el hombre, cerca de los 80 años, sube con ella en el coche un trecho del camino y baja andando hasta el pueblo. Ya no puede llegar hasta arriba, como hizo toda la vida. Pesan los años. Violeta Alegre silba de diferentes maneras. Es la manera de hablar a las ovejas. «Depende del sonido, saben para dónde ir. Con los dedos lo asimilan al perro», explica.
No se queda a dormir en el puerto, como todavía acostumbran algunos pastores trahumantes y, sobre todo, trasterminantes (los que trashuman desde la ribera o desde los páramos a la montaña a menos de 100 kilómetros), que son los que más abundan.
«De recién casados dormíamos en el chozo de La Cueta», en Babia, en las fuentes del Sil, a donde subían entonces sus ovejas Gregorio y Violeta. El chozo de Foyo del Agua está a 1.500 metros de altitud. Ella baja todas las noches a dormir a la casa de su suegra en Abelgas de Luna. Pero aunque quisiera pernoctar en el chozo, sería poco agradable y menos cómodo. «Mira cómo está. No tiene condiciones y teniendo casa a dónde ir...».
El chozo es un casetuco de hormigón pintado de blanco por fuera y lleno de pintadas que han dejado el testimonio de encuentros seguramente memorables. Está sucio y ella sólo lo utiliza para dejar algunas prendas y utensilios de la majada. El caseto forma parte del puerto pirenaico por el que Fial, la empresa del matrimonio, paga más de 1.000 euros al año por el aprovechamiento de cinco meses. «Dos meses son para que la hierba se regenere», explica.
El matrimonio ha pedido a la Junta Vecinal que acondicione el chozo. «No es pedir lujos porque todos los demás puertos del pueblo tienen chozo y corral cerrado con bloques, no como el nuestro», se queja el marido.
Violeta Alegre y Gregorio Fidalgo inician la trasterminancia a finales de abril. Primero sale el rebaño que pasa el invierno en Soto de la Vega para reunirse en el mismo día con las ovejas que duermen en San Pelayo. En media jornada recorren este pequeño camino.
En dos días de camino, ambos hatajos surcan la distancia hasta Las Omañas y Lago de Omaña, pueblo en el que pastan hasta mediados de julio. La pasada primavera, el rebaño salió rumbo al puerto de Abelgas el 21 de julio. Este camino lo hicieron en una sola jornada. «Las ovejas nuestras andan mucho», comenta la pastora. Un año se juntaron con otro rebaño que también se enfilaba hacia la montaña y «al poco tiempo las dejamos atrás».
La mayoría de las ovejas son de raza merina negra, una especie en peligro de extinción. Apenas quedan un millar en España y el hatajo más grande es el de León. Suman cerca de 400, una tercera parte de todo el rebaño. Antiguamente se utilizaba su lana para hacer capas, mantas y alfombras y era más abundante la negra que la merina blanca. «Pero no admite tintes y no era muy apreciada», apunta la Asociación Nacional de Criadores de Ganado Merino.
Violeta abre la cancilla de la majada y se mete entre el rebaño para comenzar la jornada. La luz es intensa y apenas se distinguen negras de blancas. Hasta que empiezan a salir al campo. En la mochila lleva comida para todo el día, su botella de agua y una bolsa colgando de la que saca un paño bordado. La primera parada la hace, sobre las diez de la mañana, a la sombra de un cerezo, para almorzar. Los perros se arriman tanto que a veces no le dejan ni sitio. Lleva once, diez mastines y un carea, para guardar el ganado. Son su compañía. La soledad es lo que peor lleva. «En tiempos de mi suegra las mujeres también subían a guardar ovejas y vacas, pero solían ir de dos en dos».
Las paradas para comer son uno de los entretenimientos. «Engordo dos kilos todos los años porque como y porque mi suegra me hace unos bizcochos buenísimos». El día, de sol a sol, da para mucho. «Llevo un mes y medio haciendo punto de cruz, sin leer y sin oír la radio apenas porque aquí se coge muy mal», explica.
De vez en cuando sintoniza la emisora pública, Radio Nacional de España, y cuando sale de las zonas de ‘sombra’ y encuentra la señal «wasapeo y cuelgo fotos en el facebook, hablo con mis hijas o llamo a Pepe el pastor, que es el que tengo más cerca», explica.
«Me hablo mucho con los otros pastores. Con las mujeres apenas tengo trato. Muchas me dicen que ellas no aguantarían este trabajo», apunta. Son ellos los que salen al campo con los rebaños. Violeta Alegre desempeña un trabajo de hombres pero se siente igual de capacitada para estar el monte que cualquiera. «Aquí me jubilaré, sí», admite.
Tormentas y lobos
Lo que peor lleva son las tormentas. «En las montañas el ruido se magnifica y como chillo y lloro, los perros se acercan a mí, lo cual dicen que no es bueno porque atraen la electricidad», cuenta. Se acurrucan y esperan a que pase. Si hay cobertura responde a las llamadas de las amigas: «¿Cómo vas?», le preguntan. «Reza a San Antonio», le dicen. Pero ella le tiene más devoción a Santa Bárbara.
También se las ha visto con el lobo. No se dio cuenta. Vio que el rebaño estaba cortado, unas pocas ovejas se quedaron apartadas y no pudo recogerlas. «Tenía la opción de irme con las 700 o ir a buscar esas pocas y estaba claro lo que tenía que hacer», explica. A la mañana siguiente, otro ganadero le advirtió: «Tienes el lobo metido con ellas». Y así era. Le destrozó unas cuantas. Y bautizó aquel lugar con el nombre de la Lobera.
Después de diez años en los puertos ya está hecha a esta vida en verano. ¿Y las vacaciones? «Me tomo una semana en mayo», apunta. Y se dedica a limpiar su casa y la que tienen en Lago de Omaña para la primavera. Hace años que sólo viaja a través de los libros o por asuntos de urgencia.
Tiene dos hijas que estudian en la universidad y no cree que sigan su camino, aunque una de ellas ayuda mucho con el hatajo que quedó en San Pelayo. «Están acostumbradas. Eran pequeñinas y las llevaba a la majada», cuenta Violeta.
Una entre cincuenta
Embarazada de Marta, la menor, estuvo guardando las ovejas hasta los siete meses. «El parto fue estupendo. Salió enseguida y yo misma la cogí en brazos», añade. Quizá por eso es la que más apego tiene al ganado. Pero no tanto como para convertirlo en su oficio. La mayor, Yaiza, suele decirle que «tanta calma le estresa». A ella, en cambio, los paisajes de la montaña «me relajan mucho».
Cae el sol y regresa a la majada. Una jornada más y pronto llegará septiembre. Pasando el 15 de agosto y las fiestas de Abelgas, a las que Violeta no baja, empieza a contar los días hacia atrás. Ya queda menos para volver al Páramo. Después de la fiesta del pastor inician el camino de vuelta.
Cerca de 30.000 ovejas de 47 explotaciones hacen la trasterminancia en la provincia de León desde los páramos y riberas a los puertos pirenaicos. Todas llevan su pastor. Al contrario que el ganado equino y vacuno, que pastan solos en el monte, las ovejas son manejadas a la antigua usanza. Es un oficio en extinción si no lo remedia Empiezan a subir en la primavera y bajan poco antes de que empiece el otoño.
La mayoría recorren cerca de 100 kilómetros y algunos rebaños que no rebasan los 20 kilómetros de distancia entre las majadas donde pasan el invierno y los pastaderos del verano, según datos de la Delegación Territorial de la Junta en León.
La trashumancia de rebaños de ovejas del sur de la Península a las montañas del norte se remonta a hace cinco mil años y ahora está al borde de la desaparición.
Trashumantes
Sólo un rebaño extremeño llega a las montañas de León a los pastaderos de los puertos. Se trata de la ganadería Granda, conocida popularmente como del Conde de la Oliva, que hace más de cien años que hace la trashumancia a las montañas de León y Asturias. «Son dos mil ovejas que subimos y bajamos en camiones», comenta José Álvarez Pozal, el mayoral, oriundo de Torre de Babia. Con 1.293 ovejas es el rebaño más grande.
También suben a León otros dos rebaños pequeños desde Salamaca y Segovia, con 700 y 100 cabezas de ovino, respectivamente. Ninguno hace el camino a pie. Antiguamente realizaban de 25 a 30 jornadas de viaje a pie para alcanzar los puertos, pero la llegada del ferrocarril y el transporte por carretera supuso su ocaso. Otro factor que ha contribuido a la merma de la cabaña trashumante ha sido la brucelosiss y el auge de la ganadería intensiva que se alimenta con piensos y forrajes sin pastar en el campo o pastando sólo las tierras cercanas.
Hay otros rebaños de ovejas leoneses que invernan en Extremadura y pasan el verano en los puertos de Boñar y Viadangos y Cubillas, en la comarca de Gordón. Los rebaños que trashuman y trasterminan son explotaciones de ganadería extensiva. Las ovejas que están ahora en León bajan preñadas y paren en noviembre o diciembre. «Los corderos salen de la barriga de la oveja y pesan más que los de las ovejas que se quedan en Extremadura», explica Pozal.
La puesta en valor de los productos de la trashumancia, con la creación de una marca, y la mejora de las condiciones de vida de los pastores son algunas de las medidas que se reclaman para mantener esta actividad que ha conformado el paisaje de las montañas leonesas.
Abunda más la trashumancia de ganaderías de vacuno leonesas que invernan en Extremadura. Más de 1.300 vacas pastan los puertos de Riaño, Boñar, Riello y Pola de Gordón. Sin pastores