Relato, Por Toño Morala.
Uno…, testigo mudo e infiel; tornaba sobre los cipreses la mirada turbia del que sabe que la gloria solo existe en un segundo de paz; de la serena naturaleza que te mira. Se acababa de morir el ser amado al principio del invierno; aquella mujer que había compartido sonrisas y silencios a tiempo parcial. El resto lo terminó en duro trabajo y además daba la mano en tiempos vacíos. Sin cerrojos, la tarde va de la mano de una mortal belleza. El cementerio respira quietud. Sin crepúsculo, sin estación; pues el tiempo se había detenido en la desgracia y la desgracia no sabe de estaciones. Quizás fuera Junio en los vientres de San Juan y las hogueras solo quemaban sentimientos de melancolía; quizás los pechos hundidos de tanto sufrimiento galopaban nostalgia de tiempos pasados. Las lágrimas recorrían los surcos de la cara y terminaban entre las tres cuerdas del rabel. Hacía tanta tristeza en el corazón, que los silencios se abrazaban entre sí.
El arco de avellano y crines de caballo reposa sobre la tumba, el rabel de finas cuerdas de tripa sobre el regazo del rabelista; el clavijero de dura madera y el cordal de asta de vaca se preparan para el homenaje a Clara.

Tañendo el rabel, el rabelista pasea por la memoria. Clara se disipa, mientras la luna aplaude con una sonrisa y las estrellas bailan la melodía de la vida.
El chirriar de la puerta del cementerio, atormenta a la serena noche. El sufrimiento no da para más, ya solo quiere vivir en una nota de rabel.
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