sábado, 7 de enero de 2017

NOTICIA: La cuna de la fantasía está en la Maragatería

Miguel López de Aguileta y Begoña García cumplen 25 años creando seres de otros mundos en su taller artesano Etcéteramarionetas, en la localidad de Murias de Rechivaldo.

Miguel López y Begoña García forman Etcétera Taller de Marionetas
en la localidad leonesa de Murias de Rechivaldo. |
REPORTAJE GRÁFICO: MIRIAM CHACÓN (ICAL)
Ical | 07/01/2017En pleno corazón de la Maragatería, en la localidad leonesa de Murias de Rechivaldo, Begoña García y Miguel López de Aguileta dejan volar su imaginación día tras día para dar vida a seres fantásticos que pasan a formar parte de la gran familia de títeres que han ido creando durante los últimos 25 años. Duendes, elfos, magos, brujas, vagabundos, medusas, cíclopes, músicos y todo tipo de seres mitológicos y legendarios no tienen secretos para ellos, y se perfilan lentamente gracias al laborioso trabajo de ambos en su taller artesano Etcéteramarionetas.

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Sus criaturas han volado hasta los más alejados confines del globo, desdeNoruega o Sudamérica hasta Estados Unidos, Nueva Zelanda o Australia. “La gente que nos compra se lleva las piezas como si hubiera conseguido una joya”, reconoce con una sonrisa Begoña, que no en vano se especializó en joyería, orfebrería y esmaltes en la Escuela de Artes 3, en la calle Estudios de Madrid.

Fue allí donde conoció a Miguel, madrileño como ella, que llegó a aquel centro unos años después de abandonar el instituto, tras apasionarse con el modelado con un grupo que creaba marionetas a partir de pasta de papel en su Vallecas natal. Un problema familiar alejó a Miguel de la Escuela a los pocos meses de llegar, y acabó emigrando a Altea (Alicante) para completar su formación de manera autodidacta y echar una mano a una amiga que fabricaba allí marionetas. El reencuentro con Begoña se produjo cuando ella finalizó su formación y se trasladó hasta Altea, donde juntos acabaron creando en 1991 Etcéteramarionetas.

“El nombre del taller se me ocurrió porque cada personaje que hacemos es único. No trabajamos con moldes y aunque a veces nos pidan repetir un personaje que hayan visto en nuestra web o en alguna feria, siempre hacemos algo diferente. Nuestro trabajo es un etcétera continuo. De ahí surgió la idea”, relata Miguel.

Tres años después de iniciar las actividades del taller, el nacimiento de Atila, su hijo mayor, les hizo replantearse su proyecto vital: “Pensamos que quizá necesitáramos un lugar más tranquilo, donde nuestro hijo pudiera criarse en el campo, y nos trasladamos a Murias, a una casa que había sido de mi abuelo y que heredó mi madre”, relata Begoña, que recuerda cómo su abuelo, “como buen maragato, se fue a Madrid con un negocio de pescadería”, y por ello su madre, ella y sus hermanos nacieron ya en la capital.

En Murias de Rechivaldo, en una casa maragata tradicional de mediados del siglo XIX, con su patio interior y sus anchas paredes empedradas, comparten su hogar y su taller con Enol, su hijo pequeño (que aguarda el momento de dar el salto a Madrid como ya hiciera su hermano mayor), dos gatos y Maya, una pequeña perra ciega que Atila encontró abandonada en Altea y que les acompaña desde entonces.


El proceso creativo
Como relata Miguel, su trabajo surge “de la improvisación”. Es él quien, a partir de variadas fuentes de inspiración, decide qué tipo de personaje quiere modelar y, sin dibujos ni bocetos de por medio, se lanza a la creación. A partir de sobres de celulosa de rayón en polvo, compone la mezcla idónea hasta dar forma a pasta de papel que amasa a su gusto, antes de iniciar el modelado. Después de integrar en el rostro los ojos (casi siempre canicas, blancas o negras, que transmiten una viveza poco común a sus miradas), acelera el secado del exterior de la pieza con un radiador antes de vaciar el interior “para eliminar peso” y hacer más fácil el movimiento de las marionetas. Tras dar forma a cabeza, pies y manos del personaje, Miguel inicia el proceso de pintura. La base la trabaja con un aerógrafo para lograr una “textura homogénea”, y a continuación comienza a pintar con acuarela líquida los ojos, la boca y cada detalle, antes de proceder al barnizado y ceder el material a Begoña para que inicie su labor.


Es ella quien realiza el resto de piezas que conforman la personalidad única de todos los seres que salen de su taller: el cuerpo, los brazos y piernas, los trajes y los incontables complementos que convierten cada muñeco en un ser diferente, con su propio carácter e historia personal detrás. “Nunca utilizamos patrón para las partes del cuerpo ni para los trajes”, explica Begoña, que se ocupa también de moldear y peinar el cabello, el bigote o la barba de cada marioneta, a partir de fibras naturales como la lana o el cáñamo.

“Es un trabajo muy creativo”, defiende Begoña mientras Miguel asiente y completa: “Una marioneta es un material muy vivo, le puedes dar cuanto quieras. Además engloba varias técnicas, y los dos estamos haciendo lo que más nos gusta”. Sin embargo, reconocen que el aspecto artesano condiciona su ritmo de producción y eso lastra en cierto modo la creatividad, ya que además muchas veces se ven obligados a ‘repetir’ vagabundos, magos u otros personajes más demandados habitualmente, y eso les deja menos tiempo para dar forma a piezas de inspiración libre que ejecutan por puro placer.

En su repertorio de los últimos tiempos aparecen homenajes a artistas que les han influido como el actor británicoLindsay Kemp (una pieza que han vendido recientemente a Francia), el icono de la música David Bowie, el siniestro muñeco del cine de terror ‘Saw’, o los integrantes del grupo de música experimental de los años 70 The Residents.

“Cada personaje tiene su propio origen. Hace unos años, por ejemplo, tras leer ‘El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas’, de Haruki Murakami, decidí iniciar una serie de personajes inspirados por la ‘little people’ que aparecía en aquella novela, y más adelante seguramente haré alguno basado en Johnny Walker, otro personaje de ‘Kafka en la orilla’. Las conexiones son muchas: puedes crear una marioneta a partir de un tatuaje que has visto en internet o a partir de películas como ‘Nosferatu’, ‘Frankenstein’, ‘El señor de los anillos’ o ‘El laberinto del fauno’”, señala Miguel.

De esta última película crearon meses atrás un ‘hombre pálido’ (el emblemático icono del film de Guillermo del Toro, con ojos en manos y piernas) del que se enamoró Anita, una mujer noruega que compró esa pieza junto a una duende pelirroja. “El perfil habitual del comprador es una persona que se sorprende por tu trabajo, se enamora del personaje y se lo lleva. A partir de ahí, repite muchísima gente. Quienes nos compran son un público fiel, y al cabo del tiempo vuelven a comprarnos, para ellos mismos o para regalo”, añade Miguel.


Presencia internacional

Begoña recalca que, “desde hace unos años”, venden “mucho más fuera que en España”, gracias sobre todo a su portal en la plataforma online de artículos hechos a mano Etsy. “La presencia en internet es un proceso lento y requiere mucho esfuerzo. Es algo que puede funcionar, pero le tienes que dedicar tiempo. A mí me toca modelar, pintar, montar y luego actualizar los portales de internet e intentar mejorar la presencia en buscadores. Si tuviera más tiempo podríamos promocionar más nuestro trabajo, pero no tenemos más capacidad”, resalta Miguel.


En cuanto a su participación en ferias internacionales, desde hace décadas se trasladan todos los veranos a Altea durante varios meses, ya que por allí pasaba una buena cantidad de extranjeros que acaparaban la compra de sus piezas más elaboradas. “Había una muestra de artesanía donde todos los talleres tenían mucho nivel y se vendían bien las piezas caras, pero ya llevamos unos años en los que cuesta cada vez más”, lamentan.

En el extranjero, Andorra, Francia, Irlanda y Alemania concentran sus principales viajes, si bien cada desplazamiento al extranjero acarrea unos gastos en ocasiones inasumibles, que frenan su internacionalización. “En Alemania participamos hace años en laFeria Internacional del Juguete de Núremberg, que es el certamen más grande a nivel mundial del juguete y la muñequería. Tener un expositor allí era carísimo y el viaje también; además apenas había venta directa y casi todo pasaba por grandes distribuidores. Un distribuidor turco nos pidió 300 piezas de cada, pero era algo imposible de conseguir, porque si metes a otra gente a trabajar en el taller las marionetas pierden su esencia”, señala Miguel.

Entre otras cosas, aquella participación les sirvió para distribuir sus productos a FAO Schwarz, probablemente la tienda de juguetes más emblemática de todo el mundo, en la Quinta Avenida de Nueva York, que cerró sus puertas el pasado verano tras más de siglo y medio de historia (en ella Tom Hanks grabó la mítica escena del piano gigante de ‘Big’). “Estuvimos trabajando con ellos un par de años, pero luego comenzaron a pedir más y más exigencias y a poner normas muy estrictas y tuvimos que dejarlo”, completa.

En su opinión, “es muy difícil progresar en España con las pocas ayudas que se dan a la artesanía. Pagamos autónomos como el que más y no tenemos las mismas salidas ni posibilidades para nuestros productos. Ahora mismo las ferias cuestan una barbaridad y no tienes asegurado ningún ingreso, y luego paga autónomos, compra los materiales, búscate la estancia... Yo he pasado muchísimas navidades durmiendo en la furgoneta, pero llega un momento en que el cuerpo ya no lo permite”.


El precio
Las marionetas que en estos momentos tienen a la venta cuestan entre 130 y 350 euros, cantidades que ellos entienden que para mucha gente en España, en estos momentos, es prohibitiva. “Es complicado ponerles precio después de todo el tiempo que les dedicas y tenemos que adaptarnos a los precios del mercado, aunque si comparas piezas con una calidad más o menos similar a las nuestras, vendemos bastante barato”, señala Miguel.


Él recuerda que, tiempo atrás, hicieron guiñoles de mano que eran bastante más baratos, pero el trabajo era “muy repetitivo y cansino”, hasta el punto de no compensarles. “El problema es que no sabemos hacer cosas baratas”, retoma Begoña, “porque incluso esos guiñoles se modelaban y pintaban uno a uno, y cada traje tenía detalles diferentes”. “Cada vez te complicas más”, confiesa reconociendo que son incapaces de no trabajar al detalle cada pieza.

Tras aquella etapa decidieron centrarse en las piezas más grandes, una especialización con la que Miguel considera que acertaron, ya que “la gente a la que le gusta la muñequería aprecia mucho” sus productos. “A los rusos y la gente de los países del Este, que tienen una gran tradición de marionetas, les gustan mucho”, detalla.

Entre las claves para que cada personaje tenga una personalidad propia, Miguel lo tiene claro: “Dedicarle a cada una el tiempo que necesite”. “Yo nunca planifico el tiempo que le voy a dedicar a cada pieza. Hasta que no estoy conforme con el modelado no avanzo al siguiente paso, y si no estoy conforme con lo que estoy consiguiendo, tengo que desechar la pieza. Con la pintura pasa lo mismo: si me sale mal, si puedo lo corrijo, y si se me estropea hay que tirarla”.

Begoña reconoce que, tras todo el tiempo que le dedican a cada pieza, en ocasiones les cuesta desprenderse de alguna, ante lo cual Miguel enseguida toma la palabra con una sonrisa amarga: “Más doloroso es ir al supermercado y no poder pagar, o que te llegue un pago urgente que no puedes afrontar”.


NOTICIA: La banda de gaitas Agavica presenta hoy su nuevo estandarte

dl -

07/01/2017
diariodeleon.es

La banda de gaitas Agavica de La Virgen del Camino presenta hoy en el Teatro San Francisco de León (a las 20.00, entrada gratuita) su nuevo estandarte, con un recital en el que interpretarán música popular leonesa, medieval y del arco céltico. También se contará con el acordeonista Norberto Magín, profesor de la Escuela de Música de Valverde de la Virgen, y de Luis Mondelo, profesor de música, investigador e intérprete de chifla y tamboril. | dl

miércoles, 4 de enero de 2017

NOTICIA: Nostalgia para reyes

Artesanos del juguete todavía perviven en Castilla y León con un producto único, cuidado y que reúne melancolía para muchos padres que un día fueron niños.

El artesano juguetero Antonio Barrios, con una de sus
 piezas en su taller de Villar de los Barrios. | ICAL

Ical | 04/01/2017

A las 11 suenan de fondo las señales horarias en Radio 3. De repente, con suavidad, llega a los oídos ‘Tears in heaven’, la canción que Eric Clapton escribió a su hijo de 4 años para intentar sobrellevar su muerte. Parece como si el guitarrista inglés pretendiera recordarnos que le hubiera gustado regalarle al pequeño algunos de los coquetos y cuidados juguetes que presiden el taller artesano de Ángel Barroso, un madrileño que hace más de 17 años se instaló junto a su mujer, Concha Ventura, en el pequeño pueblo abulense de Villarejo del Valle para hacer realidad un sueño que empezó como una casualidad: elaborar a mano juguetes con nostalgia para dos públicos, niños y adultos coleccionistas, aquellos que hoy son padres pero que un día tuvieron otro tipo de ilusión.

“Hacer juguetes es algo agradable. ¿Qué vas a pensar de un objeto que, para mí, coge vida y hará feliz a alguien. Es un trabajo muy apreciado”, insiste.
Junto a un ventanal que da a un paraje de fantasía en el Bajo Tiétar, Barroso, sentado sobre una vasta butaca, sierra con hilo una pieza de madera. Toma curvas y jalona cada centímetro de este trozo de madera que tendrá forma de camello, un producto de artesanía único que acabará en las manos de un sonriente niño o en la estantería de un adulto que lo mimará casi a diario. Son los productos paridos por Juguetes La Estrella. “Pusimos este nombre porque nos lo pidieron para participar en una feria y nos pareció original. Luego nos dimos cuenta de que ya había otros similares”, se ríe.

“¿Estoy serio? Es que cuando trabajo me centro tanto...”, ironiza justo antes de soltar una carcajada que se escucha con eco entre el nostálgico aroma a madera y belleza interior de unos juguetes que recuerdan a otra época, en una comarca que rezumaba artesanía en otros tiempos, hoy ya menos. Pero estamos en el siglo XXI...
Un caballete, una lijadora, una sierra y el zumbido del traqueteo de una máquina combinada, que para un carpintero es lo que un horno para el panadero, dominan el espacio físico y sonoro. Ha residido en la capital y en Sierra Morena, lugares de donde ha tomado algunas de sus ideas, no todas: coches, aviones, camiones, ballenas, veleros…

Aunque también elabora piezas para exposición y venta aparte, muchos de sus trabajos son por encargo, para los que se ha encontrado multitud de anécdotas: “Mucha gente ha venido con un coche clásico y nos ha pedido que lo reproduzcamos. Otros vienen con fotos y se lo hacemos hasta con la matrícula real. Luego seguro que lo ponen encima de la televisión”, sonríe bajo su excelsa barba.

Tableros de alisos, abedules, pinos, robles, castaños, nogales, hayas e incluso secuoyas se esconden tras la anárquica colocación que estos días presenta el taller y que en su momento serán juguetes que tendrán un precio a partir de 30 euros, con el norte como principal destino, “porque hay más dinero y tradición”, admite. 

“Muchos piensan que son caros, pero cuando nos ven trabajar en ferias cambian de opinión, creen que es incluso barato”, sostiene, justificando una aclaración que una gran parte de la sociedad respalda: lo artesano no es caro si se conoce su trabajo. De hecho, “muchos han vuelto tras probar durante la crisis los juguetes chinos”. “No es lo mismo, lo siento pero no. Por suerte también tenemos clientes fieles”, valora.

Primero se hacen los bocetos, se dibuja a escala y se eligen las piezas, que pasarán por la combinada y que después serán encoladas entre sí. Por último, se trasladan al pequeño taller de pintura no tóxica que la pareja posee en el último piso de su vivienda. Parece fácil… Seguramente igual de sencillo que las primeras líneas del tema de Eric Clapton.



Desde lo medieval
El de Ángel y Concha no es el único taller de juguetes en la Comunidad. En la localidadponferradina de Villar de los Barrios, el artesano Antonio Barrios los elabora a base de madera y tela. Licenciado en informática y con experiencia en la hostelería, el maestro juguetero decidió hace trece años cambiar su oficio, realizar un curso de carpintería y dedicarse a la fabricación artesanal de pequeñas piezas medievales. “El trabajo manual siempre me ha gustado”, reconoce Barrios.


Caballitos, bicicletas y patinetes forman parte del catálogo de productos nacidos en un taller en el que cuatro máquinas -lijadora, ingletadora, fresadora y guillotina- son los únicos elementos mecánicos que ayudan a este hombre de 52 años, nacido en Ponferrada, a dar forma a sus creaciones. “Empecé haciendo juguetes medievales, como espadas, escudos, hachas o arrastres. Con el tiempo, he evolucionado hacia cosas más grandes”, explica Barrios.

Sus últimas creaciones son tiovivos para los que fabrica las diversas figuras que giran alrededor del eje, en forma de dragones y monturas de diversos tipos. Un gran barco vikingo que sirve de balancín o un carrusel basado en la obra de Leonardo da Vinci son otras de sus grandes obras efímeras, ya que se montan y se desmontan para las diversas ferias y eventos medievales en los que participa en ciudades de toda España como Elche, Alicante o Madrid, además de su presencia en los eventos que tienen lugar en Galicia, Asturias y Castilla y León.

El cambio en el modelo de negocio impulsado en los últimos años tiene que ver con el descenso en la facturación que ha sufrido en su tienda de Ponferrada, donde distribuye el material que él mismo elabora junto a otros juguetes artesanos y en la que los ingresos se han reducido hasta un 80 por ciento, según reconoce. “Hay que reinventarse continuamente”, explica Barrios, que de cara al futuro apuesta por “olvidar el tema medieval para centrar la estética de la Revolución Industrial”. En esa línea, su último montaje lleva por nombre ‘Mecanica SteamPunk’ (MSP), en un velado homenaje a la empresa Minero Siderúrgica de Ponferrada, y se compone de un tiovivo a medio camino entre lo retro y lo futurista, donde los coches de levitación magnética conviven con los zepelines y las naves espaciales.

Además, el carromato en el que se transporta el material, también de fabricación casera, tiene su interior decorado al estilo victoriano para que los asistentes a las ferias puedan tener sus fotos de época. La última gran apuesta de Barrios está relacionada con el mundo de los muñecos y entronca con una tradición puramente leonesa como ‘la vieja del monte’, una bruja buena que abastecía de golosinas a los pastores de la montaña para que éstos las repartieran entre los niños. “Mi mujer está haciendo esa muñeca que está funcionando como una competencia a Papá Noel en la navidad leonesa”, presume el artesano.




“Que ocurra algo”
El matrimonio segoviano compuesto por Pablo Saracho y Mayte Ruiz de Velasco abandonó el mundo de la publicidad en 2014 para dedicarse al diseño y construcción de juguetes. Con una conciencia social, sostenible y didáctica crearon la marca Wodibow, en el que se marcaron como premisas irrenunciables productos de madera, al menos en parte, que no tuvieran nada de plástico y que tuvieran un propósito, que ocurriera “algo” al utilizarlos.


Desde entonces y hasta ahora, la juguetera segoviana ha sacado al mercado 20 productos distintos de ocho familias diferentes elaborados con madera de haya centroeuropea, teniendo en el mercado francés, holandés y español sus máximos puntos de apoyo. Además, y como respaldo a su creatividad, han recibido hasta tres premios internacionales de diseño industrial. “Nos decantamos por la madera porque el mundo digital nos exigía volver a tocar cosas que tuvieran un poco de espíritu y de fundamento y el plástico no lo tiene”, defiende. Saracho y su mujer dieron una vuelta a la percepción que tiene el consumidor de los juguetes de madera, “en el que parece que sólo se podían hacer peonzas y pensamos que había una oportunidad”.

Pese a que los juguetes puedan estar asociados solo a la infancia, Saracho huye de tópicos y sostiene que sus productos “no son necesariamente infantiles, están formados por piezas chulas y lo importante es que al jugar pasen cosas, que haya algo que descubrir, una aventura por vivir”.

En la actualidad, Wodibow cuenta con cuatro empleados en su sede del Polígono de Hontoria en Segovia, donde se manufacturan los juguetes, una persona más en Madrid, más los dos creadores de la marca. Además, y gracias a un convenio con la Fundación Personas, un total de 40 personas más realiza tareas de acabado de los juguetes para su puesta a la venta.

martes, 3 de enero de 2017

COLABORACIÓN: LAS PARTIDAS DE CARTAS… ¡HAY QUE IR A ECHAR LA PARTIDA!

¡Cuarenta en bastos… caballo fuera…!

"Arrastro, arrastro... y todas mías"

El Tute, La Brisca, El Burro…El Mus, El Cinquillo, La Escoba… El Julepe, Las Siete y Media…

Autor: Toño Morala

Gran timba dominguera  en el histórico
 Café Bar Mansillés de Mansilla de las Mulas.

En estos días de fiestas y de invierno, la partidina no se pierde… “La Partida de cartas no la perdono por nada del mundo”, de una buena centenaria. En este país, durante años, solo hubo una partida. La partida de cartas. Y era sagrada en millones de casas, tascas, teleclubs… como el brasero o como las sopas de lo que fuera. La echaba tu padre, tu madre, la echaba tu abuelo, y si sabías lo que es bueno, un día la echabas tú.

La cuestión está clara, la discusión es por culpa
 del compañero… esa sota… ¡sobraba!
 
Y como ejemplo, hablamos de aquella partida en la que a un “buen padre”, en mitad de la partida, le llegaron con la nueva de que había nacido su cuarto hijo. “Arrastro”, dijo sin levantar los ojos del tapete, metiendo un triunfo en la mesa, para allanar el horizonte. El bar aguantó la respiración y el tiempo se cuajó; se podía partir con el cuchillo de los helados. Cuando el buen hombre recogió la baza y contó los puntos de cabeza, se volvió y preguntó, apartando un segundo el pitillo de la boca; “¿Niño o niña?”. Y, naturalmente, continuó la partida. Anécdotas hay para cargar un tren de mercancías sobre personajes, partidas, bares, casas, teleclubs, aceras, soportales, la calle… la partida es la partida, y dios es la partida, y punto. Algunos comen a toda prisa para llegar al bar y jugarse el café. 
El jarro de vino y los vasines… y los de fuera, tabaco.

Los compañeros suelen ser casi siempre los mismos; y las partidas suelen durar el tiempo justo de ir al laboreo de alguna cosa, sacar a la señora de paseo, o cuidar de los nietos en el parque. La partida tiene ese enlace social entre la discusión, las risas, la mala leche, la ironía fina… tiene ese afán de nunca perder, y cuando se pierde, obviamente nunca es culpa de uno; el compañero, que anda a peras, y al final, no es por el jodido café a pagar; uno juega la travesía del desierto del pundonor, la inteligencia de mover bien las cartas, y ese tufillo de los de fuera de la partida que comentan las jugadas viendo las cartas del resto… de esa manera también opino yo, que no se sostener más de tres cartas en una mano. 

Aquí el tinglado suena a timba ferroviaria.

El juego de las cartas quedó tocado de muerte con la prohibición de fumar en los lugares públicos, que conste que creo que es una norma que ha hecho mucho bien, pero la sociología del momento era otra, y ahora casi no se escucha aquello de… "Arrastro, arrastro y todas mías". O aquello de… "Date mus con las que tengas". Ni tampoco lo de "Ponme café, copa y una faria" y si era gallega mucho mejor. Nunca entendí porqué las farias gallegas, se cotizaban cual habano de la época si todas se hacían en el monopolio de la Tabacalera Española.

Y entre tres también. Una partidina al burro.

 Y si hablamos de la emigración y el juego de cartas… Una explosión de risas para la partida. Aquí cada uno tira para su tierra; unos asturianos, gallegos, leoneses… unos prefieren mirar la partida desde fuera, como José, minero en sus años mozos, aunque más que a las cartas mira la televisión… “Me entretiene más. En realidad yo vengo aquí a ver la tele, y mientras, les oigo lo que dicen”, me comenta. 
Y los mozos también jugaban la partida…
 luego al baile y lo que haga falta.

El jugador camino del bar era una postal habitual y eterna, como tantas imágenes que fijas en la infancia. Cada barrio poseía sus “instituciones”, esa clase de jugadores de cartas que salían de casa a la hora de siempre, y cuando llegaban al bar o teleclub, saboreando ya el momento, ni siquiera tenían que pedir lo de siempre, el tasquero ya sabía. El vecindario podía adivinar la hora exacta solo viendo a ese jugador pasar delante de su casa, exultante, en pos de la partida. No fallaba. Cuando llegaba, el bar bullía. Algunas partidas iban ya por la mitad. Otras eran la misma partida desde hacía años, y no tenían ni mitad ni principio. Simplemente, los jugadores se habían olvidado de acabarlas y regresar a casa, donde sus hijos se habían casado, tenido a su vez nuevos hijos, que ahora se situaban detrás del abuelo, mirando fijamente sus cartas, sin comprender nada, pero fascinados. Aquel nieto que todos fuimos alguna vez, nos criamos entre otras cosas, entre el humo espeso de las estacas de tabaco liado, una sonrisa cómplice, una palmada en el trasero, y un “vete a casa que el bar no es sitio para niños”. Y así transcurría un tiempo inacabado entre partidas de cartas, el reloj de la cocina marcando las horas y los sueños, y la impaciencia para llegar a la hora de echar una partida, aunque pierda.

Y los chavales también aprendían juegos de cartas
 para entretenerse.

 Lo de las madres, abuelas y vecinas era otra cosa. Se juntaban en las casas en el frío invierno, y en verano… el soportal, o la calle era el punto de encuentro para echar una buena brisca conjurada con las muecas y rituales del juego; uno observaba atento las maniobras que se hacían, y con el paso del tiempo iba comprendiendo que la vida es un juego de cartas, y que los guiños son libres como el viento y comprometidos con la soledad y su frío; y de alguna manera hay que entretenerse de tanta penuria y sufrimiento en años terribles. 

Y echaban la partida las mujeres de las casas, 
por la pinta parece una brisca.

Los juegos de cartas ya se practicaban en la antigüedad. Hay diferencias de opiniones sobre si se originaron en la India, o si se usaron primero en China y Egipto, aunque la opinión mayoritaria es que habrían sido creadas en el siglo XII, en China. En China se jugaba con un tipo de naipe que derivó del papel moneda y de las fichas del dominó. Dicen algunos historiadores, que lo más probable es que los naipes llegasen a Europa desde Oriente, introducidos por los árabes a través de los reinos cristianos de España, aunque también se dice que fueron traídos por los cruzados. La primera versión puede apoyarse en que la baraja más antigua sea la llamada española, ya que los palos de la baraja árabe eran monedas, copas, cimitarras y bastones, que evolucionarían después a oros, copas, espadas y bastos. Muchos son los juegos de cartas y dependiendo de pueblos y comarcas, se juegan de diferentes maneras, unas pactadas de antemano, y otras, como el reglamento ancestral inventó. La brisca, el burro, la escoba, el julepe, las siete y media, el chinchón, el mus, el cinquillo, la putada, el tute, el subastado… algunos de los juegos emblemáticos que ayudaron a pasar tardes de risas y entretenidas. 

Sin comentarios.

Pero hay que seguir escribiendo sobre las partidas de cartas. Paso a contarles y a recordarles aquellas dos anécdotas, entre miles, que tienen ese trasfondo de leyenda, casi míticas en los juegos de cartas. Una es la del nuestro Genarín… Igual que su conocida afición al orujo, también era conocida su apego por las partidas de cartas y de dominó, donde raras veces resultaba perdedor, y donde era conocido como todo un maestro en esas lindes, no solo por su habilidad, sino por conocer todas las trampas que se podían aplicar a ambos juegos. Un día, en horario de siesta, se enfrascó con un amigo suyo conocido como "El Boto" en una partida de tute con dos feriantes. La apuesta, conseguir llenarse el estómago con un pavo que los feriantes querían vender. La suerte no sonreía al pellejero y a su pareja en un principio, pero llegó la buena racha y consiguieron igualar la partida, llegando al último juego. Reparto de cartas, y caras de resignación de Genarín y su compañero al ver que con sus cartas no hacían nada. Pero, aquí entró la habilidad del pellejero, que con arte y engaños, logró ganar la partida a los dos feriantes y dar buena cuenta del jugoso pavo. Sin embargo, en el transcurso de la comida, los feriantes se fueron dando cuenta de las trampas, obligando a Genarín y a "El Boto" a salir por patas, corriendo detrás de ellos los feriantes con cuchillo en mano, y tuvieron que esconderse en casa de un amigo durante tres días con sus noches hasta que los feriantes desistieron de encontrarles. 

Y los chavales también aprendían juegos de cartas 
para entretenerse.

Otra conocida es la del cura que le gustaba mucho el tute… Lo amaba por encima de todo, por encima de la vida eterna, por encima de la palabra de Dios. No tenía otra cosa en la cabeza que el tute. Tute, tute, y tute. Lo había hecho miles de veces, como cada domingo, en misa, tiró de homilía… el celebrante la terminó y elevando y juntando las manos sobre su cabeza, algo distraído, el cura pensó en alto y proclamó con fervor… “¡Triunfan bastos!”; la de risas que pasaron los feligreses aquella mañana de domingo. Dejó escrito James Thurber, “Hay que desconfiar de la gente sin vicios, que nunca encuentra una razón para llegar tarde a casa, incluso para no llegar. Allá ellos, claro. Pero conviene saber que acostarse temprano y levantarse temprano, hacen de un hombre alguien saludable, próspero y muerto”.

Un buen corro de mujeres jugando a la brisca.
Y un solitario a tiempo, también es una victoria.

viernes, 23 de diciembre de 2016

NOTICIA: La escuela rural canta el ramo

El alumnado de Cabreros del Río estrena en Villamañán la tradición navideña que Concha Casado empezó a recuperar con el profesorado hace tres décadas.


El ramo conquistó un nuevo rincón leonés ayer en el CRA de Villamañán.
 JESÚS F, SALVADORES -



ANA GAITERO | VILLAMAÑÁN

Hace 30 años el ramo leonés se daba por perdido como secular tradición navideña. Quedaban las letras recogidas en algunos pueblos por los amantes de la cultura popular y algunas armaduras perdidas en las sacristías y ayuntamientos.

Un buen día alguien soñó que la escuela podía ser el lugar ideal para recuperar este rito ancestral que se celebraba el día de Nochebuena en muchos pueblos de León.

Fue la etnógrafa Concha Casado Lobato (León 1920-2016) quien animó al profesorado a recoger los últimos vestigios que quedaran por los pueblos a través de la celebración de unos seminarios que dirigió en el Centro de Formación del Profesorado con la historiadora Carmen Fernández Marcos.

Tres décadas después, León se enrama cada Navidad, pero son muy pocos los lugares en los que se canta el ramo pues como dijo Francisco Javier Fuente Fernández en este periódico en el año 1986 en el ramo «hay que distinguir el elemento material y el texto cantado».

Ayer el alumnado de la escuela de Cabreros del Río cantó por primera vez un ramo de Navidad en la función organizada por el Colegio Rural Agrupado de Villamañán con el orgullo de dar vida a una «tradición rural».

Bajo la batuta de la maestra de música, Julieta Fernández Vicente, niños y niñas decoraron la armadura de madera con trabajos manuales y adaptaron la letra tradicional a su entorno: «Velas traemos también para que alumbren los días, nos ayuden a estudiar y a mejorar cada día».

NOTICIA: UN RAMO PARA CADA OCASIÓN

La asociación Raigañu se ha propuesto custodiar la tradición de estas veteranas estructuras del acervo cultural de la provincia y, En este camino, ya han documentado 300 ramos localizados en un sinfín de pueblos leoneses, un trabajo que no cesa...

Ramo leonés, en el Museo Etnográfico. - ramiro

A.G. VALENCIA 
De Norte a Sur y de Este a Oeste, León rezuma tradiciones. Una tierra enraizada a un legado que quiere conservar. Y, precisamente, en esta tarea está embarcada desde hace ya casi una década la Asociación Raigañu. El cometido que se trae entre manos, y que promete continuar, es el de seguir catalogando los ramos tradicionales leoneses. Una tarea con la que comenzó hace ocho años, como explican Salvador, Rocío y Lolo, a raíz de un encargo para montar una exposición con estas singulares estructuras.

En todo este camino, Raigañu ha documentado ya unos 300 ramos leoneses, algunas son estructuras originales muy antiguas y otras, que en su momento se perdieron, son réplicas basadas en las imágenes, fotografías y en los recuerdos que conservan los más mayores de cada pueblo o rincón. Los datos que se van recopilando de la tradición oral le han valido a la asociación un puntal para ir dibujando un mapa de ramos leoneses tradicionales.

Cuentan que estas estructuras eran típicas todo el año, aunque quizá ahora el más popular sea el ramo que se coloca por Navidad. No obstante, aún se conservan los de quintos, de novia, de cantamisa, de acción de gracias... «Es una tradición muy leonesa que se estaba perdiendo», explican los miembros de Raigañu, que subrayan que a raíz del encargo que les hicieron se dieron cuenta de la enorme riqueza que hay en la provincia. «León será probablemente la zona más prolífera en estas estructuras y ni qué decir tiene en los cantos que acompañan los ramos», subrayan.

Lolo, Salvador y Rocío argumentan que a lo largo y ancho de la provincia hay ramos triangulares, con forma de rueda, muy típicos de la zona de Omaña, otros cúbicos —cuadrados y rectangulares— singulares de la Montaña, los hay vegetales, muy propios de la zona de El Bierzo, en forma de rastro, sobre todo en Maragatería, las margaritinas que representan el sol... y aunque cada uno es más propio de una zona también se dan en otras comarcas, aunque en menor abundancia. La lista puede ser enorme como también los cantos que acompañan a estas estructuras. Hay que tener en cuenta que cuando se sacaba, se ofrecía o se colocaba como elemento decorativo de la tradición, la costumbre implicaba cantar al ramo unas letras que podían repetirse o renovarse en función de los acontecimientos, incluyendo así nombres de familias, anécdotas, letras al Niño Jesús, la Nochebuena o enfermedades curadas. Todo en función del motivo del ramo.Junto a las estructuras y los cantos —con sus significativas letras que en muchos pueblos se siguen entonando—, la decoración de los ramos supone otro capítulo amplísimo, explican desde Raigañu. Alimentos, mantones, roscas, frutos, lazos... incluso hay estructuras muy antiguas talladas, que aunque en ocasiones se tapaban, buscaban darle un mayor realce.

Otro de los misterios que rodean a estas estructuras leonesas es su origen, quizá un punto más para sentirse atraídos por ellas. Nadie sabe exactamente en qué momento surgen, aunque los estudiosos hablan de que los ramos son una costumbre profana y precristiana, con los cuales se esperaba y honraba la llegada de los solsticios.

También es cierto que poco a poco la religión fue abrazando estas estructuras, dándoles un aura nuevo y ligándolas a la Navidad, las celebraciones eucarísticas, las festividades de patronos y vírgenes o a las romerías. «Como el origen parte del culto a la naturaleza muchos de los ramos tienen tallados pajarines, frutas, soles... en algunas aún se conservan, aunque ya estuvieran ligadas a la tradición cristiana», explican desde Raigañu, que en este periplo por toda la provincia para documentar los ramos han encontrado unos cuantos apuntes curiosos. La estructura original más antigua que han inventariado es de mediados del siglo XIX. Es un ramo que se conserva en el Museo de las Alhajas de La Bañeza y que pertenece a una familia oriunda de Posada y Torre de la Valduerna.

Réplica de un ramo en la zona de la Sobarriba. RAIGAÑU
Cabe destacar, el ramo de mayor tamaño, o sin duda uno de los más grandes de cuantos se conservan en la provincia. Es el que se saca en Laguna de Negrillos. Está dedicado a la Virgen del Arrabal, mide tres metros y está decorado. Es una estructura que se maneja como un pendón, incluso cuenta con un remo para sortear el viento.

Con el paso de los siglos — explican Rocío, Lolo y Salvador— la tradición ha ido variando aunque la esencia se ha mantenido. «Los ramos se han sacado de las iglesias y han vuelto al pueblo, como en el origen. El pueblo es soberano y en la tradición manda», subrayan desde Raigañu, que confiesan que en la zona de Omaña hay auténticas obras de arte, una enorme proliferación. También el fin de la Guerra Civil supuso un incremento de estas estructuras. «Muchas familias las ofrecían por el hijo o el familiar que había sobrevivido a la contienda».

Los ramos sirvieron en su día para iluminar los propios templos con las velas. Muchos se han conservado ahí, en altillos o puertas en las iglesias sin que nadie supiera de ellos. Otros muchos se quemaron, pero lo que es claro es que es una tradición de la tierrina, que vuelve a ganar en auge y que lejos de la estructura más popularizada, el ramo triangular propio de la Navidad, hay otro largo elenco de formas que Raigañu con su trabajo se propone dar a conocer. Lo dicho, de Norte a Sur y de Este a Oeste.

Ramo en forma de rastro en Luyego. DL