miércoles, 18 de febrero de 2015

COLABORACIÓN: Cacharreras… botijeros…hojalateros…

Autor: Toño Morala

Estampa de un joven botijero con su burro  y sus  botijos resguardados de golpes.

  Qué tiempos aquellos en los que había que reparar todo y de todo; desde el balde de  zinc, las potas, hacer aceiteras de hojalata… comprar botijos y vasijas de barro para la casa; las cántaras de la leche, los platos y  fuentes; cántaros, botijos, barriles, macetas, y aquellos largueros para los ricos escabeches… los tanques para el agua… y un largo etcétera  que no cabría en el papel. Y casi siempre eran  incansables mujeres en paciente espera las que tendían sus buenos productos en las calles en ferias y mercados.
Juan ‘El culebrón’, hojalatero  y estañador.
 Hay que acordarse de aquellos hombres y mujeres que trataban con estos valiosos productos para la  buena marcha de las casas  y sus habitantes. Generalmente eran vendedores o reparadores de cosas ambulantes, no tenían paradero fijo, y solo en los largos inviernos regresaban a sus pueblos y aldeas. También los había que recorrían ferias y mercados por toda la provincia con sus carros, bicicletas o  caballerías; extendían sus mercancías y cachivaches, como se ponían a reparar en plena calle todo aquello que estaba roto.   
Cacharreras en un mercado, finales de los años sesenta.
La imagen de las cacharreras en las ferias era hasta hace poco tiempo, una imagen llena de colorido  de los diferentes artilugios para las cocinas y las despensas. También llevaban cucharas y tenedores, cuchillos y navajas…   En todos aquellos  años de trabajo, sus ingresos les permitieron sacar adelante a su familia y tienen un buen recuerdo de su trabajo y del tipo de vida, pues les gustaba relacionarse con la gente y especialmente, con sus compradores, a quiénes consideraban como amigos, y no creen que sus primeros años de trabajo, desplazándose a pie, fueran penosos, incluso, atribuyen su actual buena salud al esfuerzo físico entonces realizado. Este comentario lo decían los buenos estañadores y hojalateros.
El municipal y la cacharrera  en plena calle.
Los hojalateros valiéndose de las herramientas propias de su oficio y utilizando la hojalata como principal materia prima, han fabricado tradicionalmente un gran número de objetos, de muy variado uso. Dentro de la profesión los especializados en la construcción de artículos de empleo sobre todo doméstico (cazos, embudos, aceiteras, marmitas, vasijas, etc.), eran conocidos como hojalateros de banco, algunos, primero fabricaban en los fríos inviernos, y luego salían a vender por esos caminos de la vida. El oficio hasta avanzado el siglo pasado tuvo entre nosotros un carácter artesanal, que se fue perdiendo en la medida en que cambiaban los procedimientos de fabricación con la creciente utilización de las máquinas. Sin embargo, quedan algunos profesionales que siguen construyendo los bienes "de siempre" con los procedimientos tradicionales, aunque su destino es distinto al pasar de su uso en la vida cotidiana a la utilización en muchos casos como artículos decorativos. Algunos hojalateros de banco también fabricaban efectos para el campo y faroles para los ferrocarriles.
Hojalatero de banco, haciendo una aceitera.
     "Se me come todo", dice, habla de la humedad del pequeño local donde trabaja… mientras agarra una alcuza a medio tornear y la coloca entre sus piernas, para mover el latón  entre unos dedos deformes, pero sorprendentemente hábiles con las tenazas y las tijeras de chapa. Sobre el taburete, el hojalatero, tiene unos patrones recortados de periódico y utilizados muchas veces, de modo que toda la producción sale igualada, con una precisión artesanal casi de orfebrería. "Es que yo soy un '' perfeccionista”, dice. Le gusta silbar  durante la tarea, y a intervalos, completa el fraseo de su copla. “Triniá, mi Triniá…” Cuando  remata el estribillo suena siempre un martillazo, que rompe la cadencia de la voz con su propio acento bronco y rotundo. "Algo tu vida envenena / qué tienes en la mirá / que no me pareces buena / Triniá / mi Trini / ay, mi Triniá…" Así lo cuenta uno de los hojalateros ya jubilado. Y cuando tiene la certeza de que una sacudida en la chapa ya no es perturbadora, cachetea la superficie pulida y reanuda el trajín. El hojalatero deja hablar a todos, hasta que la cháchara es un barullo. "Se cierra el quiosco”, dice. Y empieza a ordenar el cuarto. Suena el zinc, como en una orquesta enloquecida, cuando chocan algunas piezas. Las aceiteras casi no se usan. Huele en el pequeño recinto a azufre, a estaño quemado. Fuera, la hora de la cena vacía la calle.
Cántaros y vasijas de buen barro para las casas y las mozas de buen agrado.
 Quién no se acuerda del bueno del “Tigre de ViIlahibiera”, el hombre que fue estañador y hojalatero y que recorrió media provincia con aquella dyane 6 tirada por un burro. Lo mismo arreglaba una pota a una señora que construía los canalones para el tejado de una casa. Y todavía sigue por Villahibiera, ya algo mayor, y dice que le falla la patata, pero sigue adelante con su vida de jubilado. Y  quién no se acuerda de aquellas hermanas cacharreras de Mansilla de las Mulas, Isabel y Bernardina Brezmes del Pozo y su hermano Ángel… las que vendían en la tienda y en la plaza del Pozo en ferias y mercados…las que llegaban a Jimenez de Jamuz a comprar cacharros  de barro a los artesanos de la arcilla… o aquellas otras “componedoras” Pepa y Argimira que recorrían pueblos y tenían un pequeño taller en la Villa de Mansilla, y que arreglaban de todo.
El tigre de Villahibiera, fue estañador y viajaba de un lado a otro de la Provincia de León
 Y así se paso un tiempo casi olvidado de remaches y más remaches; de barra de estaño y soplete de gasolina…de miradas altivas a los posibles compradores en las ferias y mercados de la provincia, de aquellas cacharreras nobles y trabajadoras; así pasó un tiempo de anécdotas dolidas, y otras de ironía y risas… como aquella que me contaron hace un tiempo, y que dice así… “Era tiempo de mercado, se juntaban en la plaza  con boina calada y pañuelo de cuatro puntas, el afilador, el hojalatero, y un montón de ambulantes de pericia para la venta de lo que fuera…al poco rato,  apareció  un largo coche  negro de aquellos americanos que alguien de ministerios  de la época utilizaba con banderines…entre la comisura de los labios tiznados de tabaco, guiñó un ojo al afilador, y le dijo el hojalatero… “hay que ve mare mía  a donde hemos llegao los metalúrgicos…”

El hojalatero componiendo un cacharro de metal.


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