jueves, 27 de junio de 2013

COLABORACIÓN: PEDRO “EL ACEITUNERO”, ARRIERO VENDEDOR AMBULANTE.

 Autor: Toño Morala

Pedro con la romana y las tripas  que vendía.
     Escribir sobre toda una vida de trabajo de cualquier ser humano en tan poco espacio es difícil y complejo, y que las palabras escritas llenen más de ochenta años de vivencias, de sacrificios  y humildad, también. Pero no todo fueron sufrimientos y malas épocas vividas, también las alegrías, llenaron la existencia de  dos seres entrañables; Pedro “El Aceitunero” y su mujer María. Nacieron a principios de los años treinta en Serranillos, un bonito pueblo de la Provincia de Ávila. Allí se conocieron de críos, allí labraron sus sueños y su amor, y allí comenzaron un proyecto de vida intensa y muy trabajada. Pedro empezó a vender pimentón por toda su zona y La Mancha con apenas diez y seis años. Iba con una vieja mula de la casa familiar. Con esa edad, ni el frío, ni el calor le quitaban  la sonrisa… “¡¡¡Pimentón de La Vera…dulce, picante, ocal…pimentón de La Vera…!!!”, voceaba  Pedro por todos los pueblos  al llegar, y en las plazas y calles se juntaban las mujeres para comprar el apreciado pimentón, con su romana al hombro, su plato gastado, y todo a granel…se vendía todo a granel. Pimentón dulce: de sabor suave. Elaborado principalmente con las variedades Bola y Jaranda. Pimentón ocal o agridulce: suavemente picante al paladar. Elaborado principalmente con las variedades de Jaranda y Jariza. Pimentón picante: pronunciado picor al paladar. Elaborado principalmente, con las variedades Jeromín, Jariza y Jaranda.


Con sus hijas Belén y Paquita.
Uno se recuerda de aquellas películas en blanco y negro, donde los buhoneros buenos hacían sus negocios por los pueblos del Oeste Americano. Iban con  mulas llenas de mercancías, y así, me imagino a Pedro  en aquellos  años. Mientras tanto María trabajaba el campo, iba a la escuela y aprendía  las labores de costurera, y ayudaba en todo en la casa familiar. Así hasta que Pedro aumentó los horizontes y llegó a Mansilla de las Mulas a mediados de los años 50; rápidamente vio que la comarca tenía mucho futuro y se quedó de posada en casa de Cenobia y Tomás. Hasta que un buen día y después de casados, alquilaron por 100 pesetas de las de entonces una casa en la Picara Justina. 
Pedro y su mujer María vendiendo aceitunas en la Fuente de los Prados en Mansilla.
Allí comenzaron una vida llena de sacrificios y austeridad. Pedro en época del pimentón bajaba a La Vera con su mula Azucena, pero no iba de vacío, por el largo camino vendía chocolate, velas, tripas… Llegaba hasta Alcázar de San Juan, Mora de Toledo, Tembleque…ya a la vuelta que tardaba un montón de días, vendía el pimentón, y como buen arriero vendedor, fue uno de los inventores de la logística del transporte. Como no podía llevar en la mula toda la mercancía, facturaba a varias estaciones los sacos; Viana de Cega, Almazara, Villada… Venía por los Melgares, iba vendiendo y recogiendo los mismos, hasta llegar a Villamarco, que ahí tenía el depósito para vender por estas tierras. Había que cargar y repartir el peso en  la mula, pues el espacio era muy pequeño; tenía dos tinos de los de escabeche para las aceitunas, unos cajones para el chocolate y las velas y los  higos pasos, y otros más grandes para el pimentón.


Pedro “el aceitunero” y su mula Azucena.
Cuenta que una vez Azucena se desbocó y terminó en alguna de las innumerables lagunas del camino entre Villamarco y Mansilla, hundida hasta las trancas, nunca mejor dicho. Tuvo que descargar la mula, recoger lo caído por el camino y sacar a la Azucena como pudo. ¡Me se perdió el cazo de las aceitunas…! En otra ocasión que había comprado un pequeño carro, le paso lo mismo, al macho le picaría un tábano o algo…y la zarracina fue terrible, todo caído por el camino de La Cenia, y no paró hasta que el bueno de Mundo en Villomar le agarró como pudo y lo paró. Detrás venía Pedro agotado y lleno de mercancía caída. Por ese tiempo María se había quedado embarazada de Belén, la hija mayor. Vivía una hermana con ella y ya empezaron a pensar en poner la tienda de ultramarinos. Recuerdan que cuando nevaba, tardaba en salir más de 8 días y solo podía servir a los bares de la Villa y poco más; ahí comenzó la venta de aceitunas también, las ricas aceitunas que las compraba en Dos Hermanas (Sevilla), y que una vez fue con el  primer Pegaso que se compró en Mansilla. Era de  Negocios y trajeron en bocoyes de madera, unos 13000 kg. de aceitunas. Como no tenía sitio en el almacén ni la tienda, los bocoyes quedaban en la calle; nunca le falto nada. Las variedades más vendidas eran Manzanilla y Picón Limón. En el verano, y dado el trasiego de veraneantes y turistas en  Mansilla, se ponían con un pequeño puesto a vender aceitunas en la Fuente de  los Prados.

Pedro dentro de su furgón  Mercedes tienda ambulante.
Lomas le hizo un carro nuevo que le costó 14000 pesetas. Era cerrado, con cajones antivuelco de la mercancía y tenía rueda de goma. Salía a repartir hasta Cistierna; paraba a dormir en La Alegría, en Gradefes, de allí llegaba por Garfín hasta Valporquero; allí le esperaban todas las noches para que contara con mucha simpatía historias de vecinos y caminos…hasta más de ocho días estaba por fuera vendiendo… Y nació su segunda hija, Francisca. Vino con un pan debajo del brazo. Al poco tiempo compraron el primer furgón, un Mercedes nuevo que les costó 180000 ptas. a pagar en 28 meses. ¡Me duró unos 35 años…! recuerda Pedro y también recuerda que la matrícula para vender la sacaba en Vitoria, pues era la mitad más barato que por aquí. Cuenta María que ella también trabajó lo suyo; atendía la tienda, la casa, la comida, las niñas para ir a la escuela, ponía el cisco debajo del grifo del bidón de aceite, pues en invierno se helaba. El bidón que llevaba Pedro en el furgón, le  pasaba lo mismo, tenía que llevar agua caliente para que se deshelara; preparaba las cajas de fruta, envasaba de todo, desde el arroz  hasta los fideos, pues todo venía a granel y ayudaba por las mañanas temprano a cargar el furgón de Pedro. En las horas que no había clase, Belén y Paquita ayudaban en todo desde bien niñas; tan pronto envasaban, como atendían a la clientela, entraban en la cocina a hacer los deberes, y un largo etcétera. Se caso Belén con  Lucio, que también es vendedor de ultramarinos con furgón, desde hace más de treinta años. Su otra hija Francisca también vende por estos nuestros pueblos con otro furgón…y la tienda ahora la lleva Belén y su hijo Paco, tres generaciones de vendedores de ultramarinos. Larga vida a todos y merecido recordatorio para María y Pedro “El Aceitunero”, el arriero ambulante del pimentón y la sonrisa siempre en la boca…repartiéndola.
 

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