domingo, 7 de febrero de 2016

COLABORACIÓN: AQUEL RICO CAFÉ DE PUCHERO

En las casas más humildes se consumía la malta y achicoria.

Autor: Toño Morala

El olor tiene memoria; quién  no recuerda el aroma inconfundible a café en las casas del silencio y la humildad, quién no tiene el sabor redentor de aquellos cafés llenos de tristeza la mayoría de veces y llenos de una temprana melancolía; aquella que aderezaba los sueños de libertad y huída hacia un mundo mejor. Quién no ha tocado aquella borra o posos resultantes del colado a trozo de sábana y después a manga y colador. 

Uno de aquellos molinillos para moler café, y que
 siempre los guajes se peleaban por darle vueltas

Y aquellas peleas de niños por moler la malta y el poco café que solo se hacía cuando venía algún familiar de la emigración por las francias y alemanias de dios… del dios dinero, en aquel molinillo de motor de garbanzos cuando los había, y que era la alegría de la casa  con aquellos dibujos sobre la madera  gastados de tantas vueltas, y aquel cajoncito que recogía lo molido como el cuenco de la mano de un niño a por el caramelo. 

El puchero y las mangas del café.
Tiempos de soledades y miradas a lo lejos; al horizonte  maltrecho en busca  de un mejor futuro y aquellos días interminables de invierno de hornilla, sopas, radio maltrecha  y café en  aquellos pocillos  o tanques restañados. Los abuelos  tendían  sobre  la mesa  el tapete hecho a mano  y se jugaban  a la brisca unas sonrisas  pálidas entre el tic-tac  de aquel reloj despertador de agujas gigantes y números entendibles. En realidad  todo era demasiado normal…solo de vez en cuando el café se tomaba sin azúcar… ¡quién la pillara en aquellos años! Y así pasó un tiempo de ritos y plegarias, de visitas del cura a las casas a tomar el café mal nombrado, pues en su mayoría era malta, y de ir a  velatorios y entierros  a  tomarla   y hacer de plañideras.

El puchero del café encima de la chapa de la cocina económica

 La olla de barro o el puchero se arrimaban a la lumbre lleno de agua y cuando empezaba a hervir, se echaban tantas cucharaditas como personas iban a tomar el café. Y así, el agua se ennegrecía enormemente, y dejaba de hervir por la presencia de una substancia fría, sólida y densa. Entonces, con cuchara de palo, se daban vueltas intermitentemente a aquella agua negra, que cada vez tomaba más color, oscureciéndose más. Cuando ya volvía a hervir de nuevo, un importante y sublime instante llegaba… torrefactar la mezcla, que consistía en coger con las tenazas una brasa de la hornilla, soplarla todas sus caras para aliviarlas de ceniza, y dejarla caer en el puchero, con lo que, naturalmente, el ascua se apagaba convirtiéndose en carbón, y decían las cocineras, aquellas increíbles y nunca bien pagadas cocineras… que el café había adquirido su punto de sabor a café. Y por supuesto, añadiríamos ahora, distinguiendo el aroma, el rico sabor, y  esa mezcla que a veces llevaba de orujo o aquel  coñac Fundador; tela, ahí la cuestión ya tenía unos tintes festivos, pero eso sí, la cafetera  seguía a la orilla de la lumbre. 

Una familia tomando café, tiempos duros y llenos de trabajo.

Pero además  había que ahorrar y se hacía  toda la semana  el  “café” con el mismo puchero sin fregarlo, echando cada día el agua y la cucharada de café o achicoria y a veces cebada tostada, la malta. Pero el sábado de cada semana, se cocían los posos y se fregaba el puchero para ahorrar la cucharada del sábado. Qué economía, y las chicas decían, “yo no quiero “café” de sábado”.

En la hornilla, encima de la trébede y al fuego

Y esos mitos para la salud, la mala o la buena, nada de nada según los expertos; un consumo  moderado de café es bueno para el corazón. Allá cada uno con sus cafés consumidos. “Además, el café ocupa el sexto lugar en la lista de los cincuenta alimentos  que contienen más antioxidantes, y el primer lugar como bebida, lo que protege al organismo contra la oxidación celular y, por tanto, ayuda a reducir el riesgo de desarrollar enfermedades crónicas. En concreto, según algunos estudios, el café reduce en hasta un 25% el riesgo de padecer diabetes tipo 2 y en un 14% el riesgo de muerte”. Ahí queda eso. La malta como sustituto del café se obtiene del grano de cebada germinado, secado y tostado. Por tanto, es un cereal, y como tal, posee muchas propiedades para el organismo sin aportar nada de cafeína. 

A la rica malta, el café de los pobres
También en nuestros pueblos los paisanos tostaban su propia malta y mezclaban otros cereales como la avena. Luego la molían más grueso de lo habitual y lo guardaban en tarros de cristal o de barro, y así quedaba listo para su  cocción en el puchero. La achicoria como sustituto del café es una planta herbácea originaria de Europa, aunque se dice que ya era cultivada en el antiguo Egipto. De ella se utilizan muchas partes, pero para realizar el sucedáneo del café se utiliza la raíz. Una vez recolectada se deja secar, después se tuesta y se muele muy fina. La infusión de este polvo de raíz de achicoria es la bebida que se puede utilizar como sustituto del café. Lo normal en las casas era mezclar achicoria, malta y algo de café… si había. 

Aquella achicoria para mezclar.
La historia del café se remonta al siglo XIII, aunque el origen del café sigue sin esclarecerse. Se cree que los ancestros etíopes del actual pueblo oromo fueron los primeros en descubrir y reconocer el efecto energizante  de los granos de la planta del café; sin embargo, no se ha hallado evidencia directa que indique en qué parte de África crecía o qué nativos lo habrían usado como un estimulante o incluso conocieran su existencia antes del siglo XVII.

¿Qué hacer con los posos del café?, nada de tirarlos. La borra del café se puede utilizar como abono para las plantas que crecen en suelos ácidos, como el tomate y la zanahoria, mantener las hormigas, babosas y los caracoles fuera de casa, esparciendo un poco de borra en la entrada. Sirve para eliminar la  grasa de ollas y sartenes en la cocina. Pero uno de los usos que hemos visto es en bares y sidrerías para  ayudar a  quitar la humedad  y barrer  sin levantar polvo…y un largo etcétera. No hay día malo cuando entras en una cocina y huele a café recién hecho. Por más años que pasen siempre tengo en mi cabeza el puchero de mi abuela con su tapa saltarina y el humeante y aromático olor que de él salía. ¡Cómo huelen los recuerdos…!

Juego de trébede, puchero y cafetera

1 comentario:

  1. Toño, que bueno...me ha encantado el artículo...qué recuerdos me ha traído de los abuelos y tíos...

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