Por nuestra montaña, de junio a
agosto, hay que recoger la hierba para el duro invierno
Autor: Toño Morala
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Con el rastrillo amontonando la hierba |
Ya no quedan varas de hierba o balagares
por los prados de nuestra montaña, apenas si queda ganado en los puertos, y
apenas si hay gentes en los pueblos. Acabaron
con todo los malos políticos, los intereses particulares y personales… y
lo que es peor, engañaron a un montón de personal diciéndoles que en las
ciudades se vivía de maravilla. Ya no comento más al respecto.
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Amontonando la hierba para llevar a las tenadas o hacer balagares |
Antaño, se iba a
la hierba desde junio hasta principios del mes de agosto, dependía de las zonas,
del tiempo, de cómo estuvieran los prados para segar, y un largo etcétera que
no viene al caso; pero el caso es que había que trabajar de lo lindo para que
los animales tuvieran hierba para el duro invierno. Los paisanos y paisanas se
preparaban para llegar a los prados, algunos muy pindios; llegaban en carro de
vacas hasta donde llegaba el camino, después, tiraban de caballerías y forcaos,
o angarillas encima de burros o
caballos.
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Forcao en Retuerto |
De esa manera recogían la
hierba y la bajaban para las tenadas, heniles, y cuando
no había sitio, hacían los balagares o varas de hierba en prados más cercanos a las cuadras. La
Bertolini, todavía no había llegado… y cuando llegó, solo la usaban para los
prados más suaves; para los de cuesta arriba… ahí no había nada que hacer, a
segar a guadaña, que previamente a la puerta de la casa, o debajo de cualquier
soportal, el paisano la picaba con paciencia y sabiduría. Cabruñar llaman en
sitios varios a este trabajo, y también llevaban el pequeño yunque y el
martillo especial para hacer ese trabajo en los prados. Al cinto o atado con
una cuerda siempre el segador llevaba el cachapo, también llamado zapico,
canao, depende de las comarcas… es un
recipiente de madera, cuerno o metal destinado a transportar la piedra de
afilar la guadaña durante la siega. Si eres diestro, siempre se lleva en el
lado izquierdo de la cintura. El filo de la guadaña pierde su capacidad de
corte durante el uso, y debe afilarse cada cierto tiempo, para lo que la piedra
debe guardarse en agua. Es un utensilio exclusivamente europeo, asociado a la
guadaña, la siega y la ganadería generalmente bovina. Hay que meterle un poco
de hierba para que haga de cuña y no se pierda la piedra de afilar que va
adentro.
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Un paisano picando la guadaña. Queda muy poca gente que sepa
cabruñar la guadaña. |
Podríamos hablar y escribir largo y tendido sobre la recogida de la
hierba; los más mayores todavía se acordarán de segar a guadaña, de picarla, de
afilarla, de saber sostenerse en los prados más pindios, y de tener mucho
cuidado de no rebanarse una pierna o mano al apoyarse sobre los inclinados
prados. A veces, la guadaña estaba por encima de la cabeza, uno tenía que saber
muy bien lo que hacía pare evitar graves accidentes.
Después de segar, hay que bajar la hierba
hasta el camino transitable; las maneras de bajarla iban desde poner unas
cuerdas o maromas cruzadas en el suelo, atarlas y cargarlas sobre los hombros;
cargar el burro o caballo garañón sobre las angarillas, unos soportes que se
cargaban a tope, apenas se veía el animal, o aquellos forcados con suelo de
madera a modo de trineo, y que enganchados a los animales entraban en estos
lugares tan inaccesibles para los carros.
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Carga de hierba sobre angarillas. Década de los 50 |
Las praderías de alta montaña tienen
como denominador común su riqueza en
buenos henos para el ganado, de ahí que algunas ganaderías minifundistas se
instalaran en esas zonas. Ahora parece ser que ya no les quieren recoger la
leche, el ganado de carne vale poco dinero, y apenas es rentable tener animales
en los puertos, quedan cuatro buenos ganaderos, y en cuanto se jubilen, a ver quién tira del ganado. Algún joven hay por ahí, pero si las
administraciones no hacen más por
mantener este tipo de explotaciones, se acabará por abandonar los pastizales y
los montes, y lo comunal, y ya no habrá
quién lo cuide.
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Toda la familia a la hierba hasta el perro. |
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Recogida de la hierba en Morgovejo
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La ubicación de los prados seguía
las vertientes de los arroyos que bajaban de los montes, los alrededores de los
manantiales y las vaguadas húmedas. “Cuando los prados se tenían en renta, en
el mes de enero era cuando había que dejarlos. Hasta enero eras tú dueño de
ellos, a no ser que el dueño te lo requiriese. Había gente que llevaba de renta
tierras y prados. El pago era en dinero, pero poco…”, comenta un pequeño
ganadero de montaña. Se madrugaba mucho para ir a segar y hacia las nueve se
paraba para tomar "la parva" o almuerzo que llevaban las mujeres para
el prado, pues se empezaba a segar al amanecer. Los hombres, a continuación,
seguían segando hasta mediodía; bebían vino de las botas que los niños se
encargaban de que estuviesen llenas y frescas. Cerca del medio día, paraban de
segar y "revolvían"(daban la vuelta) a la hierba que se había segado
la víspera y después "almorzaban" a base de cocidos, embutidos, etc.
Eran las mujeres y los niños quienes, por regla general, daban la vuelta a la hierba, después se amontonaba; a la
mañana siguiente y ya con sol, se volvía a esparcer hasta su curación. Había
que ser un experto en cargar el carro… de lo contrario es mejor no hablar de la
que se podía preparar. Y el duro trabajo de ir a la hierba se terminaba cuando
los heniles estaban llenos, y el ganado estaba brillando por los buenos pastos
de la montaña.
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Bajando por el prado, con el freno de la sabiduría. |
Como tantos símbolos, la guadaña
encierra un significado dual: representa la muerte pero también la cosecha,
acabamiento y renacimiento, consumación y esperanza. Principio y fin. Pero el
cine ha eclipsado otra iconografía de la guadaña que no sea la muerte, desde Vampyr (1931)
de Carl
Theodor Dreyer hasta La cinta blanca (2009) también
titulada El lazo blanco, de Michael Haneke, en la que un campesino
destroza con la guadaña un campo de repollos, como si cercenara cabezas; una
escena que pone los pelos de punta. Uno se resiste a ver a la guadaña como
símbolo de muerte… les cuento una pequeña historia. “De niño, podía pasarme
horas viendo a mi abuelo segar un prado
de hierba y, de hecho, me las pasaba contemplando la danza de la guadaña: el
giro de la cintura con el trazo elegante del semicírculo de derecha a izquierda,
el magnífico compás, el siseo en el tajo de la hierba... Y el perfume de la
hierba que yo recogía en brazados e iba formando pequeños montones mientras mi
abuelo segaba. Cada cierto tiempo, le daba la vuelta a la guadaña y la apoyaba
en el extremo del mango, sacaba la piedra de afilar que llevaba sujeta entre el
cinto y el pantalón de mahón, y la pasaba por el filo de la cuchilla, dos veces
de izquierda a derecha por encima y dos veces de derecha a izquierda por debajo
del corte, y otras dos veces por cada lado. A menudo, mientras afilaba la
guadaña, silbaba “ay Carmela”. Luego volvía a meter la piedra de afilar en
el cinto, daba la vuelta a la guadaña y seguía la danza de la siega”. Y
además no se daba nada de importancia; siempre le recuerdo sonriendo y guiñando
el ojo en plan broma.
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Vara de hierba en Villamanín |
Era muy amigo de muchos asturianos… y contaba otra bonita
historia… esta vez con ironía, pero
con buen corazón. “Lo cierto es que en la montaña leonesa, el asturiano es
objeto de broma: el que hizo el molino de Juan Horcadas, en un cerro, sin agua,
fue un asturiano; el que se empeñó en coger la Luna, antojándosele
que era un queso, porque estaba reflejada en el río grande desde el puente
Torteros, y llevó un chapuzón, fue un asturiano; los asturianos no comen más
que boroña (pan de maíz), y beben vino cuando pasan el Puerto. Y están
envueltos siempre en niebla, y tienen brujas y duendes, y sus vacas y sus ovejas
son pequeñas… los males que ocurren aquí son causados por asturianos. Si el
Cierzo hiela los arbejos (guisantes) y las patatas, es que el asturiano se puso
la montera; si llueve en primavera, es que lloran los asturianos. Es el
asturiano “loco y vano, poco fiel y mal cristiano”, según la copla leonesa. Mancebo
Valbuena, J. J., Lazo de almas, León, 1936, 1960. Sería muy bueno
saber qué opinan los vecinos asturianos de las gentes de la montaña de León. Sé
que hay grandes lazos de unión entre las buenas gentes, entre hermanos hijos
del carbón y de la montaña. “Unce las vacas Ramona, que nos vamos para la
hierba, échame un zapico de leche que tengo seca la lengua… segador que estás
segando debajo de la burrina, si no
corta la guadaña… saca la piedra y afila”
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Sin vara de hierba no hay vida. |